A un cerrajero se le suele llamar cuando ya hay un problema: una puerta que no abre, unas llaves perdidas, una cerradura que falla o una urgencia nocturna en la que el cliente apenas tiene tiempo para pensar a quién está llamando. Pero detrás de todo eso hay un oficio mucho mayor que la apertura de puertas y que Jesús González, de 72 años, conoce desde que empezó como aprendiz a los 18.El cerrajero abrió su primer taller en 1977 y, aunque hoy está jubilado, sigue como presidente del Gremi de Serrallers de Catalunya, una responsabilidad que asume como un compromiso con una profesión que considera muy desconocida y demasiado golpeada por los fraudes en los servicios urgentes. En La Vanguardia explica cómo ha cambiado el oficio, por qué muchas cerraduras siguen siendo obsoletas, qué debe hacerse al perder las llaves y cómo distinguir, en la medida de lo posible, a un profesional de confianza.¿Cómo ha cambiado el oficio de cerrajero desde que usted empezó hasta hoy?Lo que más ha cambiado es la forma de aprender. Yo tuve la suerte de formarme con un maestro, poco a poco. Primero como aprendiz, después como oficial y, más adelante, ya por mi cuenta. Ahora no hay una escuela de cerrajería, ni un recorrido claro para quien quiere empezar, y mucha gente acaba formándose con tutoriales de YouTube. Para mí, eso es un problema, porque este es un trabajo que necesita práctica, criterio y alguien que te enseñe bien desde el principio.¿Qué cree que desconoce más la gente del trabajo real de un cerrajero?La cerrajería es un oficio muy desconocido. Mucha gente lo reduce a abrir puertas, pero va bastante más allá: también hay reparaciones, ajustes, trabajos en puertas de entrada, persianas, barandas, soldaduras y elementos metálicos. Por eso muchas veces se confunde con la herrería, porque son ámbitos que se complementan. Un buen cerrajero no solo cambia una cerradura, también tiene que entender cómo funciona todo lo que rodea a ese sistema de cierre.¿Qué tipo de servicios atiende con más frecuencia un cerrajero en el día a día?Hay de todo. En el local, por ejemplo, el duplicado de llaves forma parte del día a día, pero luego están las reparaciones, los ajustes, las puertas de comunidades, los abrepuertas, las ventanas… La apertura de una vivienda es solo una parte del trabajo. En un taller puede haber dos avisos de ese tipo en un día y, en cambio, dedicar el resto de la jornada a pequeñas reparaciones o a resolver problemas de cierre que la gente no siempre asocia con un cerrajero.¿Ha cambiado también el perfil de cliente en los últimos años?Sí. Por desgracia, mucha gente busca al profesional directamente en Google. No digo que esté mal, pero hay que intentar ir a la parte oficial: gremios, asociaciones profesionales o establecimientos identificables. El problema es que, en una urgencia, uno llama muchas veces al primer resultado que encuentra, y ese no siempre es el que ofrece más garantías. Aparecer arriba en Google puede depender de haber pagado por publicidad y ese coste acaba repercutiendo a menudo en el precio final del servicio.¿Cómo puede evitar alguien caer en uno de esos servicios abusivos?Lo primero es desconfiar si solo aparece un teléfono. Conviene comprobar si el profesional está cerca, si la dirección existe, si hay un establecimiento físico y si detrás del servicio hay una empresa identificable. También hay que preguntar antes por el precio: un profesional debe darte un presupuesto previo y avisarte si puede haber alguna complicación. Mucha gente pide primero el trabajo y pregunta después, y ese es uno de los grandes errores.¿Es cierto que muchas puertas son más fáciles de abrir de lo que imaginamos?Es una cifra que puede sorprender, pero, en España, más del 80% de las cerraduras de puertas de entrada a casa están obsoletas. Lo vemos a diario en la profesión. Muchas personas solo piensan en cambiar la cerradura cuando se estropea, no cuando ha quedado desfasada o ya no ofrece la protección suficiente. A veces, hacer las cosas bien desde el principio permite que la inversión dure mucho más. El problema es que hay gente que se gasta 1.500 euros en un teléfono móvil y, en cambio, escatima en la seguridad de la puerta de su casa. Mientras exista ese pensamiento, no vamos bien.¿Cambiar la cerradura debería ser una prioridad al entrar en una vivienda nueva?Sí. Cuando entras en una vivienda, sea de alquiler o de compra, lo primero debería ser cambiar el bombín o revisar el sistema de cierre con un profesional, porque no sabes cuántas copias de las llaves existen ni quién puede tenerlas. Si alguien accede con una llave y no hay daños visibles en la puerta, después puede ser mucho más difícil demostrar qué ha ocurrido. Por eso no conviene esperar a tener un problema: es una medida básica de prevención.Fuente: La Vanguardia