Cuando Andrés se despertó el martes 9 de junio, tenía un aluvión de mensajes de su familia en el teléfono, incluso una videollamada. Habían pasado la víspera inquietos por la desaparición de su primo David Salazar, de 33 años, del que solo sabían que se le había visto por última vez el domingo por la tarde dirigiéndose a una panadería del barrio Suerte de Saavedra, una zona populosa en el este de Badajoz también conocida como Las Malvinas. Allí, en un lugar que carga con el estigma de ser una zona conflictiva, vive su extensa familia. Aunque en principio se dieron el beneficio de la duda, David igual podía haber hecho algún plan o se había ido de fiesta, era muy raro que ninguno de sus familiares tuviera noticias suyas pasadas las primeras 24 horas. Creían que Juan Francisco Moyano, el panadero al que todos llaman Juanfran, tenía algo que ver. Y Andrés se fue a buscarlo. Andrés llegó a las ocho y media de la mañana a la tienda de Juanfran, situada muy cerca de su casa. Lo encontró en la puerta, limpiando. “Le dije: ‘No puedes seguir fregando porque estás bajo sospecha”, rememora. Le preguntó cómo iba vestido su primo el domingo y le pidió que abriera su coche, un Renault Megane amarillo desvencijado que tenía aparcado cerca. A Andrés, que se gana la vida arreglando y vendiendo vehículos, le llamó la atención que llevara en el maletero un producto de limpieza que no había visto en la vida. Se llamaba Mano de Santo. También vio una mancha que le pareció que era sangre. “Tú sabes algo más, para mí que le has matado”, le soltó.Andrés va vestido de riguroso luto: pantalón negro, camisa negra y zapatillas del mismo color. El sufrimiento de las últimas semanas ha dejado huellas en sus ojos y, aunque se considera una persona “muy fuerte”, dice dos veces que se siente deprimido. Le acompaña, Emilio, cuñado de David, quien aprieta los labios con frecuencia. La familia no ha asimilado todavía que su familiar, el tercero de seis hermanos, casado y con tres hijos de 13, 9 y 6 años, haya muerto. “He repetido la historia en mi cabeza cincuenta veces”, dice. Ambos describen a David como una persona atenta a los suyos, con instinto de protección a los niños. “No es de una familia delictiva”, resumen. Juanfran, de 49 años, y con el que muchos de ellos tenían trato porque les despachaba el pan, está en prisión preventiva tras reconocer que mató y descuartizó a David cuando aquel domingo fue a cobrarle 150 euros de una deuda. Sus familiares insisten en que la víctima no era prestamista, como se ha dicho, sino que le estaba avalando, que hacía de intermediario para ayudarle a cancelar ese préstamo.Ellos, que hasta ahora no habían querido contar cómo vivieron esos dolorosos días, inciden en la sangre fría con la que Juanfran actuó después de quitarle la vida. Les negó saber nada de dónde podía estar, les mareó diciéndoles que se había ido con otra persona, incluso llegó a preguntarle a la esposa de David al día siguiente del crimen si no se llevaba la media barra que normalmente compraba para él. Un grupo de familiares, en el que estaba Emilio, llegó a ir a la panadería a preguntarle por su pariente. El padre de David abrió y miró en uno de los arcones en los que después han sabido que ocultó durante unas horas sus restos. “No sé ni por qué abrió el congelador”, comenta Emilio. “Teníamos un runrún”.Todo lo que averiguaron se lo dieron a la Policía, coinciden. Les entregaron un vídeo de seguridad de un bar cercano a la panadería, situada en la calle Luis Alfredo Molina, en el que se veía a David cruzar la calle a las 18.30 del domingo y tomar la acera en dirección al negocio de Juanfran. Iba, pero no volvía. Les hablaron de la “mancha de sangre” que habían visto en el maletero de su coche. “Este hombre es panadero, no cazador”, les insistió Andrés. Recurrieron a un hacker para intentar rastrear su teléfono, aunque no tuvieron éxito. No comprenden por qué no le detuvieron ese mismo martes.Aunque la desaparición de David se resolvió de forma dramática 40 horas después de que pusieran la denuncia a la Policía, en la noche del lunes, cada minuto que pasó hasta que Juanfran confesó el crimen y los investigadores dieron con sus restos cerca de una pista forestal, a unos 500 metros de la panadería, se les hizo un suplicio. Los agentes del grupo de delitos contra las personas de la Policía comenzaron a investigar la desaparición a primera hora del martes. Recibieron avisos de dos personas diferentes que decían haberlo visto con vida cerca de la frontera con Portugal, uno de ellos, el lunes. Comprobaron la información, pero descartaron esa línea el martes por la tarde. De forma paralela, acudieron a la panadería y pusieron atención a los movimientos de Juanfran. Sus pesquisas, con tiempos y formas diferentes, terminaron confirmando las sospechas de la familia. Juanfran ha ido relatando durante sus declaraciones en la causa su versión de lo que ocurrió en la panadería en la tarde del domingo y las horas posteriores. El panadero aseguró que estaba en una situación límite, asfixiado por las deudas y sometido a constantes peticiones de dinero por parte de David. Acumulaba impagos en el alquiler de la panadería, estaba pendiente de una orden de desahucio, y a principios de año tuvo que dejar su piso, en el barrio de Valdepasilla, y se fue a vivir con sus padres. David le venía prestando dinero desde hacía meses, como un favor, y él le pagaba poco a poco, en cuotas diarias. Aquel domingo también acudió a cobrar una parte de los 2.250 euros que le debía. Por la mañana le entregó 50 euros y quedaron en que iría otra vez a las 18.30 para darle otros 150. Pero no los tenía. Entonces comenzó una discusión que les llevó a la trastienda y en la que Salazar “empezó a pegar patadas y todo” y le amenazó con matarle a él y a su familia. Según su relato, lo tiró al suelo y le dio patadas en el estómago. “Me giré, lo primero que vi fue un martillo y le golpeé”, contó Juanfran. El panadero mantiene que le golpeó por la parte de detrás de la cabeza, más de dos veces, y que colocó su cuerpo sobre unos cartones del pan. Tras una breve salida a la calle, pasó la tarde despachando y limpiando la trastienda con lejía y un líquido llamado Mano de Santo. Cerró la panadería a las 23.00, media hora antes de lo habitual. Fue a mirar cómo estaba Salazar y, como seguía en la misma posición, dedujo que ya no vivía. Intentó meter su cuerpo en un arcón frigorífico, pero no fue capaz. Entonces le cortó las extremidades, ayudándose con una radial pequeña y con un cúter de gran tamaño. Sobre las 00.15, ya estaba en casa de sus padres. Antes volvió a limpiar y ocultó los restos de Salazar en los arcones del negocio.El lunes aprovechó el descanso del mediodía, sobre las 16.00, para deshacerse del cuerpo. Cargó en su coche dos paquetes con los restos, uno en el asiento del acompañante y otro en el maletero, y los dejó en una zona próxima a la barriada de El Tulio. Cuando abrió la panadería, recibió la visita de los familiares de David. Pese a la presión de la familia, Juanfran siguió en sus trece y decía no saber nada. El martes declaró como testigo ante la Policía y regresó a su casa. Aquella tarde pidió consejo a un abogado. El miércoles, los agentes le solicitaron que llevara el coche a la comisaría. Le preguntaron si lo había limpiado y por la mancha que parecía de sangre y que ya no estaba. Al verse en esa situación, llamó al abogado y reconoció el crimen.La tensión no se acabó con su arresto. El jueves, cuando ya habían recuperado los restos de Salazar, circuló un rumor falso de que la Policía llevaría a Juanfran a la panadería. Los agentes, que en realidad iban a realizar una inspección del local, habitual en los casos de homicidio, se vieron en mitad de una marabunta en la que les llovían las piedras. Varios policías quedaron heridos y un vecino fue detenido por atentado contra la autoridad.Juanfran ingresó en prisión provisional investigado por homicidio. El penalista Fernando Cumbres, que ejerce la acusación particular en nombre de la familia de David, trabajará para que se considere asesinato.El jueves, la calle en la que Juanfran vendía pan estaba muy tranquila. La persiana verde en la que escribieron con grafiti “perro”, “asesino”, o “chivato”, ha sido repintada de blanco. “No se puede decir nada”, comenta una vecina. “Lo mejor es taparlo, olvidarlo”, añade otra mujer, dando por zanjada la conversación.
El pálpito de la familia de David Salazar con el panadero de Badajoz: “Para mí que le has matado”
Juan Francisco Moyano, de 49 años, siguió despachando en su panadería de Badajoz con el cuerpo de David Salazar, de 33 años, en la trastienda









