Una batería que se alimenta en lugar de cargarse parece una rareza de laboratorio. Pero investigadores de Empa, los Laboratorios Federales Suizos de Ciencia y Tecnología de Materiales, desarrollaron justamente eso: una batería biodegradable basada en hongos.La institución la describe como una biobatería impresa en 3D que podría abastecer sensores para agricultura o investigación en zonas remotas. Cuando termina su vida útil, el propio dispositivo puede degradarse desde el interior.El sistema pertenece al campo de las celdas de combustible microbianas. En lugar de almacenar energía como una batería convencional de litio, aprovecha procesos metabólicos de microorganismos para generar pequeñas corrientes eléctricas.Cómo funciona una batería hecha con hongosEl desarrollo usa tintas vivas imprimibles en 3D. Los investigadores combinan materiales basados en celulosa con carbono, grafito y hongos capaces de actuar dentro de los electrodos. La impresión permite dar forma a una estructura flexible, ligera y compostable.El trabajo científico, publicado en ACS Sustainable Chemistry & Engineering, reportó electrodos fúngicos impresos en 3D para una celda de combustible microbiana. Según el resumen disponible, cuatro baterías conectadas en paralelo pudieron alimentar un pequeño sensor durante 65 horas.La potencia no es comparable con la de una pila doméstica ni con una batería de teléfono. Su objetivo es otro: suministrar energía de bajo consumo a sensores ambientales que miden humedad, temperatura, nutrientes o datos de campo en lugares donde cambiar baterías resulta costoso.La ventaja ambiental está en el final de vida. Muchos sensores pequeños terminan abandonados en el ambiente o generan residuos electrónicos difíciles de recuperar. Una batería biodegradable podría reducir ese problema si se usa en aplicaciones temporales y bien controladas.Empa (Laboratorios Federales Suizos de Ciencia y Tecnología de Materiales) presenta el concepto como una batería que necesita “alimento” porque los hongos requieren nutrientes para mantenerse activos. Esa característica la vuelve muy distinta de una batería convencional: no se enchufa, sino que depende de sostener condiciones biológicas adecuadas.El desarrollo todavía es experimental. Faltan mejoras de potencia, estabilidad, duración, encapsulado, respuesta a cambios de temperatura y producción a escala. También será necesario evaluar en qué ambientes conviene que un dispositivo se degrade y en cuáles no.Aun así, la idea es potente. Mientras la electrónica crece en campos, bosques y sistemas de monitoreo, también crece el riesgo de producir residuos invisibles. Una batería viva, impresa y biodegradable propone otra lógica: dispositivos que trabajen durante un tiempo y luego desaparezcan sin dejar una carga ambiental duradera.No es la batería del celular del futuro. Pero puede ser una pieza clave para sensores pequeños, temporales y distribuidos en la naturaleza.