Joseph C. SternbergActualizado S�bado,

junio

23:04Resulta f�cil burlarse del Reino Unido por su caos pol�tico al estilo italiano, con seis primeros ministros que han dimitido en la �ltima d�cada. Pero resistamos la tentaci�n de regodearnos. El Reino Unido no es m�s disfuncional que otras democracias occidentales. Simplemente es m�s sincero al respecto.El primer ministro Keir Starmer anunci� el lunes que dejar� el cargo. Pocos le echar�n de menos. En los casi dos a�os transcurridos desde que su Partido Laborista gan� las elecciones generales, ha logrado la peculiar haza�a de convertir una amplia mayor�a de esca�os en el Parlamento en un Gobierno ap�tico e ineficaz. El dinamismo de la econom�a est� en letargo, y la indignaci�n p�blica en torno a la inmigraci�n y las divisiones de la �guerra cultural� se encuentran en auge. Las perspectivas electorales del Partido Laborista se est�n hundiendo.Antes de examinar los cambios m�s amplios que han provocado este desastre, debemos se�alar la especial falta de idoneidad del se�or Starmer para el cargo que abandona. Cuando se convirti� en l�der del partido en 2020, probablemente nadie, salvo el propio se�or Starmer, pensaba que alg�n d�a ser�a primer ministro. Su misi�n consist�a en aplicar su culto a la gesti�n legalista a la tarea de erradicar el antisemitismo por el que el Partido Laborista se hab�a hecho famoso bajo el mandato de Jeremy Corbyn. No tuvo demasiado �xito en ello. Solo la incompetencia sistem�tica del entonces gobernante Partido Conservador le abri� la puerta para ascender, a pesar de sus fracasos, en 2024.Aun as�, cabe preguntarse si cualquier otro l�der lo habr�a hecho mejor. Con los conservadores, durante sus 14 a�os en el poder, se sucedieron cinco primeros ministros sin encontrar una plataforma que funcionara tanto en el plano pol�tico como en el de la gesti�n. El conservadurismo �neocompasivo� de David Cameron no logr� establecer una coalici�n electoral. Lo mismo ocurri� con la moderaci�n basada en el consenso de Theresa May, el extravagante cuasi-populismo de Boris Johnson, el thatcherismo renovado de Liz Truss y la seca tecnocracia de Rishi Sunak.El Partido Laborista asume que su problema en los �ltimos dos a�os ha sido el mal ambiente bajo el liderazgo de Starmer. Su sustituto, pr�cticamente seguro, Andy Burnham, promete m�s energ�a y habilidad en la pol�tica de base. Pero resulta dif�cil discernir su programa pol�tico. Su probable ascenso a la direcci�n del partido no resuelve la profunda divisi�n interna del Partido Laborista entre los centristas pragm�ticos y los socialistas alejados de la realidad. En cambio, Burnham encarna la esperanza de que un pol�tico con m�s talento que Starmer sea capaz de sortear esos abismos con su elocuencia.El resultado de todo esto es una vergonzosa serie de cambios de liderazgo que Burnham quiz� no pueda frenar. Sin embargo, es solo una casualidad que el Reino Unido ha llegado a sufrir una inestabilidad m�s evidente que la que afecta a otros pa�ses. Hay varios factores que lo explican. El sistema parlamentario brit�nico crea un mecanismo propicio para los cambios de liderazgo entre elecciones, y la sociedad ha utilizado hist�ricamente ese proceso como v�lvula de escape pol�tica. En los �ltimos a�os ha sido necesario liberar una presi�n considerablemente mayor.El Reino Unido tambi�n es menos estable que sus hom�logos como entidad pol�tico-geogr�fica. Es habitual atribuir los problemas actuales del pa�s al refer�ndum sobre el Brexit de 2016, que activ� varias l�neas de fractura transversal en lo social y en lo pol�tico. Pero se podr�a remontar m�s atr�s. En 2014, Escocia celebr� un refer�ndum sobre si permanecer en el Reino Unido. Aclamado como una victoria para el unionismo conservador de Cameron, el voto a favor de la permanencia fue del 55 % frente al 45 %.Si el 45 % de los texanos hubiera votado a favor de la secesi�n de Estados Unidos hace 12 a�os, el pa�s seguir�a hoy en crisis. En Gran Breta�a, esa divisi�n ha llegado a considerarse algo normal. El regionalismo persistente, tal y como se manifiesta a trav�s de los partidos locales dominantes en Escocia y Gales, complica la pol�tica brit�nica al dificultar que el Partido Laborista o los conservadores funcionen como partidos verdaderamente nacionales. Las relaciones incre�blemente complejas entre Irlanda del Norte y el resto del pa�s tampoco ayudan.Pero las tensiones fundamentales de Gran Breta�a son las mismas que en otros pa�ses occidentales. Se han abierto brechas culturales en torno a los valores de la naci�n, divisiones que se nutren de las diferencias socioecon�micas. Estas tensiones se han visto agravadas por un aumento espectacular de la inmigraci�n, en gran parte ilegal y procedente de culturas cuya presencia en Europa y Am�rica acent�a las divisiones de la sociedad de acogida en cuestiones como el patriotismo y la interpretaci�n de la historia nacional.En todo Occidente, la expansi�n del Estado del bienestar ha animado a los votantes a plantear exigencias irrazonables a sus gobiernos, incluso cuando los impuestos y la regulaci�n necesarios para financiar los programas sociales estrangulan el crecimiento y la prosperidad. Los cambios demogr�ficos empeoran a�n m�s la situaci�n, a medida que la poblaci�n envejece y los �ndices de dependencia se deterioran (menos trabajadores para mantener a un n�mero cada vez mayor de jubilados). El resultado t�xico es una sensaci�n cada vez m�s profunda de desesperanza entre los j�venes.No es de extra�ar que la pol�tica estadounidense parezca menos estable de lo que lo ha estado en generaciones. Francia est� paralizada, con un presidente extremadamente impopular atrapado entre una izquierda y una derecha enfrentadas. El partido pol�tico m�s popular de Alemania en las �ltimas encuestas es Alternativa para Alemania, de extrema derecha.Los graciosos de las redes sociales se han pasado esta semana pregunt�ndose si Gran Breta�a puede ser gobernada, y la respuesta, por ahora, probablemente sea no. No cometamos el error de pensar que nuestros amigos brit�nicos est�n solos en ese sentido.Contenido con licencia de The Wall Street Journal.Traducido del ingl�s por Dar�o Prieto.