Una mosca rebota en el vidrio buscando la salida, angustiada, según la proyección antropomórfica del narrador. Semejante apertura, original, desconcertante como esos planos detalle de Vince Gilligan en Better Call Saul, es todo un preámbulo digno de atención a las siguientes ciento ochenta páginas narradas por una voz austera y quirúrgica: “Me aparté de todo el mundo y todo el mundo se apartó de mí”, dice Carlos –protagonista de Cuaderno inglés– acaso alter ego del autor Daniel Morales, quien –como su personaje central– es español, vive en un barrio londinense y alguna vez también asistió a personas ancianas.La desventura doméstica inicial –una invasión de moscas– empeora, cobra dimensión escatológica y altera la vida tranquila de Carlos en su precario cuarto alquilado. El episodio lo convierte en escribiente. Lo inspira para llevar un registro testimonial durante una semana, para contar la forma de supervivencia emocional y material que construyó a su medida, sin omitir adversidades consignadas al detalle. De a ratos son más cómicas que trágicas, aunque la letra no apueste a la comicidad.En esta, su tercera novela, Morales pone en juego una transparencia narrativa particularísima; la sencillez de su prosa es tan auténtica como si en ella no hubiese voluntad literaria. La voz de Carlos se nos acerca, con el correr del relato, hasta la máxima intimidad que puede dar una página; hasta parecerse, por ejemplo, a la voz de un amigo en trance de verdad absoluta; a alguien diciendo de sí mismo aquello que sólo se revela por carta, desde el extranjero: no porque el pudor dificulte hacerlo oralmente, sino porque su vivencia carga algo que solo resulta asible, codificable, en la operación lectora, mediante el logos.Los de Carlos son –parafraseando a Leopoldo Marechal– días como flechas: en ellos, en simultáneo con su vulnerabilidad, con su intemperie esencial, él acierta, impacta mediante hallazgos sutiles y enormes, quizás fruto de un estado de transición constante: “Uno imagina cosas que sabe perfectamente disparatadas, y pese a todo se deja aterrar por ellas”.La austera cotidianidad del cuidador hilvana jornadas gratas, según su propia apreciación, y de las otras: punzantes, apocalipsis ínfimos con carácter fabulesco de épicas miniaturas, batallas contra zánganos, combate cuerpo a cuerpo por descuentos en el supermercado, disquisiciones con pacientes adorables, con pacientes deslumbrantes, con pacientes locos y furiosos que lo amenazan. Su periplo laboral atraviesa vidas ajadas, vidas misteriosas, vidas inmigrantes, vidas de soledad infinita y paralela a la suya. Vidas, todas, incluyendo la propia, aventureras de un modo discreto y profundo.Este Cuaderno inglés, manuscrito por el buen Carlos en su cuartucho de Bromley Common, al sur de Londres, es el de alguien que, tras cierto tiempo de habitar fuera de su país, deviene esa clase de extranjero ducho en la adversidad que desarrolla un repertorio de recursos afilados, de astucias menores para la supervivencia. Un diario personal, redactado en la brevedad urgente, en modo relámpago, con la fuerza de esa luz que congela en segundos una existencia entera.El texto irradia la inspiración beatífica con que Carlos aborda y narra el cuidado de personas achacosas, discapacitadas, en el acantilado de la salud o la razón. En todos los casos, hombres y mujeres que lo necesitan puntualmente a él y no a otro. En esa sintonía fluye cada día de su trabajo, consagrado con devoción monástica y mundanamente imperfecta a los otros, a los débiles, a los que están al borde del desamparo.El cuaderno como tal no dispone capítulos, epígrafes, notas al pie: ningún recurso bibliográfico. Logra en esa linealidad –fruto evidente del oficio y el don, mucho más que de cualquier frescura casual– la potencia acertada que no se alcanza apelando al brillo. Morales es vertebral e hipnótico; consigue lo necesario y lo inesperado sin alardear, disimulada y fluidamente como un solista de jazz lento, leve, de genial disimulo.Cuaderno inglés es, quizás involuntariamente, un libro sobre leer y escribir. Fértil, seductor para quien navega la lectoescritura como dimensión y sustancia. Porque su autor es, en esencia, un lector fanático, obsesivo.Lo revela en su modo de montar y desmontar, de armar y desarmar la ficción con la prioridad empática de una sencillez que esconde el fantasma de la interlínea, la contundencia del silencio. Su factura expone la propensión instintiva que mueve a convertir los hechos en representación; a invocar presencias pretéritas, deseos, posibilidades, sin nombrarlos.Las consideraciones de quien narra permiten, a su vez, imaginarlo como un varón frágil pero ferozmente irónico. Su humor inteligente es el de los tímidos y tristes: es el humor de los melancólicos Beautiful Losers, aquella categoría acuñada por el cantautor y poeta Leonard Cohen, bien retomada a su vez por Lou Reed o el local Luca Prodan, entre otros.“¿Es que hay acaso vidas buenas o malas y no simplemente vidas bien o mal contadas? Basta con narrarla desde el ángulo adecuado para que cualquier vida adquiera cierto lustre”, define Carlos al promediar su cuaderno. Palabras que nos llevan a exaltar la nota cervantina del libro, porque su propia vida oscila entre la de un Quijote y un Alonso Quijano; un supralector.Es decir, la vida de quien, ante todo, lee. Y, por tanto, el mundo exterior –lo social, el cuerpo, la materia física– es una segunda instancia de la experiencia humana, casi menor, desde luego, no la primera.Cuaderno inglés, Daniel Morales. Alfaguara / Clarín,192 págs.