Cuba está a las puertas del verano y, por momentos, sus habitantes parecen encontrar algo de consuelo en los partidos de la recién iniciada Copa Mundial de Fútbol 2026, en medio de una cotidianidad marcada por el aumento de las temperaturas, los apagones y el alto costo de la vida. Desde enero, la isla vive una presión inédita por parte del gobierno de Donald Trump, que busca un cambio de régimen en el país caribeño, primero con un bloqueo energético y luego con un recrudecimiento de las sanciones que ha provocado la huida de decenas de empresas extranjeras, la paralización de la economía y un deterioro aún mayor de las condiciones de vida de los ciudadanos.Pero la pasión futbolera de los cubanos no ha sido mermada por el actual contexto de crisis y la prueba de ello está en aquellos que buscan acceder a la transmisiones del Mundial por cualquier vía. Ya sea a través de los partidos transmitidos por el canal deportivo oficialista Tele Rebelde ―se requiere electricidad para poder sintonizarlos―, a través de YouTube y otros canales alternativos, o cualquiera de los muchos locales privados que se han sumado a la ola mundialista, donde han encontrado un filón para hacer caja.En una ciudad como La Habana, donde el servicio eléctrico funciona pocas horas al día ―en otras provincias pueden estar hasta 48 horas sin luz―, las que separan una larga jornada sin electricidad de la siguiente, tener acceso a la transmisión de un partido de fútbol es un placer costoso, en un lugar donde la gente apenas puede cocinar ni lavar la ropa por los apagones. Para el fútbol, hay que tener una fuente alternativa de energía para verlo en casa o pagar altos costes de traslado y consumo en un local privado, en un país donde el salario medio está cifrado en alrededor de 6.000 pesos (menos de 10 dólares en el mercado informal actual) y una entrada a estos espacios ronda los 600 CUP y una botella de agua, los 500 CUP. Por eso lo que se vive estos días en algunas esquinas de la populosa avenida 23 del Vedado habanero resulta un buen retrato de cómo los cubanos se aferra a una pasión para sobrellevar la situación en la isla.Justo en la céntrica esquina de 23 y 12 pareciera que La Habana quiere ser sede del Mundial que transcurre entre México, Canadá y Estados Unidos. Una amplia lona con el logo de la FIFA cuelga entre dos palmas de un parque donde algunos timbiriches venden desde la camiseta del 10 de Argentina y otras selecciones como la española, hasta almanaques, juegos de mesa, bebidas y snacks. Mientras empieza a caer la tarde y el noruego Erling Haaland conecta el primer gol contra Irak, llama la atención un bar que proyecta el partido en varias pantallas visibles desde la avenida. Un grupo de personas se congrega fuera del establecimiento, pendiente al encuentro entre las selecciones de Noruega e Irak. Dentro del local, apenas está ocupada una mesa, ante las caras largas de los camareros. “El plan alternativo es el apagón”, dice recostado a un poste, Alberto Duverger (57 años), un vecino de la zona, vestido con camiseta de tirantes blanca, short y chanclas. Apenas anda con las llaves de casa en la mano y cuenta que antes se había emocionado en esa misma esquina viendo el doblete de Mbappé en el duelo Francia- Senegal. “Las horas de electricidad que me tocaban hoy fueron a primera hora del día y ya no hay más servicio eléctrico hasta mañana, a menos que ocurra un milagro. Por lo menos, viendo los partidos me olvido un rato de todo lo que no tengo”, asegura el hombre que luego caminará a lo largo de toda la avenida 23, hasta la famosa esquina de Coppelia, donde “han puesto un televisor en la entrada del cine Yara para ver los partidos”.Auge del fútbolCae la noche en La Habana y cuando el árbitro pita el inicio del partido Argentina-Argelia, Cuba es un país prácticamente a oscuras, salvo esos lugares, casas y establecimientos que pueden procurarse la energía eléctrica o el gobierno la garantiza, según sus prioridades en la disponibilidad. Pero eso poco importa, en ese momento, para quienes están pegados a la pantalla ubicada a la entrada del cine Yara. Tal vez, unas 200 personas, de pie, sentadas en la acera o en un muro aledaño. Algunos sabían a lo que iban, otros, simplemente, pasaban por ahí y se quedaron hasta el final del partido. Algunos llevaban puesta la camiseta de Messi, otros con la de la selección española, incluso uno con la del Madrid.Y allí, con cada gol de Messi ―“¡hack-trick!”, corearon algunos―, en un partido que supuso una reafirmación de la leyenda del astro argentino, la esquina de la avenida 23 rugía, en medio de la oscuridad circundante, como si se tratase del Obelisco de Buenos Aires. “¡Leo es un tanque!”, “¡Qué bonito, coño!”, “¡Ese [Messi] es el mío!”, vociferaba indistintamente aquella masa que, sin perder atención a lo que ocurría en la pantalla, discutía sobre fútbol en un gesto tan democrático, habitual en Cuba cuando se trata de hablar de deporte.“El fútbol permite la ilusión, leve y transitoria, de formar parte de un colectivo”, escribió en este diario el escritor Juan Villoro, hace unos días, refiriéndose al sentido de pertenecía que provoca un fenómeno global como lo es el fútbol. Y en esa esquina habanera, como en otros espacios de la ciudad, era posible constatarlo: decenas y hasta cientos de personas haciendo un amago de olvido de sus problemas para vibrar juntos, conversar, acompañarse en un momento como es el disfrute de un partido de fútbol, sin que su país, Cuba, si quiera compita en el certamen.De hecho, un equipo cubano nunca ha clasificado para un Mundial. Solo en 1938 Cuba intervino en el tercer mundial de fútbol en calidad de país invitado y llegó hasta cuartos de final, donde cayó contra Suecia (8-0). Aún así, para el periodista David Stirliz, quien dirige y conduce el podcast La Terraza, enfocado en el seguimiento de atletas cubanos en cualquier disciplina, ve el auge del fútbol entre las preferencias de un país históricamente amante del béisbol, fruto de la globalización y el desarrollo internacional de este deporte. “El fútbol ganó fuerzo en Cuba y en el mundo porque nuestra generación vio a Cristiano, Messi, vio la rivalidad de Real Madrid y Barcelona, que convirtieron el deporte en algo muy global. Hemos podido sintonizar a los mejores todo el tiempo”, algo a lo que contribuyó mucho Internet.Stirliz, quien lleva puesta una camiseta del Real Madrid mientras transcurre el duelo Argentina-Argelia, asegura que fue a partir del 2006 cuando se produce un mayor consumo del fútbol en Cuba, paralelo al último gran resultado del béisbol nacional en un Clásico Mundial ―aunque en 2023 llegaron a semifinales, cayendo en un partido contra Estados Unidos― y el deterioro progresivo de la calidad de ese deporte en el país caribeño, así como una espacie de “ruptura generacional”, donde los más jóvenes se sienten más estimulados por la industria del fútbol. “Imagínate cuánto, si en este país es más fácil conseguir una camiseta de fútbol de cualquiera de las 48 selecciones que compiten en el Mundial que una camiseta de béisbol del equipo nacional”.