"Quiero evitar un desastre económico como el que se produjo en 1929". En tan breve frase, el presidente de EEUU, Donald Trump, quiso justificar esta semana ante sus homólogos del G7 una de las razones, quizá la principal, por la que iba a firmar el ya controvertido memorando de paz con Irán. Sin embargo, el acuerdo -aún pendiente de dos meses de negociaciones, y cuya ratificación en Suiza se suspendió a última hora- despierta un escepticismo unánime entre los expertos consultados en Bruselas y en España sobre sus efectos económicos. Especialmente en lo que concierne a la eurozona y el conjunto de la UE.
Puede que se haya evitado la debacle económica global de la que Trump habla, pero eso es un éxito muy parcial, ya que el escenario de la recesión mundial siempre se contempló como el más improbable incluso en los momentos más inciertos de la guerra. Los analistas se conformaban con un descenso contundente de la inflación por debajo de los tres puntos porcentuales, y un impulso al debilitado PIB comunitario -que cerró el primer trimestre en negativo-.
Pero el pacto, tal y como está ahora articulado, tampoco se halla en condiciones de satisfacer las expectativas más conformistas; en gran parte, por todo el trabajo que queda por hacer en Irán para reconstruir sus infraestructuras dañadas, y por la expectativa de que el estrecho de Ormuz ya nunca más será una vía de tránsito libre. Pero sobre todo influye la certeza de que los tres meses (marzo, abril y mayo) de impulso continuado de la inflación son más que suficientes para desencadenar los temidos efectos de segunda ronda en los precios.










