Fue como un grito de rebeldía cargado de reivindicación. Un mural pintado en la clandestinidad de la noche y con una grúa prestada, en un audaz desafío a la autoridad. A sus artífices, Juilee Pryor y Andrew Aiken, del colectivo artístico Unmitigated Audacity Productions, poco les importó la denegación del permiso formal: aquella mañana de agosto de 1991, el espacio que estaba reservado para fines publicitarios en el Inner West de Sídney amaneció con un grafiti que encerraba una oda a los derechos civiles y la lucha medioambiental. Y lo hacía con apenas tres elementos: una imagen del planeta Tierra, el rostro de Martin Luther King y su famosa frase “I have a dream”, que también da título a su obra. Con el tiempo, los artistas añadieron la bandera aborigen para sumar una tercera causa, la resiliencia indígena. Lo que comenzó como una obra de arte ilegal acabó siendo declarado por el Ayuntamiento de la ciudad australiana como patrimonio histórico. Una muestra de street art que no solo se convirtió en la más fotografiada del país, sino que ha quedado para siempre como el emblema del que es considerado el barrio díscolo en la ciudad más grande y poblada del continente rojo. Hablamos de Newtown, un distrito que no se parece a ningún otro rincón de Sídney. En esta metrópoli estereotipada por su arquitectura de vanguardia, su frenético Downtown y sus playas soleadas salpicadas de tablas de surf, también hay lugar para un barrio que precisamente recoge su faceta más genuina: la multiculturalidad, que le viene del hecho de haber sido cimentada con la llegada de migrantes de todo el mundo. Arte, música y activismoNewtown fue, allá por el siglo XIX, la zona en la que germinó la actividad industrial, materializada en fábricas, talleres y casas estrechas en las que se amontonaban los obreros, casi siempre en condiciones precarias. Era el hogar de la clase trabajadora, que aglutinaba a oficios diversos. Pero este pasado gris fue adquiriendo color gracias a la cercanía a la universidad que había sido fundada en 1850, la cual comenzó a atraer aquí a estudiantes movidos por los alquileres baratos.Con ellos, poco a poco, llegaron artistas, bohemios, jóvenes que propugnaban movimientos alternativos, asociaciones que apoyaban causas remotas. Y así, las calles se fueron inundando de un espíritu contestatario que convirtió al barrio en un auténtico refugio de la contracultura. Durante las décadas de 1970 y 1980, Newtown pasó a ser el epicentro punk, con una vibrante escena de música en vivo que tenía lugar en locales underground a cargo de bandas emergentes. Al calor del activismo político, también este suburbio de Sídney se erigió en el centro de la escena LGTBIQ+, dando cobijo a una de las comunidades queer más grandes y combativas de Australia. Especialmente en el Newtown Hotel, que aún hoy domina un emblemático esquinazo, se daba cita un entonces tímido público homosexual que logró finalmente avivar los vientos de la tolerancia.La magia de King StreetNewtown sigue siendo el barrio en el que descubrir los más dispares latidos urbanos, pese a que, como en la mayoría de las ciudades, tampoco ha podido escapar a la gentrificación. Pelos de colores, tatuajes, barbas frondosas y gafas de pasta desfilan por sus calles, donde reina una estética con una extraña mezcla entre lo retro y lo futurista, pero siempre pasada por el filtro de lo multirracial. En este barrio, que para muchos tiene su equivalente en el Kreuzberg de Berlín o en el Malasaña de Madrid, todo gira en torno a King Street, la kilométrica arteria en la que pervive el mural I Have a Dream, a cuyos pies, por cierto, la banda británica Coldplay filmó en 2014 el videoclip de su canción A Sky Full of Stars. Una calle en la que las casas adosadas de arquitectura victoriana lucen en sus bajos todo un despliegue de ocio heterodoxo: librerías independientes, tiendas de vinilos, moda vintage, anticuarios, restaurantes de cocinas exóticas, espacios naturópatas, whisky bars, cafeterías de especialidad…“Claro que también hay postureo, pero sigue siendo un distrito joven que potencia la creatividad”, señala Archer Morris desde la barra de Mountain Goat, una cervecería artesanal en la que cada día se celebran eventos. Más que un alimento de Instagram, Newtown es una apuesta segura por la cultura. Lo testifican teatros históricos como el Enmore Theatre —abierto en 1908, en su origen acogía espectáculos de vodevil—; cines alternativos como Dendy Cinemas, que proyecta películas de culto e incluye retransmisiones de ópera y de ballet; y todo un catálogo de bares que, al caer la noche, compiten en su oferta de música en vivo. Entre ellos, el Waywards Ballroom, con una programación ecléctica, o The Vanguard, para conciertos intimistas. Como en todo barrio hípster que se precie, no falta la cuota de espacios verdes, como Camperdown Memorial Rest y Victoria Park, ambos ideales para pasear a los perros, hacer pícnics o dormir la siesta bajo árboles frondosos. Y, por supuesto, no falta el continuo renacer de manifestaciones de arte urbano, que insuflan vida a este rincón en el que Sídney se suelta la melena.