La imagen parece sacada de una postal. Un turista despierta en una cabaña instalada en las faldas del volcán Acatenango, abre una ventana, toma una taza de café y observa, a la distancia, las explosiones de lava, ceniza y roca expulsadas por el volcán de Fuego. La escena, difundida por agencias de turismo y creadores de contenido en redes sociales se convirtió en uno de los principales atractivos turísticos de Guatemala para visitantes nacionales y extranjeros en los últimos años.
Sin embargo, detrás de esa experiencia promocionada como única existe una realidad que preocupa a autoridades ambientales, montañistas y conservacionistas: la proliferación de construcciones no autorizadas, la tala de bosque, la erosión de senderos y una creciente presión sobre uno de los ecosistemas de montaña más importantes del país.
Durante los últimos cinco años, el volcán Acatenango experimentó un crecimiento acelerado en el número de visitantes. Testimonios recopilados por Prensa Libre en una visita al lugar señalan que operadores turísticos en el extranjero identificaron una oportunidad de negocio ante la creciente demanda internacional, particularmente de turistas europeos atraídos por la posibilidad de observar de cerca la actividad del volcán de Fuego.











