Hay una coincidencia que el futbol mexicano tardará en olvidar. En los únicos dos torneos de Copa del Mundo en que el Tri completó la fase de grupos sin que nadie le marcara un gol —tres partidos, portería en cero, historia sin antecedentes— el hombre que estuvo bajo los tres postes había aprendido el oficio en la cantera rojiblanca. Dos guardametas formados en las Chivas de Guadalajara. Dos Mundiales organizados en México. El mismo récord, partido por partido, construido con 56 años de diferencia.El primero fue Ignacio Calderón. El Cuate. Nacido el 13 de diciembre de 1943 en Guadalajara, Jalisco, debutó con el equipo grande del Guadalajara en 1962 y con las Chivas ganó tres campeonatos de la Liga Mexicana de Primera División. Era portero de reflejos rápidos, salto potente y una personalidad que desbordaba los límites del campo: fue uno de los primeros en México en utilizar guantes, que mandó traer de Europa porque en el país no había nada parecido, los combinaba con rodilleras y suéteres de colores que él mismo diseñaba. Te puede interesar: REVISTA | Raúl "Tala" Rangel: El Frankenstein de la portería y titular con México en el 2026Fuera de la cancha, actuaba en películas y protagonizaba fotonovelas. Dentro, era el mejor portero de su generación. De 1964 a 1976 fue portero titular de la Selección Nacional, participando en los Juegos Olímpicos de Tokio, el Mundial de Inglaterra 1966 y el de México 1970. En este último, el que se jugó en casa, Calderón cuajó la actuación más memorable de su carrera. México abrió el torneo con un tenso empate sin goles ante la dura Unión Soviética en el partido inaugural, goleó 4-0 a El Salvador y cerró la primera fase con un triunfo 1-0 sobre Bélgica por la vía del penalti, avanzaron invictos y sin conceder un solo gol en contra. Esos tres partidos le dejaron el récord de 310 minutos sin gol admitido en un campeonato mundial. Una marca que se quedó sola, sin compañía, esperando.El segundo fue Raúl Rangel. El Tala. Nacido el 25 de febrero del año 2000 en Zapotlán el Grande, Jalisco, creció en una familia que no tenía margen para que los sueños fueran solo sueños. Desde niño trabajó para ayudar a los suyos: limpiaba una panadería, repartía carne, vendía cocos junto a su abuelo Martín en las calles de Ciudad Guzmán. La infancia del Tala no tuvo atajos. Tampoco los tuvo su camino al futbol: en aquella época no había escuela de Chivas en Ciudad Guzmán, solo del América, y ahí comenzó el camino que lo convertiría en portero. Primero fue delantero, luego fue retrocediendo en el campo hasta encontrar su lugar bajo los tres palos. El momento decisivo llegó cuando un visor del Guadalajara contactó a su familia para invitarlo a las fuerzas básicas rojiblancas. Aquella llamada cambió su destino. Llegó a Guadalajara a los 17 años y pasó por cada categoría inferior del club con la paciencia de quien sabe que las cosas buenas no se apresuran. Sub 17, Sub 20, Tapatío. Fue recién en el Clausura 2022 cuando apareció por primera vez en la banca del primer equipo rojiblanco, sin minutos aún, pero ya como una apuesta interna del club. El salto al titular del Rebaño llegó con Veljko Paunović, de ahí al llamado de Javier Aguirre, de ahí al Mundial. Todo en menos de tres años. El mismo arco que Calderón defendió con suéteres artesanales y guantes traídos de Europa lo ocupó ahora este joven de Zapotlán que aprendió a lanzarse entre los postes en canchas de tierra, con el uniforme del América, antes de que las Chivas lo encontraran.En el partido contra Corea del Sur, mientras él realizaba la doble atajada que selló la clasificación del Tri, en la tribuna del Estadio Akron estaba su abuelo Martín. El mismo que años atrás lo había llevado a vender cocos, la persona que probablemente disfrutó ese momento más que nadie. Al terminar la fase de grupos del Mundial 2026 sin recibir gol, Rangel igualó lo realizado por el gran Ignacio Calderón en México 1970. La coincidencia resulta extraordinaria, ya que ambos guardametas lo lograron en justas celebradas en territorio nacional, enaltece a la cantera rojiblanca, que presume la formación de ambos arqueros.Pero el miércoles 24 de junio, en el cierre del Grupo A contra la República Checa, algo más ocurrió. Con el partido ya sentenciado, Javier Aguirre realizó el cambio en el minuto 77: sacó a Rangel y puso a Guillermo Ochoa. No era un movimiento táctico. Era otra cosa. El arquero confesó después que la entrada no estaba planificada ni en la charla previa ni durante la semana de preparación y que la vida y el futbol le tenían preparado ese final, esa despedida. Mil trescientos dos días habían pasado desde su último partido en una Copa del Mundo, en Catar 2022 contra Arabia Saudita. Ahora el Azteca lo recibía de vuelta. La afición presente en el coloso de Santa Úrsula coreó su nombre durante varios minutos, reconoció a un referente que ha sido parte fundamental del equipo nacional desde 2006. El capitán Edson Álvarez tuvo el gesto de cederle la cinta de capitán en los minutos finales, simbolizó el respeto que sus compañeros le profesan.Durante los últimos diez minutos del partido, el Estadio Ciudad de México enloqueció y Guillermo Ochoa lloró, vencido por la emoción del momento y por la nostalgia de 22 años de trayectoria. Después diría: "Lo único que tengo es agradecimiento por el cariño de la gente, de mis compañeros y del entrenador por dejarme vivir este momento. Me pasan muchos años por la cabeza: mi primer partido aquí, en esta portería; levantar trofeos en esta cancha; muchos momentos con la selección y el aprecio de todos".Con esa aparición al minuto 77 llegó a 12 partidos disputados en Copas del Mundo, superó al legendario Antonio Carbajal —quien acumuló 11 entre 1950 y 1966— y convirtiéndose en el primer futbolista mexicano en disputar seis ediciones del torneo.La imagen del arquero levantado en hombros por el resto del plantel al finalizar el encuentro quedará marcada como uno de los instantes más emotivos de esta Copa del Mundo.En el momento del cambio, cuando Rangel salió y Ochoa entró, los dos se cruzaron en la línea de banda. Un apretón de manos, una palmada. El que construyó el récord entregando el arco al que supo guardar la historia durante dos décadas. Entre ese instante y el de 1970, cuando Calderón salió del Azteca con la portería intacta después del último partido del grupo, hay una línea invisible que une a tres porteros, dos épocas y una sola escuela: Guadalajara, que en los únicos momentos en que México ha sido perfecto en una fase de grupos, siempre tuvo un guardameta suyo bajo los tres postes.