Todo partido de fútbol arranca mucho antes de que el balón eche a rodar. Puede durar horas, días o semanas la parafernalia de declaraciones, portadas y los tifos que se preparan en los estadios y demás guerra fría que se utiliza para intimidar al equipo rival, a su hinchada y a los árbitros.

El España-Arabia Saudí comenzó a jugarse hace años y muy lejos del Mercedes Benz Stadium de Atlanta donde a las 12 de la mañana hora local se citaron los dos equipos. ¿Por qué un equipo que representa a uno de los regímenes más sanguinarios del planeta puede disputar este Mundial y los dos anteriores, a diferencia por ejemplo de Rusia que fue vetada por la FIFA cuatro días después de iniciar su invasión a Ucrania)? Se explica por la geopolítica y la diplomacia pero sobre todo por los petrodólares. Las mismas razones por las que esa supuesta organización sin ánimo de lucro que preside Gianni Infantino y que ya factura 11.236 millones de euros entre mundial y mundial ha designado a Arabia Saudí como sede en 2024, solo 12 años después de organizarlo en Catar y 18 de hacerlo en la Rusia de Putin.

Amnistía Internacional y otras organizaciones que luchan contra los derechos humanos llevan lustros denunciando que las ejecuciones sin juicio justo se cuentan por cientos cada año en Arabia Saudí, que desaparecen blogueros (no blogs, los blogs también, pero aquí hablamos de personas) críticos con el régimen, que la mujer necesita de un tutor hombre que la autorice a casarse, divorciarse o ir al médico. “Cosas que pasan”, como dijo Donald Trump en el despacho oval cuando la periodista Mary Bruce de ABC News le preguntó en una comparecencia conjunta al príncipe heredero Mohammed bin Salman por la muerte del columnista del Washington Post Jamal Khashoggi que fue asesinado y despedazado en el consulado saudí en Estambul. Según un informe de la CIA la orden partió del propio Khashoggi, según Trump en esa misma rueda de prensa, no está bien incomodar a los invitados del presidente. Según Infantino, Trump era la persona más indicada a la que entregar el primer premio de la paz que organiza la FIFA. Así estaban las cosas cuando Lamine Yamal, Pedri, Unai Simón y compañía saltaron a calentar en el estadio de Atlanta. Cuando el balón echó a rodar los millones de espectadores que siguen el Mundial (se estima una audiencia potencial de 6.000 millones de personas durante todo el campeonato) solo pudieron ver a dos países empatados a puntos enfrentándose por un puesto en la siguiente ronda. Nada más que eso. Así que puede decirse que Arabia Saudí, con su diplomacia, sus petrodólares y sus todopoderosos amigos, había ganado la previa.