EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí. En un sábado particularmente soleado en la Alameda Central de la Ciudad de México, una multitud de adeptos al fútbol ocupa casi cada esquina de la plaza. El tumulto provoca intercambios incómodos de pasos con los comerciantes, viandantes y los pequeños grupos de turistas que emergen de las polvorientas obras de la estación Bellas Artes del metro. En medio del bullicio, una fila perfectamente ordenada de mantas y exhibiciones se alinea en un pasillo entre postes y árboles. Se ofrece de todo: joyas, tabaco aromatizado, mantas, imanes, estampas, ropa o muñecos.Para los aficionados, que intercambian estampas con jugadores para el álbum del Mundial, la fila de puestos de venta puede parecer una más entre las decenas de la Alameda. Sin embargo, un grupo de mujeres reunidas en asamblea junto a la colección de productos, posado entre la salida del metro y el imponente Palacio de Bellas Artes, es el primer indicador de que este no es un mercadillo común. La reunión improvisada es una de las discusiones regulares de Autogestión Feminista, la organización que ha tomado esta zona como su espacio seguro.Los puestos no son un tianguis, como se conoce a los mercadillos periódicos en México, sino una instalación de protesta contra la violencia económica y un refugio para la comunidad de mujeres. Se trata de una iniciativa ampliamente adoptada por las organizaciones feministas en el país: las mercaditas. Un modelo de comercio e intercambio nacido durante la pandemia.La covid-19 desató una crisis de destrucción del empleo que se cebó particularmente con las mexicanas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la tasa de ocupación de mujeres cayó siete puntos tras el cierre de actividades y, años más tarde, muchas no han vuelto a incorporarse al mercado laboral.En ese contexto, según explica Coco, quien ha participado en mercaditas desde entonces, muchas mujeres recurrieron al comercio para subsistir, eligiendo hacer entregas de productos en las estaciones de metro. Ante la presión de las autoridades locales para frenar los intercambios, colectivos feministas empezaron a organizarse. Cinco años más tarde, no han dejado de hacerlo.Cada sábado, las activistas de Autogestión Feminista montan alrededor de 20 puestos. Se ayudan a acomodar los productos, se protegen y siguen reglas comunes. Al inicio de la fila de puestos, un pequeño anuncio delimita la única regla para los compradores: tienen prohibido el regateo. Esa no es la única diferencia en el modelo de una mercadita frente a otros sitios de venta similares. Las mujeres no se exigen una presencia o cuota obligatoria mínima y no se obligan a sí mismas a llegar temprano para mantener su puesto.La armonía de la estructura orgánica se hace evidente cuando el intenso sol del sábado es interrumpido por una lluvia repentina y torrencial. En menos de un minuto, como en un acto coreografiado, las mujeres cubren sus productos con lonas y plásticos. Para Xochiquetzal, otra de las activistas, ese equilibrio no es casual. “Sí, se lucha en contra de las estructuras patriarcales, pero también nos permitimos hablar de cómo adentro se tejen redes, afinidades, cuidado y otras formas de vincularse”.La comerciante de 36 años cuenta que su relación con sus compañeras también amplió sus posibilidades de venta, desde productos de tabaco aromatizado hasta joyería. Las mujeres comparten conocimientos y buscan el éxito colectivo, no la competencia. “A mí me permitió que mi trabajo fuera más digno con mis necesidades, mis procesos y mis ciclos”, agrega.Tampoco hay jerarquías en la organización. Se divide en comités que manejan determinadas áreas de interés común, como las cuentas de redes sociales o la organización de talleres. Los hacen cada sábado, para involucrar a la comunidad en su protesta, explica Lirio, mientras monta mesas y sillas. Este fin de semana ella será la encargada de la actividad: una discusión sobre derechos infantiles. Los niños que se acerquen podrán pintar un fanzine, participar en una discusión y tomar una merienda. La contribución económica es voluntaria y Lirio se asegura de explicárselo claramente a cada familia que se acerca a la zona, donde cuelga un cartel que advierte: “Las niñas y los niños no se tocan”.Todas aportan algo de sus ganancias para financiar los talleres, abiertos a todo aquel que desee participar. Han realizado encuentros de grabado, dibujo o autocuidado. Son una forma de crear comunidad en lo que sienten que es su espacio seguro.Sin embargo, para Coco, volver cada fin de semana es un acto de resistencia. La mujer de 40 años asegura que han sido presionadas y acosadas por las autoridades locales. También han sido perseguidas y agredidas por los comerciantes ambulantes de la zona. Hoy se sienten bajo la lupa por la horda de aficionados mundialistas.“Todo el tiempo hay grupos de personas que no nos quieren aquí o que ven un problema en que estemos. Así que siempre es una resistencia”, explica. Su nombre, como el que usa la mayoría de las activistas, es un seudónimo creado para proteger su participación en la iniciativa, como medida de seguridad. Las amenazas han sido constantes, según cuentan las mujeres. La más reciente: la de ser desalojadas por la ciudad durante el Mundial.Lirio posa con un letrero en su puesto de La Mercadita feminista, el 23 de mayo.Aurea Del RosarioJoyería que crea Lirio, la cual pone a la venta en La Mercadita.Aurea Del RosarioCoco camina en el pasillo que delimita a La Mercadita, a un costado de la Alameda Central. Aurea Del Rosario"Las niñas no se tocan", letrero colocado dentro de La Mercadita.Aurea Del RosarioEs por eso que, un par de días más tarde, una parte del grupo corta dos enormes lonas —una verde y la otra morada— en banderines triangulares para marcar su espacio. En la entrada del pasillo, un anuncio: la mercadita existe porque resiste. El propósito de la instalación es recordar a transeúntes y autoridades por qué están ahí, explica Lirio, mientras sus compañeras amarran dos largos hilos blancos entre poste y poste para colgar los triángulos.Para las activistas es imprescindible proteger su espacio perenne, en el que han descubierto más que una oportunidad de crecimiento económico. Lirio dice que en la mercadita encontró un sistema de apoyo. “Me he podido sentir sostenida por mis compañeras incluso en momentos difíciles”, asegura la estudiante de comunicación de 25 años. Es un sentimiento que comparten las demás activistas del colectivo, integrado por unas 30 mujeres de diferentes edades.“Yo era de esas niñas que se querían morir a los 18 años, y este espacio me ha ayudado a tener gusto por la vida. Retomé la escuela, ahorita estoy en la universidad estudiando Trabajo Social y tuve a mi bebé. Esos soportes me han ayudado mucho”, cuenta Casandra, de 24 años. La joven, veterana del movimiento, se unió cuando tenía apenas 17 años e iba en el CCH (equivalente al bachillerato).Como muchas de sus compañeras, se unió cuando un grupo feminista organizó una mercadita en su colegio. Las instituciones educativas son la génesis de muchos de estos espacios, explica Xochiquetzal, pero muchas de sus compañeras no provienen de esos contextos. Las diferencias no son importantes a la hora de organizar las actividades del colectivo. “Yo siento que este espacio es uno de cambios, reflexión y aprendizajes. Estar aquí me ha ayudado mucho porque, emocionalmente, tengo muchas compañeras que me tiran el paro y están ahí reconfortándome”, concluye Casandra.