Hace 206 años un hombre estaba recostado muy enfermo en una casa del barrio porteño de Montserrat, sobre una calle que hoy le rinde tributo. Un día después, el 20 de junio de 1820 murió en la absoluta pobreza. Tal es así que no pudo pagarle al médico que lo atendía. Ningún diario de la época cubrió su muerte y su familia tuvo que utilizar el mármol de una cómoda para marcar su tumba ante la imposibilidad de pagar una lápida. Estamos hablando de Manuel Belgrano, uno de los padres de la patria y artífice de la independencia del país. Este final marca un contraste absoluto con su origen familiar, dado que su padre era uno de los comerciantes más acaudalados de Buenos Aires. Su empobrecimiento fue el resultado directo de su total entrega a la causa de la Revolución y a la construcción del Estado, priorizando el bienestar público sobre su fortuna personal. Durante sus años de servicio, Belgrano destinó gran parte de sus recursos y sueldos a la financiación de expediciones militares, la creación de escuelas y el sostenimiento de sus tropas. En el contexto de las guerras de independencia, el Estado naciente carecía de una administración financiera sólida y, con frecuencia, no estaba en condiciones de pagar los haberes de sus oficiales. Esta falta de pago constante, sumada a su desinterés por el enriquecimiento personal, lo dejó sin medios para su subsistencia. Recién en 1938, 118 años después, el Congreso reconoció lo que la patria le debía: instituyó el 20 de junio como Día de la Bandera mediante la Ley 12.361, eligiendo la fecha de su muerte para honrar al hombre que la había creado.