Mientras los más futboleros se quejan del bajo nivel de los primeros partidos, quienes nos asomamos a este Mundial con la misma fascinación antropológica que un alienígena aterrizado en Cerdanyola del Vallès tenemos que reconocer que el torneo nos está dejando buen material.
Sucede que la actualidad ha rebajado tanto nuestras expectativas que presenciar un acto civilizado parece un milagro. Y ahí es donde entran los aficionados japoneses y sus bolsas azules de basura. Gracias a ellos, cada cuatro años los occidentales descubrimos con cierto asombro que en los grandes eventos existen personas con educación.
Los espectadores nipones limpiando las gradas al terminar el partido de su selección son noticia. Los admiramos como si desactivaran minas antipersona en lugar de retirar vasos de cerveza. Por lo que sea, nos resulta sorprendente que alguien recoja su mierda.
Cuando festejan, su locura es también ordenada. En el famoso cruce de Shibuya, en Tokio, celebran el resultado tomando el asfalto, pero cuando el semáforo se pone en verde para los coches, se dispersan como limaduras de hierro atraídas por un imán invisible.
En lugar de enviar antidisturbios, allí cuentan con los llamados DJ Police. Son agentes con megáfonos que, amablemente e incluso con humor, piden a los seguidores que regresen a la acera a ritmo de silbato cuando toca.










