Vivimos en una sociedad obsesionada con los resultados. Preguntamos cuánto ganó alguien, qué nota obtuvo, cuántos clientes consiguió o qué posición alcanzó. Sin darnos cuenta, terminamos creyendo que el éxito depende únicamente del resultado final.
Sin embargo, existe un problema con esa forma de pensar: los resultados nunca dependen completamente de nosotros. Lo que sí está bajo nuestro control es cuánto esfuerzo estamos dispuestos a invertir, cuánto aprendemos en el camino y cuánto de nosotros mismos ponemos en aquello que hacemos. Dos historias ayudan a entender esta idea.
La primera tiene como protagonista a Henry Kissinger cuando era secretario de Estado de Estados Unidos. En una oportunidad le pidió a uno de sus colaboradores que elaborara un informe sobre un tema de máxima importancia. Días después recibió el documento, lo miró y preguntó: "¿Es esto lo mejor que pueden hacer?"
La historia del granjero y la roca: no confundas tu misión
El equipo volvió a trabajar. Revisó datos, buscó nueva información y perfeccionó el informe. Cuando regresaron, Kissinger hizo exactamente la misma pregunta. El proceso se repitió una tercera vez.










