Como a todos los ciudadanos, me bombardean miles de mensajes de las campañas. De la Espriella en todas partes, con camiseta y bandera, con saludo militar, rezando, con su estrategia de marketing impecable y alineada. En cada página de internet, en cada red, en cada artículo que leo está ahí. Con mucha menos frecuencia veo los nuevos mensajes de la campaña de Cepeda diciendo “Me la juego por la vida”. Encuentro además un variopinto esfuerzo de jóvenes de izquierda que hacen su propia campaña. Me detengo en la carta que escribe una de ellas a su familiar de derecha. Me conmueve leerla. Muchos jóvenes están escribiendo cartas para remendar relaciones en este país fracturado. Me pregunto si ese esfuerzo alcanzará para torcer las cifras y los pronósticos de todas las encuestas y sondeos que le dan el triunfo a Abelardo de la Espriella. Las mismas encuestas pronosticaban que el candidato de izquierda Iván Cepeda pasaría a segunda vuelta después de ganar en la primera. No fue así y en la campaña del candidato de Gobierno se aferran a que el pronóstico falle otra vez, aunque las cuentas no dan en los análisis crudos. Aún así, o tal vez por eso, miles de jóvenes de izquierda se han tomado calles y redes para desafiar los pronósticos y tratar de corregir los problemas de una campaña errática que se enfrenta a otra milimétricamente producida. Hay jóvenes de izquierda y de derecha, por supuesto, las estadísticas muestran incluso que, contrario a la tradición, tiende a aumentar el número de quienes se acercan a ideas más conservadoras, pero el progresismo aún es mayoritario en edades tempranas, así como la derecha es más fuerte en los mayores. Las campañas son distintas en todo. Además de izquierda y de derecha, tienen candidatos antagónicos en las formas, las personalidades y las historias. Una campaña austera al extremo frente a otra que derrocha miles de millones (ya nos dirá el CNE en algunos años cuántos topes se pasaron), una que se hizo más en las calles y otra que tuvo una fuerte estrategia digital con videos producidos con Inteligencia Artificial. Una que rechazó apoyos de algunos líderes políticos de dudosa conducta y se cerró también a apoyos necesarios y otra que recibió a todos sin asco por la puerta de atrás sin mostrarlos en la foto. Pasada la primera vuelta, la campaña de Cepeda intentó dar un vuelco para llegar a los votantes esquivos de clase media, de centro y urbanos. Fortaleció presencia en redes, salió a atender a los medios y mandó mensajes de unidad. Los errores cometidos son graves y ya muy comentados: la demora en reconocer los resultados y en desmontarse de la idea de una constituyente, la falta de claridad en sus llamados al centro y en su política de seguridad, insistir en el fracasado proyecto de paz total, las peleas internas y una larga lista de pasos en falso. Todo eso y además Gustavo Petro… tan presente, tan útil para sumar votos de sus tropas, tan estorboso para bajar los miedos de otros, convertido en lastre en la segunda vuelta y Cepeda gastando energía en convencer a los votantes de que él no es Petro. Mientras la campaña cambia estrategias y se mueve con lentitud pasmosa, hay avalancha de acciones individuales o de pequeños colectivos de jóvenes. En las redes circulan poemas, dibujos, videos sencillos. Jóvenes profesionales o estudiantes universitarios controvierten las propuestas económicas de la campaña de Abelardo y me sorprende escuchar argumentos en una campaña de insultos. Las feministas recuerdan las muchas salidas machistas y misóginas del candidato de derecha. En las calles, cafés y librerías se convocan tertulias y conciertos. Hubo hasta un concurso para buscar al joven más parecido al candidato Cepeda en su juventud. Las K popers llenan de corazones las redes, los músicos componen carrangas y reguetones, hay desfiles y bailes, los expertos explican en publicaciones de Instagram y en videos de Youtube las ideas que le ha costado a la campaña comunicar. Son intentos que lucen descoordinados, que parecen más de corazón que de estrategia. En muchos de ellos hay un sentimiento esquivo en una campaña dominada por la rabia y el miedo: aparece algo de esperanza. La campaña de Abelardo de la Espriella sigue en su ruta de marketing reforzando los símbolos de la religión, la familia tradicional, la patria, la seguridad, la promesa de borrar a la izquierda y hacer milagros. Se hace muy visible José Manuel Restrepo para tratar de calmar temores de centro aunque en el camino el técnico ha tenido que explicar cómo harán realidad tantas propuestas. Es en todo caso una campaña bien diseñada que fabricó un producto y lo vende bien, una campaña a la que ha ayudado mucho un presidente pendenciero, con problemas de gerencia y excluyente que unificó a la izquierda y contribuyó a dividir al país hasta la médula. Los pronósticos favorecen a De la Espriella, pero todavía hay votos por conquistar: los tres millones de los que no pasaron a segunda. Algunos ya se definieron, otros siguen indecisos o definidos por el voto en blanco. En las urnas eso puede cambiar. Hay además millones que no votaron y si deciden hacerlo podrían cambiar la balanza o confirmar los pronósticos… difícil saber. Las maquinarias se van a aceitar porque cada voto va a contar. Me pregunto si en esa frenética carrera los jóvenes de izquierda que temen a un gobierno autoritario podrán dar un empujón significativo a una campaña golpeada y mal manejada. Sin importar quién gane, el 22 de junio la mitad de los votantes se levantarán frustrados y con rabia. Habrá que tramitar esas emociones, pero este país sabe resistir y lo hará, como suele hacerlo, a pesar de sus líderes. En el final de la carta que escribe esa joven a su familiar de derecha dice: “Para poder jugar bonito, te invito a que me dejes de tener miedo. Yo no quiero quitarte nada. Solo quiero que todas quepamos, para que no nos matemos más”.