En diciembre del 2024, La Vanguardia visitó una cárcel para combatientes del Estado Islámico en el noreste de Siria. Allí, tras los barrotes de la celda número 1, estaba Tyriek Uiterloo, un joven surinamés de 19 años que llevaba encarcelado desde los 13, acusado de ser un ‘cachorro del califato’, un niño-soldado del grupo yihadista. Víctima de una guerra que no eligió, es posible que también participara en sus crímenes. ¿Cómo acabó un chico nacido a más de 10.000 kilómetros de allí abandonado en una cárcel siria? Esta es su historia.No todo lo que contó detrás de los barrotes era cierto.
“He vivido toda mi vida en Holanda, en Ámsterdam”, afirmó. Y no era verdad.
El chico que hablaba en perfecto inglés desde la celda número 1 de Panorama, la mayor cárcel siria para supuestos combatientes del Estado Islámico, nunca había pisado los Países Bajos. En realidad, nació y creció en Paramaribo, la capital de Surinam, un pequeño país sudamericano que fue colonia neerlandesa hasta 1975.
Tampoco era cierto, como aseguró, que su madre hubiera viajado a Siria con sus dos hijos para trabajar de enfermera.
Otras cosas sí eran ciertas. Era verdad que llevaba encerrado desde los 13 años, acusado de yihadista, sin ver jamás a un abogado. Era verdad que había llegado a Siria de niño. Era verdad que hacía años que no hablaba con su familia. Y era verdad que su vida había sido destruida por decisiones tomadas por adultos.








