El nombre de la circunscripción electoral de Makerfield, al norte de Inglaterra, se ha ganado ya un hueco en la historia política del Reino Unido. El alcalde de Mánchester, Andy Burnham, ha logrado una arrolladora victoria en esos comicios, con el 54′8% de los votos, y abre el camino de la batalla para reemplazar a Keir Starmer al frente del Partido Laborista y como primer ministro.Burnham se ha impuesto con claridad sobre los dos candidatos de ultraderecha. Con 24.927 votos, ha logrado más apoyos que la suma de los 15.696 logrados por Robert Kenyon (Reform UK, el partido de Nigel Farage) y los 3.111 de Rebecca Sheperd (Restore Britain, una escisión del anterior). Demuestra de este modo que es el activo político más poderoso para hacer frente a la amenaza de la formación de Farage.El ya exalcalde de Mánchester, a todos los efectos, ha logrado un escaño en el Parlamento británico, la condición indispensable para poder participar en un proceso de primarias, y ha dejado claro de inmediato, en su discurso de aceptación de la victoria, que sus ambiciones se sitúan ahora en Downing Street y en el puesto de primer ministro.“Todo el mundo sabe que este país no está funcionando como debiera. Todo el mundo sabe que el Reino Unido no está donde debería estar. Esta noche puede ser el punto de inflexión. A partir de ahora, haré todo lo posible porque el nombre de Makerfield sea siempre sinónimo con la idea de lograr el cambio que el país necesita y con la idea de recuperar algo que habíamos perdido: la esperanza en el futuro”, ha proclamado Burnham poco después de las tres de la madrugada (cuatro, en horario peninsular español) en Wigan, nada más concluido el recuento de los votos y proclamados oficialmente los resultados.La de Makerfield ha sido una de las elecciones parciales (by-election, en la jerga política británica) más relevantes de la historia reciente del Reino Unido. Cada vez que un diputado dimite o deja su escaño vacante (por enfermedad, fallecimiento u otra razón), los electores de su circunscripción son llamados a las urnas. Normalmente estas votaciones tienen poca importancia. Sirven apenas como termómetro para conocer la popularidad del partido en el Gobierno o de la oposición. En este caso, sin embargo, eran mucho más.Cuando en las municipales de Inglaterra y autonómicas de Escocia y Gales el Partido Laborista sufrió una derrota histórica a manos de la ultraderecha de Farage, se aceleró la rebelión interna en el grupo parlamentario que hasta ahora a sostenido al Gobierno de Starmer. Hasta cien diputados reclamaron públicamente al primer ministro que se echara a un lado o anunciara un calendario de retirada.Había potenciales candidatos para sucederle, como el entonces ministro de Justicia, Wes Streeting, que anunció su dimisión con una carta de extrema dureza contra Starmer, al que acusó de falta de liderazgo. Pero el candidato favorito de la mayoría de diputados y afiliados laboristas era Burnham, el “rey del norte”, que durante nueve años había impulsado el crecimiento económico de Mánchester con políticas de redistribución e impulso de los servicios públicos, como el transporte. Su discurso contra “cuarenta años de neoliberalismo” que arrancaron con Margaret Thatcher resonaba entre los cientos de miles de decepcionados con el Gobierno de Starmer.Horas después de la dimisión del ministro Streeting, otro diputado, Josh Simons, renunciaba a su escaño de Makerfield para acelerar el proceso. “Me aparto para que Andy Burnham pueda regresar a su hogar, luchar para reingresar en el Parlamento y, si es elegido, impulsar el cambio que nuestro país reclama”, escribía en la red social X.La batalla por delanteBurnham ha conquistado el escaño de Makerfield, pero ha hecho algo más: ha demostrado ser el candidato capaz de imponerse con claridad a la amenaza de la ultraderecha de Farage, que hace un mes y medio infligió una derrota humillante por todo el país al Partido Laborista y a Starmer. El primer ministro ha dejado claro que no piensa renunciar a su cargo. Considera que sigue legítimo el mandato que obtuvo hace dos años, cuando logró una mayoría parlamentaria aplastante que acabó con catorce años de gobiernos conservadores.Desde entonces, sin embargo, su popularidad se ha desplomado. En parte, por una serie de errores, golpes de timón e indecisiones que han frustrado y decepcionado a los suyos. En parte, por la impaciencia de un electorado que no veía en sus vidas y sus bolsillos el cambio prometido por Starmer y se entregaba cada vez con más fervor a la ultraderecha.“A mi partido le digo: esta es nuestra última oportunidad para traer el cambio. Eso me han dicho los votantes en las cientos de puertas a las que he llamado estos días. Debemos escucharlos y hacerlo bien. No habrá una segunda oportunidad”, ha advertido Burnham en su discurso de madrugada.Su equipo ya ha anunciado la intención del candidato de hablar personalmente con Starmer durante el fin de semana (no tomará posesión de su acta de diputado hasta el lunes). Quiere pedirle una retirada ordenada y pactada, que evite una guerra civil en el Partido Laborista.Si el primer ministro sigue obstinado en resistir, Burnham deberá lograr el apoyo público de ochenta diputados para poner en marcha un proceso de primarias en el que Starmer ya ha dejado claro que competirá, en el que participarán probablemente otros candidatos, y que se prolongará durante varias semanas.El exalcalde de Mánchester no tendrá problema, llegado el caso, en recabar esas firmas. La victoria, o la perspectiva de victoria, siempre tiene muchos pretendientes. Y los miembros del grupo parlamentario laboristas ya comienzan a recolocarse ante la nueva era política que se avecina en el Reino Unido. Si Burnham culmina con éxito su desafío, se convertirá en el séptimo ministro del país desde que los británicos votaron hace ahora diez años a favor del Brexit.