A finales de los años cincuenta —en verdad durante casi todo el siglo XX—, el fútbol solía ser ignorado por los medios de comunicación de Estados Unidos. Menospreciado como un hobby de inmigrantes latinos, debía ocurrir un suceso extraordinario para que ese entretenimiento alejado del interés general ocupara un espacio en la prensa, la clase de anomalía —un cometa Halley del deporte— por la que un portal de España o de América Latina llevaría a informar en la actualidad sobre un ídolo asiático de críquet. Y sin embargo, en junio de 1957, la revista Time le dedicó un generoso despliegue a una noticia de soccer surgida en los tobillos del continente: la transferencia de un futbolista bonaerense a un club de Europa. “La República Argentina, caracterizada como gran exportadora de cereales, se ha convertido ahora en exportadora de futbolistas. Enrique Omar Sívori, de 21 años, de cuna humilde, jugador de River Plate de Buenos Aires, ha sido transferido a la Juventus de Italia por la cifra más alta que se haya pagado nunca en este tipo de transacción”, publicó Time, que entonces vendía dos millones de ejemplares por semana.Casi 70 años después de aquella primera referencia en Estados Unidos a Argentina como república exportadora de trigo, maíz y futbolistas —Alfredo Di Stéfano, también surgido de River Plate, había llegado al Real Madrid cuatro años antes, aunque procedente de Millonarios de Colombia—, Lionel Messi y sus gregarios llegan al Mundial 2026 para cumplir una misión digna de la NASA del fútbol: alunizar en un planeta que ninguna selección pisa desde aquellos tiempos, el de ganar dos mundiales consecutivos, una hazaña que consiguió por última vez el Brasil de Pelé y Garrincha en Suecia 1958 y Chile 1962. Tras su victoria en Qatar 2022, el equipo de Lionel Scaloni intentará retener el título con una receta que no parece tener fecha de vencimiento: el fútbol argentino se nutre de su tradicional fábrica de jugadores, una chimenea de la que emanan talentos de, especialmente, dos geografías diferentes. La Albiceleste suele ser, y volverá a serlo en Estados Unidos, un cóctel complementario entre los muchachos nacidos en la capital del país y su periferia —el Área Metropolitana de Buenos Aires, el AMBA, un monstruo urbano que reúne a 16 millones de habitantes, un tercio de la población del país—, con los cracks surgidos en las interminables llanuras del interior, mayoritariamente de las provincias de Santa Fe y Córdoba.Así como Di Stéfano fue un genuino producto del AMBA, como más tarde lo serían Diego Maradona, Sergio Kun Agüero y Carlos Tevez, representantes —entre muchos otros— de un juego callejero en el que el fútbol suele ser una vía de escape para la pobreza de los barrios periféricos de Buenos Aires, Sívori era de San Nicolás, una localidad de la región pampeana a pocos kilómetros de la ciudad santafesina de Rosario, a su vez la cuna de Messi y Ángel Di María y corazón simbólico de la llamada cuenca lechera, una zona de tambos, empresas lácteas y ganadería que continúa hacia el resto de Santa Fe y Córdoba, hogar de múltiples campeones como Mario Kempes, Jorge Valdano, Pablo Aimar y Oscar Ruggeri.También en el Mundial 2026, la selección de Lionel Scaloni será, —más allá de algún aporte del norte del país, como el tucumano Exequiel Palacios, y de la Patagonia, como el neuquino Marcos Acuña— ese combo formado por jugadores de dos polos complementarios. Por un lado, el conurbano de Buenos Aires, zona de vidas difíciles y canchas de cemento en clubes de barrios, donde se forjaron, entre otros, Enzo Fernández, Nicolás Otamendi, Rodrigo De Paul y Leandro Paredes. Y por el otro, jugadores salidos de las provincias más pujantes del país, la prosperidad de los campos de Santa Fe y Córdoba, el corazón agroexportador del país con múltiples potreros, campitos, plazas e infancias de mejor alimentación, cuna de Messi, Julián Álvarez y Cristian Romero, Cuti, otros jugadores que estarán en Estados Unidos. El maridaje no es menor: un dueto de personalidad y técnica, de bravura y habilidad, de supervivencia y talento.Si los chicos y chicas del llamado Interior se forman en canchas de césped o tierra, en el gran Buenos Aires la pelota empieza a rodar sobre baldosas, pista o cemento, la superficie del baby fútbol, una especie de futsal formativo para niños que, ya cerca de los 10 años, pasan a los campos de juego para adultos. Protegidos en miles de humildes clubes de barrio, asociaciones civiles sin fines de lucro, los jóvenes dan su primer paso formal hacia una pelota y sus derivados: la picardía, pasar la pelota, pisarla, esconderla, enfrentar un contexto adverso. El principal municipio de la periferia bonaerense es La Matanza, con la mitad de las calles de tierra, la mitad de asfalto y más del 40% de su población por fuera de la red cloacal, casi una Argentina dentro de Argentina. Referencia de la clase obrera y distrito con mayor densidad poblacional del país, en La Matanza nació Gonzalo Montiel, autor del penal que decidió la final contra Francia en Qatar 2022: de joven, antes de sumarse a River Plate, el defensor había aprendido a ejecutarlos en campeonatos suburbanos por dinero.Los pueblos y las ciudades medianas de Santa Fe y Córdoba, más desahogadas en lo económico, configuran además una zona productora de entrenadores, también en el cuerpo técnico de Scaloni, orgullo local de la santafesina Pujato. Mientras sus ayudantes Wálter Samuel y Matías Manna son de Firmat y San Vicente (de la misma provincia), Aimar es de Río Cuarto (Córdoba), y Roberto Ayala, de la vecina Entre Ríos. Desde 2015 hasta la actualidad, la selección argentina fue dirigida exclusivamente por entrenadores de la zona: Gerardo Martino —de Rosario—, Edgardo Bauza —de Granadero Baigorria, a 10 kilómetros—, Jorge Sampaoli —de Casilda, a 50 kilómetros— y Scaloni, de Pujato, a 25 kilómetros de Rosario, también la tierra de César Luis Menotti —campeón con Argentina en 1978— y Marcelo Bielsa, que dirigirá a Uruguay en este Mundial. De Murphy, también en el sur de Santa Fe, es Mauricio Pochettino, al frente de la selección de Estados Unidos.Hay muy poco recambio en el campo con respecto a Qatar 2022, salvo la salida de Ángel Di María, que sigue activo en Rosario Central a sus 38 años, pero renunció a la selección. Argentina acude a Estados Unidos con la misma base del plantel campeón del mundo, una apuesta de Scaloni que abre una ambivalencia: así como queda ratificada la confianza del entrenador en los muchachos que ya transitaron el camino al título, también confirma que muy pocos jóvenes se ganaron un lugar en los últimos cuatro años, lapso en el que Argentina terminó primera en las eliminatorias por delante de Brasil y repitió triunfo en la Copa América: a la ganada en 2021 en el Maracaná le sumó la de 2024, también en Estados Unidos.En el comienzo del siglo XXI, cuatro de las seis selecciones que debían defender su trono tropezaron en primera rueda: le pasó a Francia en 2002, a Italia en 2010, a España en 2014 y a Alemania en 2018. Es cierto, también, que Francia estuvo en Qatar 2022 a punto de actualizar la hazaña que Brasil retiene desde el fútbol en blanco y negro, pero se lo impidió la Argentina de los futbolistas criados en el cemento del conurbano y las planicies de Santa Fe y Córdoba, su misma receta para intentar revalidar el título en Norteamérica.