El río Ebro separa Móra la Nova de Móra d’Ebre. Son municipios distintos, pero sufren los mismos mosquitos e idéntico calor a mediados de junio. También comparten parecidas preocupaciones vecinales. A la sombra de una terraza cerca del polideportivo municipal, un grupo de siete jubilados de Móra la Nova toma café. Tres de ellos trabajaron en la que fue aspiración laboral para tres generaciones de la comarca: la cercana central nuclear de Ascó, situada a 15 kilómetros. La instalación, junto con el también próximo reactor de Vandellós, tiene que cesar su actividad a partir del año 2030, si no se aprueba una prórroga, y se calcula que desenchufar las plantas supondrá un perjuicio para 10.500 empleados. En el corrillo que forman el grupo de jubilados sobresale un comentario de consenso cuando se pregunta qué opinión les merece el proyecto para implantar en el pueblo una de las gigafactorías europeas de inteligencia artificial (IA): “Claro que estamos a favor de que la hagan, por descontado”. Y uno de ellos hace un apunte, señalando con el dedo a un parque muy cercano: “Todos esos, aquí no tienen ningún porvenir”. Se refiere a un grupo de escolares que apuran el recreo.El proyecto de gigafactoría de IA resulta de una convocatoria de la Unión Europea que, sobre el papel, se tendría que resolver antes de otoño y que prevé instalar al menos cuatro de estas infraestructuras tecnológicas punteras en distintos Estados miembros de la UE. El reciente anuncio de que el Gobierno español se compromete a aportar 719 millones de euros para la gigafactoría, junto con la implicación de Telefónica, ACS y Banco Santander en el proyecto, ha repintado de credibilidad una apuesta que, por su extrema ambición —con base en Cataluña y una subsede en Madrid, en San Fernando de Henares—, había ido germinando regada por las dudas y la incertidumbre. De momento, solo es una candidatura sobre la que tendrá que decidir la Comisión Europea, pero en Móra la Nova (Tarragona) la posible recepción de la gigafactoría, y la inversión asociada de hasta 5.000 millones de euros, genera una expectativa halagüeña para paliar las estrecheces de empleo y la fuga de población. Pese a todo, algunos vecinos no dejan de arquear la ceja, desconfiados por un cúmulo de precedentes que han ayudado a cimentar la teoría que verbaliza Jesús Álvarez, el alcalde: “Puede haber la sensación de que aquí solo traen lo que no quiere nadie, y cuesta revertir esa idea”.Un camarero acerca agua fría y vasos para el grupo de pensionistas. Se llama Harry Spassoulo, es búlgaro y lleva 10 años instalado en Móra. “Es difícil encontrar trabajo aquí. Hay lista de espera para entrar en la nuclear”. Sobre la gigafactoría, desliza sus recelos: “Se habla mucho de la pasta que van a invertir y de la gente que se puede contratar, pero una cosa es lo que se diga y otra lo que acabe pasando”. El grupo de clientes eleva el tono de voz para hacer una afirmación que es recurrente en varias comarcas del sur catalán: “Esto es Tarragona, el culo de Cataluña. Aquí nos metieron las nucleares, las químicas, los molinos de viento y hasta vertederos”. “Se tiene esa idea porque durante años esta ha sido una zona que ha aportado sus recursos para el resto de Cataluña, sin que eso redundara en un beneficio propio”, analiza el alcalde, que se presentó bajo las siglas de ERC. “Yo tengo un sentimiento comarcal potente y no me vale que esta gigafactoría sirva para que Móra saque partido cobrando el Impuesto de Actividades Económicas pero que, dentro de 20 años, nuestros municipios vecinos estén igual o peor que ahora”. El proyecto de hub de inteligencia artificial tiene la sede social en el polígono industrial El Molló, un inhóspito puñado de calles que se urbanizó sobre 30 hectáreas a las afueras del municipio hace 24 años, pero donde no se ha instalado ninguna empresa.Alba Giné es la directora de la escuela infantil de Móra la Nova, donde está al cargo de 33 alumnos. “Quiero pensar que, si se ha anunciado esta inversión por parte del Gobierno, ayudará a que Móra gane la gigafactoría. Y esto será muy importante para el pueblo, porque es una lástima que gente bien preparada se tenga que marchar”, dice. Meritxell Martínez regenta un centro de pilates en la calle principal del municipio. “De la gente de mi quinta en el colegio, apenas queda nadie en el pueblo. Solo te los cruzas por fiesta mayor o algún fin de semana”, explica. Por eso, de entrada, recibió como “una buena noticia” la elección de Móra como sede de la gigafactoría, pero reconoce que también han aflorado inquietudes: “Si es verdad, como dicen, que una instalación de estas consume tanta agua, pues me parece una animalada”. Colectivos ecologistas han empezado a mostrar su rechazo al proyecto por la posibilidad de que crezca la demanda de recursos para alimentar y refrigerar los procesadores. En el caso del agua, se advierte de que equivale al consumo de 20.000 hogares, y la potencia de más de 150.000 casas en la electricidad. El alcalde defiende que, con la concesión de agua que en su día se reservó para el polígono industrial, bastará para alimentar la factoría. “Los jóvenes que se van a estudiar fuera ya no vuelven. Esto es lo que tenemos que cambiar”, defiende.Hubo un tiempo en que Móra la Nova era un punto de paso estratégico de la conexión ferroviaria entre Barcelona, Zaragoza y Madrid porque servía de enclave de relevo de maquinistas y de taller de mantenimiento para los vagones. De sus 3.000 vecinos, 1.000 estaban empleados en labores ferroviarias. Cien años después, de aquello solo queda un museo y una maltrecha línea, la R15, que acumula más del 20% de retrasos e incidencias que sufre la red de Rodalies. El ferrocarril ya no sirve a los vecinos, ni para encontrar empleo ni para llegar puntual a ningún lado. Móra se quiere agarrar ahora a la inteligencia artificial para no perder otro tren.