Hace un año, Donald Trump abandonó la cumbre del G-7 en Canadá la primera noche.

Por eso, fue un indicio de progreso que, en esta ocasión, durante tres días en la ciudad francesa de Evian-les-Bains, a orillas del lago, el Sr.

Trump permaneciera hasta el final de la cumbre.

Contribuyó a ello que Emmanuel Macron, anfitrión de este año, le ofreciera una cena en el Palacio de Versalles (“¡No era pan de oro, sino auténtico!“, exclamó Trump con entusiasmo).

Los europeos, cautelosos, han aprendido por las malas a no creerle a Trump a pies juntillas.