EditorialEn semanas recientes se han registrado múltiples riñas entre conductores de vehículos, camiones, autobuses, motocicletas.
La cortesía no es una virtud, es una actitud. Pero cuando se repiten las acciones corteses, el efecto social sí puede convertirla en un hábito transmitido que a su vez tiene grandes posibilidades de detonar una reacción en cadena de favores desinteresados que a su vez produzcan algo parecido a una sociedad virtuosa como la que aludía Aristóteles. Existen diversos espacios y campos en donde se puede practicar la cortesía, no solo como gesto magnánimo, sino como legítima expresión de creencias, religiosas o humanísticas.
La cortesía va más allá del respeto, porque este último está amparado en reglas mínimas de convivencia. Pero a menudo los mínimos se vuelven máximos y de allí no pasamos. Es decir, un conductor puede “llevar la vía” sobre una congestionada calle en una mañana atiborrada de vehículos, de afanes, de prisas. Si no cede el paso a esa calle secundaria donde no hay semáforo no está irrespetando a nadie, pero, ¿qué diferencia hace? Pero si decide actuar con cortesía, puede estar transformando otras vidas —y otras vías— con su ejemplo.
Y es que quizá en ninguna otra vivencia actual como en el tránsito vehicular pueda ser tan refrescante la decisión de ser cortés ante el propósito ajeno, ante la necesidad paralela, ante la rutina agobiante del camino que puede ser aliviada con unos gramos de empatía. Si nos preciamos de ser ciudadanos, con obligaciones y derechos, ¿por qué no dar un paso más arriba en el escalón de la ética y actuar movidos por valores que sí son virtudes: la prudencia, la generosidad, la tolerancia, la solidaridad?









