La supervivencia política y económica de Cuba del último cuarto de siglo se entiende con nitidez si se acude a la biografía de Eusebio Leal Spengler (1942-2020), ensayista e investigador cubano, conocido como El historiador de La Habana. Su ciudad. La que le vio nacer y morir y, por encima de todo, la que le impregnó de su espíritu reformista indomable. Leal, discípulo de Emilio Roig, de quien heredó la nomenclatura de su cargo, hizo suyo también su reto, surgido en los ochenta, de restaurar íntegramente La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco. Pese a no tener acceso a créditos multilaterales por el veto de EEUU a una Cuba sometida al más prolongado embargo de la era moderna por decisión unilateral de su vecino del norte, después del triunfo de la revolución comandada por Fidel Castro que acabó, en 1959, con el régimen de Fulgencio Batista.
Leal, figura de reconocido prestigio dentro y fuera de la isla, se las ideó para seguir la estela de su mentor a través de una singular estrategia que combinó la lavada de cara de áreas como la del cinturón marítimo que rodea su puerto (El Malecón) o las de las plazas Vieja, de Armas o de la Catedral mientras creaba servicios sociales y proyectos habitacionales. Con una mezcla de aperturismo económico y emprendimiento privado que le reportó una red de recaudación de ingresos, principalmente recabados desde el negocio turístico. Haciendo uso, por ejemplo, de no pocos señuelos para captar divisas como el de los hoteles Ambos Mundos (donde se alojó el escritor Ernest Hemingway, gran amante de la isla), Santa Isabel, palacio colonial transformado en estancia de lujo o Conde de Villanueva, mansión del XVIII convertida en boutique hotelera especializada en turismo cultural.









