Los archivos involucran lo que se conserva y acumula, lo que se clasifica y ordena, y una ausencia que escapa a lo registrable. Una filosofía de los archivos que revela la ilusión de un sistema completo y coherente para explicar el mundo late en Pulsión de archivo. El trasfondo del mundo, el nuevo libro de Claudio Martyniuk publicado por Prometeo, editorial en la que el autor ya ha sacado a luz varios títulos.A través de numerosas secciones breves, en la obra comentada emerge una imagen de mundo atrapada entre reflejos de espejos, esos que engañan con verdades que pretenden ser sólidos pilares de fundamentos y sentido. Lo que no es ilusorio es aquello que, como fuerza poética y simbólica, el archivo revela: “el mundo es todo lo que es archivo”. El archivo deviene así metáfora de una totalidad de la vida que no puede ser aprehendida, capturada ni entendida.A la manera de un satori, de una iluminación, se comprende que la vida está hecha de fuerzas que “responden a otras fuerzas”. Se puede intentar ordenar y explicar, pero lo propio de la vida como fuerza es impulsar, mover, producir: “como dynamis y energía (Aristóteles), como voluntad (Schopenhauer), como algo que impulsa y produce, que pasa de archivo en archivo, que persiste y difiere, como una demanda ilimitada que produce límites y discontinuidades, música y silencio, estabilidad, violencia y sensibilidad”.Los archivos se acumulan, se superponen y se reordenan en el flujo de la historia, en la corriente entre las cosas (lo óntico) y en el arjé, el principio de los saberes que, en su máxima ambición, pretende ser fundamento inmóvil del ser. Pero todo es cambio y fluencia. Por eso, lo repudiable acontece cuando los archivos pretenden fijar e inmovilizar la existencia. Nada puede detener los devenires inevitables: aquellos que viajan desde Diógenes Laercio –el filósofo cínico que creía en la vida de la plena virtud– hacia el soplar de vientos del nihilismo contemporáneo. Un trayecto posible que reúne a Bakunin, Dostoievski (cuando se finge ser Stavroguin en Los endemoniados), el Nietzsche del nihilismo que crea y destruye, o el Fassbinder de la desolación y el fracaso de los vínculos humanos.En el trasfondo del mundo, el archivo es silencio “intenso, extremo”. Cuando se sale de ese abismo silencioso surge la palabra como logos, o como ficción. Al silencio del fondo de todo no es posible llegar por ninguna visión. Lo que queda de eso imposible son “apenas carnets, álbum de observaciones entre arte y ética”.Los archivos son múltiples: los de lo ausente, los del olvido, los de la desolación, los de la “ilusión de preservar en lo preservado, dando un orden como si pudiera existir un sistema-archivo completo y coherente”. La abundancia de los registros es exuberante; es, en sí misma, una pulsión.En el frenesí de los tiempos tecnodigitales todo se archiva, incluso lo que se borra. La voracidad de que todo quede grabado, archivado. ¿Cómo salir hoy del círculo magnético que engulle todo como archivo digital? Por ciertas vías de salida, como: “el camino kantiano: obligarse a pensar y a obedecer el pensamiento”; o alguna forma de regreso a lo otro distinto, a una otredad, como en el “ensimismarse hasta sentir la memoria de las cosas”.Los archivos se ramifican potencialmente a todo, o casi todo; se diversifican en la ciencia, en las comunicaciones científicas que hacen “archivos para nuevas comunicaciones”; y en el arte, la religión, la arquitectura; y los archivos también se expresan como “reservorio de sentido, conjunto de información, agregación de cosas, dispositivos de saber-poder”. En su modo espectral, los archivos siempre producen nihilismo, desencantan, profanan las memorias. Pero en otro aspecto de su ontología, los archivos recuperan y reparan lo desencantado.La entropía es lo que desgasta, corre, sirve a las fuerzas de la destrucción y el caos, pero el archivo logra detener “los embates entrópicos”, en tanto “el archivo posterga la disolución de las formas”. Así contribuye a la conservación de lo amenazado en su disolución, sirve a la evolución que aumenta complejidad.En el trasfondo del mundo siempre perdura lo ausente, lo que nunca se convierte en una narrativa clara del origen del arjé; lo muy hondo que solo devuelve silencio. Y lo que no se escucha se transforma en filosofía, en su ansia de saber, en sus propias formas de archivo. La filosofía, lo que lleva a teorizar para “hacer soportable la visión de lo tremendo”.En Foucault, la filosofía de los archivos se despliega como sucesión de epistemes a la manera de un código u horizonte de discurso en las cosmovisiones entre el Renacimiento y la época de la Ilustración. En el platonismo los archivos son los arquetipos de las cosas que se trenzan en el Mundo de las Ideas. Pero el archivo no se deja enredar por la ficción de ninguna explicación final. Por el contrario, el archivo excava en lo abismal, y “el sentido se precipita de abismo en abismo”.La deriva de archivos de generación en generación obtura olvidos. Es la tragedia borgeana de Funes: “no poder olvidar, no saber olvidar”. Entre el olvidar y el recordar, se tensa el hilo de los archivos que “donan testimonio, brindan testamentos”. Frente al peligro de la disolución final entre las mandíbulas trituradoras del tiempo, el archivo cura el temor a lo irrecuperable y “atempera el oleaje de las aguas del olvido y el viento de la memoria”.Y los archivos crecen y crecen, proliferan, “crecen los archivos de la física y la química, la biología y la medicina, se expande la matematización y la digitalización”. También se ramifican los archivos del control, del clima, de la miseria y la humillación. Los archivos que crean y destruyen principios; esos archivos que se mantienen, perduran, aun entre lo inestable y la tormenta porque, como dice Platón en la República: “todo lo grande se mantiene en la tempestad”.
Un viaje por el archivo como metáfora de la vida en el libro de Claudio Martyniuk
Claudio Martyniuk explora la ilusión de un archivo completo que intenta explicar el mundo, revelando su incapacidad para capturar la totalidad de la vida.










