Opinión
Plumas invitadas
Pluma invitadaLa fecha conmemora una vocación que, más que oficio, es una forma de humanidad.
Cada 25 de junio, Guatemala honra a sus maestros no solo como transmisores de conocimiento, sino como arquitectos silenciosos de la vida social. La fecha conmemora una vocación que, más que oficio, es una forma de humanidad: la de quienes deciden acompañar el crecimiento de otros en ese tránsito incierto hacia la dignidad. Como recordara Paul Valéry, “un hombre que jamás ha intentado ser como los dioses es menos que un hombre”; en el magisterio, esa aspiración no se traduce en soberbia, sino en la humilde búsqueda de lo trascendente: formar, elevar, inspirar.
En esta clave, resulta fecundo contrastar la herencia de dos figuras intelectuales de talla universal, Gabriela Mistral y Hannah Arendt, con el pensamiento y la praxis de autores normalistas guatemaltecos como Raúl Osegueda, José Rölz Bennet (fundador y primer decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala y creador de su ley orgánica). El diálogo entre ellos permite iluminar un ideal de maestro que, aun en contextos distintos, comparte una ética de la responsabilidad y una confianza profunda en la educación como acto creador de mundo.













