Países Bajos es la única cenicienta que ha perdido tres finales mundialistas —y dos semifinales por penaltis— sin calzarse nunca el zapato de cristal. Le dieron calabazas Beckenbauer en 1974, Kempes en 1978 e Iniesta en 2010. La estrella invisible que orla su escudo es la poética de la derrota. Sin embargo, llega a este Mundial con un potencial eléctrico. Arriba mandan Depay y Gakpo con instinto asesino. La banda derecha tiembla con las cabalgadas de Dumfries. Por el centro planea la visión cetrera de Frenkie de Jong moviéndose en su Bolshói. Atrás, como una roca con alma, laten la solidez y el carisma del capitán Van Dijk. Pero ante todo está en el banquillo —por primera vez en un Mundial— Ronald Koeman, el hombre que cambió para siempre el curso del Barça.Aquel futbolista perforó la red de Wembley y enterró los fantasmas europeos de Berna y Sevilla con todos los complejos que perseguían al club azulgrana. Ahora, el héroe de ­Wembley, el cambiadestinos del dream team, lleva el mando oranje. Ese sitio que antes han ocupado Rinus Michels, Louis van Gaal, Guus Hiddink o Dick Advocaat. Ese puesto de honor que ha inmortalizado, aun sin copas, a aquella Holanda del fútbol total de Cruyff y Neeskens, a la eléctrica de Rep y Krol, a la estilosa de Gullit y Van Basten, a la elegante de Bergkamp y Kluivert, o a la traidora de Sneijder y Robben.Koeman lleva 27 años en los banquillos con una trayectoria más bien discreta: tres ligas holandesas, tres copas con el Barça, el Valencia y el Ajax, y una supercopa con el Benfica. Nada más. En este Mundial lo acompañan como asistentes técnicos otros viejos rockeros del combinado neerlandés: su hermano Erwin, el centrocampista Wim Jonk, el delantero Van Nistelrooy y el portero Patrick Lodewijks. Todos están a las órdenes de Koeman, que ha lanzado una advertencia en los días previos al torneo: Holanda no es favorita, pero puede vencer a cualquiera.No es farol. De los 11 mundiales que ha disputado, en 5 de ellos ha conseguido un puesto entre las cuatro primeras selecciones. Ahora el reto es el de siempre y el de nunca: ganar. Puede que aquel rubio con cara de Tintín que cambió el rumbo del Barça en el minuto 111 de una prórroga sea el elegido para cambiar el curso oranje y enterrar su maldición con el Mundial. Si no, siempre quedará la maravillosa tradición de verlos perder. La poesía dura más que la gloria.