Acaba de cerrar otro Festival de Cannes, pero María Guerra (Madrid, 1965) sigue tan enamorada de su profesión como el primer día. Tras más de tres décadas al pie del cañón, cubriendo los certámenes más prestigiosos del mundo y consolidándose como una de las voces de referencia de la crítica cinematográfica en España —desde sus inicios en la Cadena SER hasta el éxito actual de su pódcast La Script—, la periodista y presidenta de la AICE (Asociación de Informadores Cinematográficos de España) acaba de vivir en la Croisette hitos como el éxito de La bola negra. Un no parar profesional que afronta con una energía inagotable y con la lucidez que solo otorga el tiempo. “La experiencia te facilita las cosas y te dice cómo hay que hacerlas. También te da un instinto en el que tienes que confiar”, asevera con la calma de haber aprendido a sortear las trampas del ego y las tensiones del oficio.Perteneciente a una generación “bisagra” de mujeres que abrieron camino en las aulas y las redacciones, Guerra combate la invisibilidad y los mandatos sociales desde el micrófono y también desde las tablas, donde triunfa junto a Mariola Cubells con el show pop feminista Señoras y señoras. Para ella, el paso de los años no es un repliegue, sino una conquista del espacio público que las nacidas en los 60 apenas empiezan a relatar. “A los cuarenta y tantos te empiezas a dar cuenta de la mirada del otro. En ese momento tú eres la señora, y es cuando tienes que decir: ‘Sí, soy la señora, pero además soy la periodista que tiene 20 años de experiencia’”, reflexiona, defendiendo el término como un emblema de credibilidad y poder frente a los juicios condescendientes o la obsesión de Hollywood por el rejuvenecimiento artificial.Consciente de los vertiginosos cambios tecnológicos que han barrido a muchos de sus contemporáneos, la ganadora del Premio de Comunicación Alfonso Sánchez de la Academia de Cine en 2025 atribuye su vigencia a una mente flexible y a su excelente alianza con el talento joven. Hoy mira el espejo con aceptación, relativiza las exigencias de aprobación que imponen las redes sociales y confiesa que ya no le asusta el juicio ajeno. Si pudiera viajar al pasado y sentarse con aquella joven que en 1992 terminaba su máster de periodismo, tiene claro que no habría consejos capaces de mitigar la intensidad del debut, pero sí una vieja lección pendiente: “Lo más deseable es ser responsable, intentar hacer bien tu trabajo, no olvidarte de los demás… y la levedad”.Lleva décadas cubriendo los festivales internacionales más importantes del mundo. ¿Cómo ha cambiado su ritual de autocuidado para seguir al pie del cañón?Mi primera vez en Venecia fue en el 93. En esa época, el reto era sobrevivir a los nervios y al síndrome del impostor. Tenía 27 años y lo cubría para la Cadena SER; en ese momento, el agotamiento era el nervio de “voy a ser capaz”. Era absolutamente mental porque había que sacar titulares de películas grandísimas de Robert Altman, Kieślowski o Scorsese. Ahora el reto es estar centrado y que no se te escape lo importante, y es mucho más fácil porque ya sé lo que es importante. Tengo menos tensión mental, pero más desgaste físico. Victoria Luengo me dijo que cuando hacía teatro se comportaba como una atleta. Yo hago eso en los festivales: me alimento bien, voy andando a todas las partes y duermo lo que tengo que dormir. Nunca he ido a fiestas porque no puedes trabajar. Tengo que estar lúcida porque ahora el reto es estar más afinado y atento. Trabajas todos los días y las películas empiezan a las 8 de la mañana. Hay que estar centrado.En este caso, estaría de acuerdo con que la experiencia es un grado.La experiencia te facilita las cosas y te dice cómo hay que hacerlas. También te da un instinto en el que tienes que confiar. El periodismo, en esta época en la que todo se rebota, es estar y hablar con la persona. Hacer la pregunta, ser la correa de transmisión; ver las películas y hacer la entrevista. En eso ya no tengo nervios.Este año ha asistido al éxito en Cannes de La bola negra, dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi. Cuando uno ya lo ha visto casi todo en la industria, ¿estos triunfos se viven de otra manera?Estos éxitos son maravillosos. Desde el 93 hasta ahora, Cannes ha sido un festival con pocos directores y directoras españolas. Habían ido Pedro Almodóvar, Jaime Rosales, Oliver Laxe o Albert Serra, y los dos últimos entraban casi por la cuota francesa. Este cambio que se está produciendo —con Carla Simón el año pasado, Elena Martín hace tres o Aina Clotet este año— te hacer ser consciente de que estás viviendo momentos estelares.Yo ya sé quién soy y en mi entorno también lo saben; vas a las fiestas a decir “hola” y a felicitar, pero con 60 años ya no vas a que te veanMaría GuerraAsegura que se desmarca de las fiestas que siguen a esos éxitos. ¿Es la madurez un superpoder para protegerse de la impostura de estos entornos?Sobre todo, para protegerse del ego. Yo ya sé quién soy y en mi entorno también lo saben. Vas a decir “hola” y a felicitar porque formas parte de esa comunidad, pero con 60 años ya no vas a que te vean. Saludas amable y educadamente y das la enhorabuena, porque es maravilloso lo que está pasando. Los periodistas somos parte de esa industria y tienes que alegrarte, pero yo tengo el ego bien puesto. Mi trabajo me gusta, intento ser honesta y no quiero que me fichen en ningún lado. Estoy bien como estoy.En 2025, la Academia de Cine le otorgó el Premio de Comunicación Alfonso Sánchez y Forbes la incluyó entre las mujeres más influyentes del audiovisual. ¿Nuestra sociedad está empezando a entender que la influencia y el rigor no caducan con los años?Sobre todo en las mujeres. Esta es una época muy buena porque las mujeres tenemos la suerte de que se nos está reconociendo la experiencia. Generalmente, a las mujeres de 60 se las ve mayores, pero a los hombres se los ve en plenitud. Nosotras formamos parte de la primera generación de universitarias masivas españolas. Mis hermanas, que están jubiladas, son médicos. Somos parte de una generación que ha llegado a muchos lugares, pero que no ha tenido presencia pública. Estamos, pero no hay un reconocimiento o una representación. Ha habido muchísimas mujeres juezas, doctoras o profesoras que no han estado en el imaginario colectivo. El espacio público lo enfocaban ellos sobre sí mismos y ahora estamos recibiendo esa atención, que es maravillosa. Cuando me dieron el premio de la Academia pensé: “Por mí y por todas mis compañeras”. Es maravilloso, y también es triste que generaciones anteriores de mujeres no hayan tenido ese reconocimiento.Forbes incluyó a la periodista entre las mujeres más influyentes del audiovisual.CedidaEntre su tiempo en la SER, Movistar+ y la consolidación de La Script en formato pódcast, ha transitado muchos cambios tecnológicos y generacionales. ¿Cómo se entrena la mente para no caer en el “cualquier tiempo pasado fue mejor”?Tengo muy buena relación con la gente joven. La Cadena SER es un vivero en el que hay muchísima y ha sido un buen lugar para aprender a ver a la gente joven inteligente. Ellos también me han visto a mí y creo que eso ha sido un éxito. En una redacción ves dónde están las personas inteligentes y es muy gozoso que ellos también me hayan visto a mí.Las mismas referencias pueden unir más que tener la misma edad.Claro. También el respeto, cómo nos tratamos. La tecnología ha arrasado a mi generación y, por miedo, yo también dije: “Vamos a hacerlo juntos”. David [Martos], Pepa [Blanes] y yo empezamos en La Script y ellos entienden muy bien lo que es el siglo XXI. Ahora un festival ya no se puede cubrir solamente con las crónicas del día, se tiene que subir inmediatamente lo que ha pasado. Tiene algo que ver con la flexibilidad y yo soy flexible. Sufro mucho con la tecnología, pero pregunto. No hay que decir que el medio es el malo y tengo clarísimo que hay que ocupar espacios. Cualquier brecha es buena para ponerte, porque si no te pones tú se va a poner otra persona. Muchos periodistas clásicos y arrogantes pensaban que no habría un cambio tecnológico tan brutal y les han barrido. Reconocer a los compañeros jóvenes que me reconocieron a mí y trabajar juntos ha sido un buen resultado para ambos.Lee tambiénY la palabra jubilación, ¿qué le suscita?Tengo 60 años y legalmente me jubilaré con 67, en mayo de 2032. En mi casa, mis hijas me dicen: “Mamá, tú no puedes dejar de trabajar”. Como soy freelance, intentaré trabajar menos. Es una cosa que ahora también intento, hacer las cosas que me gustan. Tampoco estoy loca, yo voy con mi cuerpo y procuro hacer lo que me gusta y cobrar más por ello, puesto que tengo más experiencia. Lo que es la trinchera, intentaría no hacerla. No sé hasta cuándo iré a los festivales.Ahora también la vemos en los teatros con el show Señoras y Señoras junto a Mariola Cubells, un homenaje a la generación de mujeres nacida en los años 60.Nos apropiamos del insulto. Yo estoy encantada de ser una señora.¿Cuál cree que ha sido la victoria silenciosa de las mujeres de su quinta?Las mujeres de mi generación todavía estamos por tener esa victoria. La mayor victoria es haber transitado, haber ido a la universidad, haber trabajado y haber estado. El gran reto actual es ocupar el espacio público. Nosotras tenemos que contarnos a nosotras mismas. Las ‘millennials’, por ejemplo, tienen mucha voz. Hablan mucho de sí mismas y eso es maravilloso, pero nuestra generación no se ha contado mucho. Ni siquiera directoras como Isabel Coixet o Icíar Bollaín tienen mucha obra sobre las mujeres de su generación. Mariola y yo decimos: “Vamos a hablar de la menopausia antes de que lo hagan las ‘millennials’”. Creo que hemos llegado bien hasta aquí, pero a oscuras. No nos ha visto ni Dios.El gran reto actual de las mujeres es ocupar el espacio público; tenemos que contarnos a nosotras mismasMaría GuerraSu show se basa en la reapropiación y la dignificación de la palabra “señora”. ¿En qué momento exacto perdió el miedo a que la llamaran así?A los cuarenta y tantos te empiezas a dar cuenta de que hay gente que tiene 20. Empiezas a darte cuenta de la mirada del otro. En ese momento tú eres la señora, y es cuando tienes que decir: “Sí, soy la señora, pero además soy la periodista que tiene 20 años de experiencia”. El problema con el término señora es que se usa como un insulto que quita la credibilidad a las mujeres.¿Por qué no lo vemos como un emblema de poder o madurez?Las mujeres no cuentan y no tienen voz. Es un camino difícil porque yo también tengo muchos compañeros jóvenes que siguen mirando a las señoras de manera despectiva. Posiblemente también miren a sus propias madres de manera despectiva y no se hayan parado a darles la identidad que tienen. Como vivimos en un mundo tremendamente individualista, todo el mundo está mirándose el ombligo. Y las mujeres no tienen voz, de toda la vida. Ahora tenemos la credibilidad, no tenemos el espacio. Hay que conquistarlo a patadas.Hay otro término que se utiliza mucho en redes sociales de forma condescendiente: el concepto de “Charo”. Como analista cultural y periodista, ¿cómo encaja este tipo de etiquetas?Vivimos una involución peligrosísima. Es increíble que la extrema derecha piense que puede opinar cosas absurdas, además desde sus bots y el anonimato cobarde. Y que encima pretendan acallar a una generación. Esto es muy norteamericano, lo de ser ‘opinionated’. Es una sociedad que está aterrorizada por la opinión, que es uno de los problemas que tiene ahora Hollywood. A mí me parece que hay que reapropiarse de ese insulto y decir: “Charo tu madre, que seguro que tiene cosas más interesantes que decir que tú”. Hay que ser beligerante y eso también es aprender de los hombres, que tienen muy claro cuáles son los grupos de poder. El concepto de colectivo lo han aportado las ‘millennials’ y las ‘boomers’ lo tenemos que aprender. Soy superfan de las podcasters ‘millennials’, desde Amiga Date Cuenta a Deforme Semanal. Son mis aliadas, no hay lucha de gatas.En su espectáculo se habla de la soledad elegida, de la maternidad y también de la decisión de no ser madre. Su generación ha arrastrado mandatos sociales muy pesados.Somos una bisagra. Mi madre, que tiene 97 años, es una madre de toda la vida con cinco hijos que no ha hecho otra cosa que esa. Nosotras, mis hermanas y yo, queríamos tener hijos, pero también queríamos trabajar.Acuso a las tecnológicas por crear imágenes de mujeres ultradelgadas y ultrajóvenes; yo quiero que me representen actrices como Emma VilarasauMaría Guerra¿Ha pagado algún precio por defender su propia hoja de ruta vital y profesional?No he dejado de trabajar ni he hecho una baja maternal más allá de cuatro meses. He compartido y he tenido la suerte de tener un padre de mis hijas que también lo ha hecho. Quizá yo tenía un ojo más encima de la gestión de la casa, pero eso forma parte del pasado. Gestionar es agotador y he llegado a hacer compras online desde Cannes porque decía “acabo antes”. Pero no he dejado de trabajar, y siempre he reivindicado el disfrute del trabajo y tener una independencia económica. Las ‘tradwives’, pobrecitas, van a pegarse un tortazo contra la pared. Pero nosotras sí que las vamos a defender a ellas, estaremos allí.Hoy vemos a estrellas de Hollywood de su misma generación atrapadas en una tendencia al rejuvenecimiento extremo y la delgadez máxima. ¿Qué lectura hace de este fenómeno?Creo que Hollywood y las industrias se equivocan, y que las industrias audiovisuales necesitan proyectar y representar mujeres reales. A mí no me representa para nada una persona que está hiperdelgada porque me parece que es poco sano. Somos una generación que habla abiertamente de los trastornos de la conducta alimentaria porque nos afectan como sociedad, pero no se puede hablar del cuerpo. Yo le pido a la industria que las actrices que nos representen a las mujeres de mi generación sean como una mujer que me pueda encontrar en el metro.La periodista es la presentadora del pódcast ‘The Script’. Cedida¿Es un síntoma de una sociedad aterrorizada por el envejecimiento?Por supuesto. El problema está en que las redes sociales han elevado la exigencia y la vigilancia. De la misma manera que producen dependencia, han producido dismorfia y enfermedades. Acuso a las tecnológicas por crear imágenes de mujeres ultradelgadas y ultrajóvenes, por crear mentiras dañinas para la salud. Yo quiero que me representen actrices como Emma Vilarasau. Quiero caras normales y reales, porque yo tengo 60 años y mi madre 97. ¿Qué hago? ¿Me meto en una tumba ya? Pues no.¿Cómo se lleva con el espejo?Como decía Nora Ephron en su libro: “Odio mi cuello y no me acuerdo de nada”. Un día te levantas y dices “¡¿qué?!” y al día siguiente es normal. Te llevas con la aceptación. Evidentemente, no tengo 20 años, pero me acepto y no pienso hacerme ninguna perrería porque considero que es machacarme. Tengo cosas muy buenas para tener 60 años. Es verdad que mi cuello es horroroso, pero no pienso hacerle nada. Que siga ahí. Me pondré algún día cuello alto y otro día no.Lee tambiénHistóricamente, muchas actrices han denunciado que al envejecer se volvían “invisibles” o solo se les ofrecían papeles de madres abnegadas. ¿Nota un cambio real hacia una narrativa que trate la longevidad femenina con la complejidad que merece?Desde que las mujeres se han incorporado y son autoras, están iluminando partes a las que la mirada masculina no llegaba. El cine hecho por hombres tiene una mirada masculina sobre las mujeres. Las mujeres se han incorporado de forma masiva, aunque todavía no son el 50%. Pero se notan las directoras y las guionistas. Hay preocupación e interés y películas como Cinco lobitos, que tenía una mirada inédita sobre la maternidad. Cuando vienen los señores a decir que se habla solo de madres, es que a lo mejor no están todas las historias contadas. A mi generación se nos ha formado con un relato masculino. Ahora vamos a contar lo nuestro, que nosotras ya hemos leído vuestros libros y hemos visto vuestras películas. Un poco de devolvernos la cortesía. Y desde que las mujeres se han incorporado a la creación, se está sacando a las mujeres mayores y maduras al espacio público. Antes no estaban.¿Le preocupa que ciertas miradas conquistadas sufran un retroceso?Hay oleadas para atrás y para adelante. El feminismo siempre se mueve con retrocesos, pero las creadoras ahí están. Incluso en un festival tan machista como Cannes, que le costó muchísimo meter a directoras. La cultura, afortunadamente, no está dirigida por políticos que quieren gestionar dinero público. El cine tiene ideología, pero los agentes culturales son más complejos. Estos pasos ahí están y van a mantenerse. Es terreno conquistado.Mantener la autoexigencia y dirigir proyectos como la presidencia de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España o su propio pódcast requiere energía. ¿Cómo cuida su salud mental para que la velocidad del día a día no pase factura?Me pasa factura. He hecho terapia muchísimos años, ahora ya no hago porque me he aburrido. He tenido la suerte y el privilegio de poder pagarlo, porque es una actividad que no está permitida a mucha gente. Me parece que la salud mental es fundamental y nuestro trabajo es no entregarlo todo al trabajo. Es el mandamiento uno, mantener espacios libres. No te tienes que ver todas las películas y series ni leer todos los libros. Hay gente que se vuelve muy loca con eso. La salud mental pasa por decir: “El trabajo es una parte y no todo”. Uno tiene que estar en la vida y saber que su existencia no es 100% trabajar.¿Hay algo que hace 30 años le resultaba soberanamente intolerable y ahora percibe de una forma distinta?Es posible que antes me hiciera más daño el ego o juicio de los demás. Ahora no. Lo decía Javier Marías, que hay un momento en la vida en el que aceptas que no le gustas a todo el mundo. Es muy liberador decir: “Estoy segura de que caigo mal a mucha gente y no pasa nada”. Tiene que ver con retirarse y no tener la fantasía de gustar a todo el mundo. Veo que la sociedad actual está un poco loca con que a todo te den un ‘like’. Hay una exigencia de aprobación mayor de la que había en mi juventud.La salud mental pasa por decir: “El trabajo es una parte y no todo”. Uno tiene que estar en la vida y saber que su existencia no es 100% trabajarMaría GuerraSi pudiera viajar en el tiempo y sentarte a tomar un café con la María Guerra de 1992, la que acababa de terminar su Máster de Periodismo, ¿qué le diría?Creo que no hay nada que te tranquilice cuando empiezas. El otro día me decía Adriana Ozores que su padre, el actor José Luis Ozores, lo mejor que tenía era la levedad. Eso es lo más deseable, ¿no? Ser responsable, intentar hacer bien tu trabajo, no olvidarte de los demás… y la levedad. Yo he sido muy intensa, lo he pasado mal. Me miraría como diciendo: “Pobrecita, no hay nada que hacer”.Ante la idea de que cumplir años equivale a apagarse o retirarse de la vida pública, ¿es la pasión por el oficio el mejor antídoto?Claro, pero yo tengo suerte. Me gusta mucho mi trabajo y tengo un compromiso. Hay gente que tiene trabajos bonitos, pero no tiene un compromiso. Yo siento la responsabilidad de estar relacionándome con una industria en la que hay mucha gente trabajando, sacando ideas y proyectos. Entiendo que no es banal e intento relacionarme con respeto y con responsabilidad con la gente de las series y las películas y la gente a la que entrevisto. Es un fuego que te mantiene. Y luego la curiosidad, que la mía no es diferente a la de otra persona a la que le guste el cine. Esa capacidad de disfrutar y curiosear la tenemos muchísima gente.Lee también¿Qué valores cree que su generación tiene el deber de custodiar y transmitir?A mi generación le preocupa mucho la entrega a los mandatos de las tecnológicas. Nos produce horror estar en un restaurante y ver a una familia entera, con padres jóvenes y niños, donde todos han caído. Mis hijas se han criado con muñecas, camiones y libros. Hay una nueva generación que se está mirando en lo que dicen Elon Musk o Zuckerberg, que son unos tipos malvados y capitalistas a los que les da igual el bien y el mal. La adicción nos preocupa mucho, porque vemos que puede acabar —y está acabando— con las democracias, pero también con la felicidad y con las ilusiones. Siempre va a haber alguien en una red social que va a ser mejor que tú, mientras que en mi generación vivíamos el tic-tac del aburrimiento en el pueblo. La vida es sorprendente.Los recuerdos pueden ser un gran refugio frente a la vorágine y el exceso de información. ¿Se considera nostálgica?El pasado es importante para entenderte en el presente. En mi caso, también para entender mis privilegios. Yo he trabajado siempre sentada, no he trabajado con las manos ni horas y horas de pie. Y soy muy consciente de que he tenido la suerte de vivir en una casa con biblioteca. Miro al pasado para entender qué me pasa ahora. Lo que da pena, sobre todo, es que la gente se muera y que las cosas acaben. Pero forma parte de la madurez saber mirar al pasado.¿Cuál ha sido su aprendizaje de vida?Como soy de familia numerosa —soy la quinta de cinco hermanos—, creo profundamente en lo colectivo. Y en trabajar en equipo, porque yo he trabajado siempre con gente. Eso me ayuda muchísimo y creo que es lo mejor de mi vida. No puedo imaginar mi vida, ni profesional ni personal, en soledad.
María Guerra, periodista, 60 años: “A esta edad ya no vas a las fiestas de los festivales para que te vean; yo tengo el ego bien puesto y sé quién soy”
La presentadora del pódcast ‘La Script’ reivindica el poder de la madurez frente a la tiranía estética, celebra la eclosión de las mujeres de su quinta y defiende la flexibilidad frente al abismo tecnológico








