Con la aparición de pintadas en establecimientos escolares donde se anunciaban tiroteos con fechas precisas alteraron las dinámicas escolares pero también, el modo de acercarse a la escuela, a partir de las amenazas. Estos hechos se deben entender partiendo del punto de inflexión que significó el episodio de San Cristóbal (Santa Fe), donde un estudiante de 15 años disparó contra sus compañeros, asesinando a uno de 13 años e hiriendo a otros. Estas manifestaciones —en baños, paredes, redes— han puesto en vilo a la educación. Pero reducirlas a un fenómeno escolar o un desafío viral o un mero acto juvenil es pretender encorsetar una problemática social. Esta violencia en la escuela se apoya en una historia de agravios sobre el trabajo docente, la caída salarial, la pauperización del estudiantado y sus familias; es decir, que las paredes gritan una amenaza al espacio escolar, que viene siendo dañado desde diversos ángulos. Se convoca al diálogo en un contexto donde los estudiantes ingresan con armas, donde docentes son agredidos por familias, donde el propio Estado incentiva la denuncia y la sospecha"

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