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Días atrás fui a ver la película Cantuta: la orden secreta de Alejandro Nieto-Polo. El trabajo, como se infiere de su título, parte de uno de los hechos más dolorosos de la historia peruana contemporánea. En la madrugada del 18 de julio de 1992, un comando paramilitar, llamado Grupo Colina, integrado por militares en actividad, ingresó a las habitaciones de la residencia estudiantil de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle (La Cantuta) y secuestró a un profesor y nueve estudiantes. Todos fueron asesinados. El motivo de esta acción ilegal fue que las víctimas eran sospechosas de ser terroristas o tener vínculos con Sendero Luminoso.

El argumento, en lo narrativo, resulta interesante. Una periodista recibe el testimonio del exagente Josué Souza, quien le relata la verdadera historia de lo que realmente pasó en esa madrugada de julio de 1992. Lo dicho por Souza está inspirado en el libro Sueños de justicia. La verdad del llamado Grupo Colina (2014) del exagente Jesús Antonio Sosa Saavedra, conocido como Kerosene. Obviamente, se trata de una película de ficción forjada desde la visión de la derecha, cuyo propósito es ofrecer otra perspectiva de las acciones cometidas por los comandados por Santiago Martín Rivas. Pero el problema no es su ideología (ninguna obra de arte debe ser juzgada bajo el prisma ideológico), sino su tratamiento. Se nota el apuro, del mismo modo la improvisación que podemos apreciar en toda su magnitud en la configuración formal de los diálogos, básicos y apofánticos. Ni hablar de las actuaciones, menos de la pésima fotografía. Al lado de Cantuta: la orden secreta, Chavín de Huántar: el rescate del siglo (2025) es El imperio contraataca (1980).