La camioneta avanza lentamente entre el tráfico de la tarde en el Centro Histórico de Ciudad de México. Cristian, de 14 años, tiene hambre. Merlín, un pato de dos años, también. El adolescente sostiene una oblea en la mano. El ave espera unos segundos, calcula el momento exacto y se la arrebata de la boca de un picotazo. —¡Eres un rata! —le reclama Cristian entre risas. Merlín ignora la acusación.Los dos siguen jugando durante el trayecto hacia Palacio Nacional, donde los espera una reunión con directivos de la FIFA. La escena resulta tan absurda como reveladora. Antes de ser embajador del Mundial, antes de las cámaras y los reflectores, de las multitudes que lo persiguen para pedirle fotografías, Merlín tuvo otro papel fundamental. Fue el mago que llegó un viernes 8 de marzo de 2024 para quitarle la tristeza a Cristian. En ese momento, el niño aún no terminaba de asimilar la muerte de Waffle, una pata que había criado desde que nació. La envenenaron. La pérdida lo golpeó con fuerza. Cristian dejó de sonreír. Entonces, una clienta llegó al puesto de aguas y refrescos que la señora Karla Gómez atiende junto a sus hijos en el centro de Ciudad de México con un pequeño pato entre las manos. Cristian recuerda aquel instante con precisión. “Me miró con una ternura muy bonita”, dice. Para el niño de 12 años, en ese momento, ese encuentro fue mucho más que una coincidencia. “Me cambió la vida porque yo tenía depresión por la muerte de Waffle”, dice. Merlín le ayudó con el duelo. 02:06EL PATO MERLÍN: la mascota que conquistó el Mundial 2026 en MéxicoKarla Gómez y Cristian sostienen a Merlín en el Zócalo de Ciudad de México.Foto: Nayeli Crúz | Vídeo: EPVLo llamaron Merlín, como el mago, porque parecía haber llegado mágicamente. Y quizá esa percepción hoy cobra sentido. La historia con los patos no es nueva para Karla y su familia. Antes hubo dos más. “Soy muy afín a los patos. No puedo tener perritos o gatos porque soy alérgica, pero con los patos hice clic”, cuenta. La comerciante y madre soltera relata que vio algo especial en Merlín desde el primer momento: “Cuando lo vi les dije: este pato tiene una misión en la vida”. Hoy parece convencida de ello. Cristian lo entrenó, le enseñó a caminar detrás de él. A jugar fútbol. A sentarse junto a él mientras juega Free Fire. Fue difícil, lo reconoce. La decisión de integrarlo a sus actividades diarias fue de Karla. “Dejarlo en la casa, sabiendo que es muy apegado a Cristian, era matarlo de tristeza y siempre he dicho que si tienes un animalito, debes convivir con él, no tenerlo encerrado”, explica. Mientras la camioneta se acerca al Zócalo capitalino, Cristian le acomoda las plumas y le pone su playera de la selección mexicana. Merlín lo observa con atención, lo picotea. La conexión es evidente y única. El pato ignora a casi todos los demás, menos a su mamá. “Soy la líder de la parvada y aguas con que no me obedezca”, dice Karla. El pato puede convivir con cualquiera, posar para las fotografías o caminar entre multitudes, pero siempre termina en los brazos de Cristian. “Piensa que soy su papá”, dice.Antes de terminar en la camioneta con Karla, Cristian, Roberto —el novio de Karla— y Merlín. La familia recibió a EL PAÍS en su centro de trabajo, un modesto local de lámina instalado en la esquina de Doctor Vértiz y Arcos de Belén, en el corazón de Ciudad de México. Ahí venden agua embotellada y refrescos desde hace años. Aunque el negocio permanece cerrado desde el sábado. No por falta de clientes, sino por exceso de fama.Las entrevistas se acumulan. Los programas de televisión llaman. Las cámaras esperan. Las invitaciones aparecen una detrás de otra. La agenda parece la de una celebridad. Karla intenta sonreír mientras responde a preguntas que ya ha contestado decenas de veces. Cristian, luce cansado. Merlín parece el único que sigue disfrutando la vorágine. Se le ha subido un poco la fama. “Ahora quiere caminar al frente, antes iba atrás”, cuenta Cristian. Tienen el tiempo encima para llegar a su cita con la FIFA. La camioneta ha llegado al Centro Histórico. Apenas se abre la puerta de la camioneta, ocurre la magia. ¡Es Merlín!, ¡Merlín! ¡Es el pato! Los gritos llegan desde distintos puntos de la calle. Decenas de personas se acercan. Comienza la avalancha de fotografías. El recorrido desde la calle 20 de Noviembre hasta Palacio Nacional, que normalmente tomaría apenas unos minutos, se convierte en una procesión. A cada paso una selfie. Cada metro recorrido implica detenerse otra vez. Los turistas lo reconocen, los vendedores ambulantes también. Merlín atraviesa el Fan Fest sin revisiones ni preguntas.Es Merlín. El embajador mundialista. El pato que logró desplazar en popularidad a campañas millonarias, mascotas oficiales y estrategias publicitarias cuidadosamente diseñadas. Mientras el Gobierno y los organizadores apostaron por ajolotes y jaguares, personajes creados por agencias de marketing, México y el mundo decidió enamorarse de un pato que vende agua. La historia detrás del fenómeno explica buena parte de su éxito. La familia de Merlín vive en Tláhuac, una alcaldía en los márgenes de Ciudad de México. Se levantan temprano, toman el Metro, trabajan, regresan a casa, cumplen con sus tareas —la de Merlín es ser encantador y atraer clientes—, ven televisión. Al pato le gusta ver caricaturas. Ahora los días comienzan antes del amanecer y terminan pasada la medianoche. “Es muy cansado”, dice Cristian, quien no ha ido a la escuela en los últimos días. No lo echa de menos, dice que no tiene amigos, que casi nadie le habla. “Porque no quieren”, dice. Aunque no necesita más, tiene a Merlín. Karla insiste en que la fama no ha cambiado nada en lo esencial. “Merlín sigue siendo un hijo más”, repite. Y no parece una exageración. Habla de él como habla de Cristian o de Carlos, su hijo mayor de 22 años que padece psicosis, un trastorno mental. La mujer corre su galería de fotos en el celular; muestra el guardarropa de Merlín: playeras, camisas, zapatos, calcetas. El jersey de la selección mexicana fue una prenda más en su armario. Merlín tiene horarios, tiene comida favorita, la pizza —un gusto que comparte con Cristian—, las carnitas —que come todos los domingos— y la papaya. Tiene veterinario de cabecera. Tiene reglas y hace travesuras. Rompe el papel higiénico y es fan de las plantillas de los zapatos.Desde que Merlín saltó a la fama, Karla ha escuchado los ofrecimientos más descabellados. Desde ofertas para comprarlo o quien sugiere que lo cocinará en mole. Karla tiene clara la línea. La fama es momentánea, Merlín no. Es por eso que han registrado su nombre y su imagen ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, para frenar los intentos de empresas abusivas de apropiarse de él. No han recibido ningún pago. Del Gobierno de Claudia Sheinbaum solo han recibido el acceso a servicios de salud y nada más, sostiene Karla. La idea de iniciar un emprendimiento con la imagen de Merlín está sobre la mesa; lo aterrizarán cuando haya tiempo. En medio del revuelo mundialista, Cristian y Karla cumplirán el sueño de millones de mexicanos. La FIFA les ha regalado dos entradas para asistir al partido entre México y Chequia este miércoles en el Estadio Azteca. Merlín tendrá que quedarse fuera. El embajador mundialista no puede entrar al coloso de Santa Úrsula porque sigue siendo un pato.Al caer la tarde, cuando las entrevistas terminan y los teléfonos dejan de sonar, vuelve la realidad. Son simplemente una familia que vuelve a casa. En Tláhuac los espera la sala de siempre, su pantalla, los videojuegos. Free Fire sigue siendo el favorito de Cristian y también de Merlín. Merlín vuelve a ser lo que siempre ha sido. No, el embajador de la FIFA. Ni el fenómeno viral del Mundial en México. Es el mago que curó la depresión de Cristian y el pato que, como sostiene Karla, “tiene una misión en la vida y la está cumpliendo”.
“Merlín tiene una misión y la está cumpliendo”: una tarde en la vida del pato que conquistó el Mundial
El ave que creció entre agua embotellada y las calles del centro histórico se ha convertido en el fenómeno más improbable de la Copa del Mundo. Karla y sus hijos buscan que Merlín pase a la historia como el pato que robó el corazón de México














