El domingo 21 de junio, mientras los colombianos elegían a Abelardo de la Espriella como su próximo presidente y en Lima los recuentos apuntaban a una victoria de Keiko Fujimori, América Latina escribía en tiempo real un nuevo capítulo de su historia política. Dos elecciones simultáneas, dos triunfos (o casi) de la derecha, y la misma señal difundiéndose desde Bogotá hasta Buenos Aires: el ciclo progresista que pareció incontenible hace apenas cuatro años acumula derrotas que ya no pueden leerse como accidentes. Pero hay un matiz que los titulares de victoria tienden a opacar: en ambos países, la diferencia fue quirúrgica. La región no eligió con convicción. Eligió con miedo, y por muy poco.
En Colombia, De la Espriella, abogado mediático y empresario sin experiencia en cargos públicos, se impuso con el 49,66% de los votos sobre Iván Cepeda, el candidato del oficialismo petrista, que retuvo el 48,7%. Menos de un punto de diferencia en la segunda vuelta, en un país de más de 50 millones de habitantes: polarización absoluta.
En la primera vuelta la ventaja había sido algo mayor —43,74% contra 40,90%— pero el balotaje la comprimió hasta el límite de lo que puede llamarse mandato claro. De la Espriella llegó a la Casa de Nariño, sí, pero con una Colombia casi exactamente partida al medio: la mitad que quería mano dura contra el crimen organizado, las megacárceles y el fin del experimento petrista; y la otra mitad que no. Esa fractura no desaparece el 7 de agosto cuando asuma el poder. Se instala con él en el gobierno.














