Con la salida a bolsa de SpaceX, Elon Musk se convirtió en el primer billonario de la historia, aunque debo de admitir que me gusta más el término que usan en Estados Unidos: trillonario (y es el que voy a usar en este artículo).

La noticia detonó una avalancha de críticas. Para muchos políticos y comentaristas de izquierda, la existencia de un trillonario es prueba de que algo está mal. Elizabeth Warren, una de las figuras más prominentes del ala progresista del Partido Demócrata, afirmó que cada billonario es una falla de política pública.

Yo opino lo contrario, al menos cuando se trata de emprendedores como Musk, que han construido su fortuna creando productos, empresas e industrias enteras que antes no existían. Lejos de ser una falla del sistema, su historia es un ejemplo extraordinario de creación de riqueza y movilidad social. Después de cofundar y vender PayPal, Musk apostó todo su patrimonio en una serie de proyectos que muchos consideraban imposibles.

Está el caso de Tesla. Fue Musk quien demostró que los coches eléctricos pueden ser populares y rentables. Pocas personas han hecho tanto por acelerar la transición hacia el transporte limpio, por lo que me resulta curioso que muchos de sus críticos más recalcitrantes, que suelen identificarse como defensores del medio ambiente, rara vez le reconozcan esta aportación. Y Tesla no se ha quedado ahí. La empresa apuesta ahora por vehículos autónomos y robots humanoides, dos tecnologías con el potencial de transformar la economía entera.