Una pareja pasea por la calle. Entra a una cafetería, saca iPad, libreta y estuche y se dispone a celebrar una reunión. ¿Cómo se sienten con respecto a su relación? ¿Qué cosas funcionan y cuáles no? Luego pasan al bloque de finanzas, analizando los gastos presentes y futuros; después, al de viajes y escapadas; más tarde, al apartado de rutinas diarias (limpieza, dieta), al de intimidad (ambos discuten cómo se sienten en la cama y si quieren cambiar algo). Al final, dedican un tiempo a proyectar los próximos eventos de ocio y agendan la siguiente reunión mensual para volver a chequear su relación.
Ese es el resumen del vídeo que Noemí Casquet, sexóloga, colgó hace unos meses en redes sociales. La respuesta no se hizo esperar: 86.000 personas le dieron a ‘me gusta’, aunque los comentarios eran diversos. Oscilaban entre “Me ha encantado el vídeo. Ojalá todas las parejas llegaran a ese punto de conexión y compromiso”, “Esto es responsabilidad y compromiso emocional”, y “Qué agobio, ¿no? Parece una reunión de trabajo” o “qué manera tan fría de ver una relación”.
El reel es un ejemplo de una tensión más amplia: ¿concebimos hoy el amor como algo que gestionar Excel en mano, o como una pasión, algo espontáneo que surge y fluye de manera natural? Pese a que nos sintamos inclinados a contestar con la segunda, lo cierto es que, como apunta la doctora en Sociología Miren Olasagasti, el emparejamiento ha sido durante siglos más un negocio que un ardor.









