Toda fábula necesita un comienzo idealista y cerrar con una moraleja. Cuando OpenAI arrancó en 2015, nadie hablaba de cobrar veinte dólares por mes ni de agentes autónomos que atiendan a tus clientes. La promesa tenía la solemnidad de los cuentos antiguos: desarrollar una inteligencia digital que beneficiara a toda la humanidad, libre de la obligación de rendirle cuentas a los reyes. Nombres pesados de la comarca tecnológica, Elon Musk, Sam Altman, Greg Brockman, entre otros, armaron un laboratorio sin fines de lucro para que la magia no terminara en pocas manos. La palabra clave era Open: ingenieros puros de corazón iban a crear un poder inmenso y a dejarlo, para todos, del lado correcto de la historia. Hasta que, como en todo buen cuento, la naturaleza de los personajes metió la cola. Elon dio un portazo. Sam se quedó con la corona. La fundación científica original fue mutando en una bestia que, alimentada por la billetera de Microsoft y otros aliados, llegó a tragar más plata que el PBI de algunos países. Y en algún punto, la IA dejó de ser una investigación de unos nerds y pasó a ser infraestructura: energía, silicio, patentes y geopolítica.

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