La Alianza Mundial de Cerveceros (WBA), la voz que representa a la industria en el ámbito global, calcula que el negocio aporta unos 878.000 millones de dólares al PIB del planeta, un valioso 0,8%. Pero la producción de la burbujeante bebida dorada acumula una caída desde 2012 de 100 millones de hectolitros (se producen unos 1.875 millones). En mercados históricos como Estados Unidos y Europa, los consumidores prefieren dar tragos a envases más pequeños y poco a poco se apartan del consumo de alcohol. No parece el mejor de los mundos para un fabricante. Sin embargo, hay grupos, como Hijos de Rivera, dueño de las marcas Estrella Galicia, la sidra Maeloc o el agua Cabreiroá, que ven el vaso medio lleno, y no de espuma precisamente. En tres décadas los gallegos han disparado las ventas y el verano pasado inauguraban en Morás (Arteixo) la que podría llegar a ser la mayor fábrica de cerveza en el territorio nacional, con capacidad para producir 900 millones de litros al año. Quizá decir ahora que es la factoría más grande del país sea exagerado, porque ha arrancado con 100 millones de litros y la de Alovera (Guadalajara) de Mahou, la tercera del continente, ronda los 600 millones. Pero el presidente ejecutivo de Corporación Hijos de Rivera, Ignacio Rivera (de la cuarta generación familiar), está convencido de que irá conquistando posiciones. El grupo ingresó 945 millones el año pasado, lo que supone un crecimiento del 6,7%, tras distribuir 569 millones de litros de cerveza junto con otros 253 millones de agua y zumos (tiene también las marcas Agua de Cuevas, Fontarel o Auara). El resultado de explotación creció casi un 14%, pasando de 211 millones a 240, lo que terminó dando un beneficio neto de 110 millones. “Venimos de pasar un año intenso. Empezamos un plan estratégico hasta 2027 que tendrá una segunda parte hasta 2030 para llegar a ese sueño de volver a doblar tamaño”. Eso significa, explica Rivera durante una charla en la factoría de Morás, que, si consiguen lo que se proponen, añadirán casi 900 millones a la cuenta de resultados en muy poco tiempo, llegando al nivel de ventas actual de Mahou. Pero tendrán que sorber y soplar al mismo tiempo. Combinar el ansia expansiva (son el cuarto grupo cervecero nacional tras Mahou, Damm y Heineken) con el paso cauto del sentidiño gallego al que constantemente apela su presidente no parece nada fácil. La venta de cerveza en bares y restaurantes se está resintiendo, aunque Hijos de Rivera ha aumentado en un 4% su producción. La gente socializa menos, tiene menos alegría en el bolsillo debido a la inflación y tiende a consumir más en casa. Eso significa, para los fabricantes, encarar la distribución de otro modo, negociando con los supermercados, que tienen un poder de compra mayor frente al hostelero independiente. “Tenemos un reto: si el mercado tiende al off trade [consumo en casa] y a incrementar la exportación, vamos a tener menos márgenes de beneficio. Así que tenemos que intentar estar en forma, cuando creces a esta velocidad creces como puedes, estamos intentando conseguir competitividad por la escala”, explica el directivo.“Salvo que hagamos maravillas”, confiesa, no esperan un 2026 muy boyante en cuanto a resultados económicos debido a los costes de poner en marcha su segunda fábrica, la contratación de mano de obra (tienen 2.168 personas en plantilla) y el contexto del mercado. “Este año no va a ser mejor que el anterior”, admite el ejecutivo. Pero no tocará los dividendos, a los que destina alrededor del 40% del beneficio, a repartir entre las cuatro ramas familiares que componen el accionariado. Su deuda ha aumentado (representa un múltiplo de 0,75 veces el ebitda, unos 180 millones), y también han repercutido el alza de los costes en el precio de sus cervezas. “Intentamos diversificar en productos de mayor valor añadido. Intentamos que crezca más la venta de 1906, de Rivera Reposada (una cerveza premium de maduración lenta) y lanzando productos con mejores márgenes”. Pero la preocupación principal sigue ahí: la caída del consumo se nota (en el sector en España retrocedió un 1% el año pasado), aunque ellos sigan arañando cuota. “Nuestro problema es que se está perdiendo la sociabilidad, notamos que los jóvenes están con las pantallas en casa. Hay un problema de incremento en el consumo de ansiolíticos que es brutal. Estás agobiado y te tomas un ansiolítico… ¡Tómate mejor una caña con un amigo!”, receta el ejecutivo, que también ve en los medicamentos contra la obesidad una de las razones del retraimiento. Dentro de la geografía española, Rivera no distingue entre territorios: “Estamos creciendo en todas partes. Incluso en Galicia, aunque en menor medida”. En los supermercados admite que su marca tiene mucho recorrido, ya que vienen de ser un grupo básicamente horequero (que distribuye en bares y restaurantes). ¿Les aprieta Mercadona? “Nos aprietan todos. Pero tenemos mucha atracción con nuestra marca, y eso es una maravilla”, valora. DiversificaciónRivera, bisnieto del fundador en un grupo que lleva 120 años en manos de la familia, sabe que no podrá llegar a sus objetivos solo vendiendo más cerveza en España. “Por eso intentamos diversificar, encontrar oportunidades con otras bebidas”. El año pasado tomó posiciones en la cervecera Basqueland del País Vasco y compró otra participación en Vanagandr, una empresa gallega productora de ginebra. Gestionan la distribución de los rones de Arehucas y la gama de Destiny Spirits. Siguen estudiando compras y continúan con su expansión internacional, que les aporta el 15% de las ventas. Acaban de abrir oficina comercial en Italia e incluso se han atrevido con Alemania, el país cervecero por excelencia, donde el gigante Warsteiner distribuye su marca. Han aparcado su intención de montar una fábrica propia en Brasil, donde tienen un acuerdo con el distribuidor de Coca-Cola, que les presta instalaciones para elaborar sus bebidas para toda Latinoamérica, pero no abandonan la esperanza en ese país, que está homogeneizando su fiscalidad entre los distintos Estados. En suma, miran hacia todas partes, “pero no es fácil, lo queremos hacer con calma, no vayamos a tropezar”. Suena al maravilloso cuento de Momo, de Michael Ende: avanzar despacio para ir más rápido.