Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Ayer me enteré de que, al salir del puesto de votación en el Consulado de Colombia en Londres, una mujer fue agredida por un grupo favorable al candidato que posa de cristiano, patriota y tigre. Con odio le gritaron “¡Guerrillera!”. Quienes la denigraron de esa manera no la conocen. Yo sí. Se trata de una sexagenaria, madre de familia. Camina con dificultad porque la vida pesa, pero siempre con la frente en alto. Salió de Colombia durante la apoteosis de esa guerra sucia que los votantes del personaje antes referido consideran una causa buena y justa. Salió, como tantos de nosotros, más por la fuerza de las circunstancias que por libre decisión propia, aunque ella no lo ve así porque no gusta del lenguaje que revictimiza y porque piensa que otros han sufrido más que ella. Es una mujer admirable, como tantas mujeres colombianas. Sobrevivió al abuso y la violencia doméstica, resistió a la atmósfera tóxica, al machismo de nuestras familias y el racismo que se normaliza y esconde entre las personas “de bien”. Ese que no estamos dispuestos a reconocer en Colombia. Lejos de ceder ante el resentimiento, ella y su pareja, un hombre generoso y respetuoso, han sacado adelante una maravillosa familia. Quizás sea su experiencia de abuso y violencia contra las mujeres la que motiva su desconfianza por personajes como el referido más arriba, cuya falta de respeto por ellas y por quienes no consideramos la violencia una causa buena y justa hemos visto repetirse una y otra vez ante los micrófonos y las cámaras. ¿Creen que eso los hace ver más fuertes, o dan por supuesto que la supervivencia del más fuerte es una ley aplicable también a la naturaleza humana? ¿Es por eso por lo que se autodenomina tigre? Hemos visto una fotografía suya, rodeado del grupo de los poderosos deshonestos de siempre que lo apoyan. En ella aparece su esposa no sentada a la mesa sino de pie, sirviendo a los comensales. No es un detalle accidental. Hace parte de la puesta en escena. Y no es una ley cristiana ni mucho menos una ley de la naturaleza. No es fortaleza, sino debilidad y pose. Es una pose contagiosa. Una máscara que otros pueden ponerse para esconder de sí mismos y de otros sus prejuicios, sus debilidades, sus insatisfacciones, su dolor y sus heridas que, íntimas e irresueltas, han dejado un vacío que intenta llenar el deseo de imitación y el goce con el sufrimiento de otros supuestamente más débiles, indignos y sin mérito. Llamemos a este fenómeno el fascismo nuestro de cada día. Del que cabe hablar en Colombia para evitar las equivalencias falsas con los de otros lugares y otras épocas, y para prepararnos a enfrentar lo que viene si es electo el pretendiente a Bukele, el alfamacho de pose sin principio ético alguno, un oportunista disfrazado de cristiano que invita a destripar a los opositores, a nuestros familiares, contradictores o amigos. Los fascismos de antes no son como el de ahora, pero leemos esa historia y contamos historias para entender un poco mejor nuestra actual circunstancia. Cuentan que en la Italia de los cuarenta solían decir que quien era inteligente y fascista era deshonesto; quien era honesto y fascista era poco inteligente; y si alguien era inteligente y honesto entonces no sería un fascista. Seamos honestos, como Claudia López. Tiene razón al advertir lo que viene: los nuestros de cada día ya no necesitan a las FARC como excusa para descalificar a los opositores como guerrilleros, lo que de inmediato los condena. Opositor=guerrillero=plomo. Es la historia de la madre de familia violentada en el consulado porque expresa su disgusto con el impostado alfamacho. Lo que leemos en redes estos días, como cuando alguien que cree conocerme me manda a callar porque llevo muchos años viviendo fuera y entonces, supone, desconozco la Colombia contemporánea. Además “lo suyo siempre fue la literatura, no la historia”. No sabe cómo ni las razones y sinrazones que motivaron esa salida, pero juzga, y al hacerlo condena, y lo peor es que quizás ni siquiera sabe que no sabe. ¿Se trata de deshonestidad o ignorancia? ¿Ambas? Seamos honestos. Lo que se viene si gana el wannabe Bukele es plomo, y habrá quienes disfruten por ello. A los opositores que no maten, o para no convertirlos en mártires, les inventarán un lawfare bajo la ley y la bandera estadounidense a la que ha jurado lealtad el disfrazado de patriota por encima de la soberanía y la bandera colombiana cuyos colores apropia y abusa, como abusa del lenguaje, como irrespeta a otros y a otras. Seamos inteligentes: ante esa posibilidad tan aterradora no cabe hacerse a un lado. En estas circunstancias el voto en blanco no es efectivo, y poco importa si nos deja la conciencia algo menos intranquila porque ninguno nos convencía, si el resultado es que el deshonesto que ignora lo que ignora y espeta odio se hace al poder de la coerción del Estado. Cuando nuestras hijas e hijos salgan a la calle a protestar porque las medidas que tome son ineficaces o incompetentes, les espera plomo. Lo sabemos porque ya lo dijo. Lo sabemos porque ya ocurrió. Entonces, seamos inteligentes y honestos: las opciones no son iguales, existe una mejor alternativa. Cuando a Iván Cepeda los de siempre le mataron a su padre, en vez de irse al monte o armar un grupo paramilitar dedicó su vida a trabajar por la paz, en democracia, contra la violencia, y ha demostrado que sabe escuchar mejor que otros, sin reaccionar ni gritar. No es solo su caso. Es el otro camino para la política colombiana: renunciar a esa corriente extrema de la historia nuestra y de las Américas que produce a los Ríos Montt, los Hegseth, los Mancuso y a quienes los defienden. Esa corriente corre a través de nuestra historia, nuestros medios y universidades, nuestros partidos y nuestras familias. Está marcada por la presunción del derecho a usar la violencia y una presunción concurrente de justeza e inocencia frente a un comunismo realmente inexistente, en algunos casos acompañada de un goce al “ganar” por encima de quienes sufren. Es el fascismo nuestro de cada día. Votaremos por Cepeda para evitar que alcance a nuestros hijos e hijas.👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global! 📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.comConoce más