El Mudo, el Zorzal criollo, el Morocho del Abasto, el Bronce que sonríe, el Troesma, el Rey del Tango, mil apelativos y un nombre artístico que se convirtió en adjetivo para los argentinos. ¿Acaso no hemos usado mil veces la frase “Sos Gardel” para decirle a alguien que “sos lo máximo”? Claro, pasaron 90 años de su fallecimiento, pero Carlos Gardel sigue siendo el artista más importante que dio la Argentina y difícilmente sea superado jamás. Ídolo indiscutido de varias generaciones, su fama internacional, su trayectoria y su recuerdo a casi un siglo de su muerte siguen vigentes, aunque ya no se escuchen sus discos en una vitrola, como recomiendan los especialistas, ni en discos de vinilo, cassettes o CDs y se impongan las tracklists de Spotify para evocar a una Ciudad de Buenos Aires de principios del siglo XX. Cantante extraordinario, artista con clara visión de su talento y de su potencial, actor de cine que fue mejorando película a película, Gardel brilló en todo lo que intentó, tanto en la música como en la pantalla, lo que le permitió filmar películas con temática nacional y en castellano en París y en Nueva York, algo impensado para cualquier otro artista argentino.
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