A finales de 1987, en el ocaso de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), llegó una carta al sindicato de actores y actrices de Chile (Sidarte). La misiva rezaba: “A contar de esta fecha: 30 de octubre, los siguientes testaferros del marxismo internacional tienen un mes de plazo para hacer abandono del país. Por un arte y una cultura libre de contaminaciones foráneas”, y, a continuación, un listado de 78 artistas. El escrito no era baladí, ya que durante el régimen habían asesinado, torturado y censurado al gremio. La amenaza estaba firmada por el grupo Comando 135 - Acción Pacificadora Trizano, en honor al comandante del Cuerpo de Gendarmes para las Colonias, una fuerza policial rural durante la ocupación y colonización en el sur del país. Entre los artistas señalados figuraba Julio Jung, fallecido el pasado sábado, quien por aquella época era integrante de la compañía Ictus, un teatro que montaba obras de resistencia al régimen. Su muerte ha desempolvado lo que ocurrió luego de ese ultimátum: la visita de Superman a Chile para salvar a los amenazados y su encuentro con el hijo de Jung. La actriz María Elena Duvauchelle, presidenta de Sidarte y entonces esposa de Jung, reunió a los suyos en la oficina del sindicato y llamó a un abogado de un organismo de Derechos Humanos. Tenía experiencia frente al amedrentamiento. A su piso en la calle Merced, frente al Ictus, les había llegado una corona fúnebre para el cumpleaños de Jung. “Te volveremos a Venezuela con las bolas cortadas”, decía la tarjeta en alusión al país en que se exilió la pareja durante una década luego de que en Chile los declararan “un peligro para la seguridad del Estado”, según ha contado Duvauchelle. El Sidarte puso un recurso judicial de protección y sus integrantes -unos 300 actores, dramaturgos y técnicos- formaron grupos de vigilancia para los amenazados. La carta advertía que si divulgaban la amenaza en la prensa, habría consecuencias. Los artistas decidieron permanecer unidos, convocar a los medios locales y gestionar para el 30 de noviembre un acto público, mirando de frente a la amenaza. Duvauchelle relató a Radio Ambulante que el teléfono del sindicato comenzó a recibir llamados y fax de actores de Alemania, Italia, Estados Unidos, como Robert Redford, Robert DeNiro o Jane Fonda. Estaba funcionando el hacer ruido, pero necesitaban más. El sindicato quería que en el espectáculo que estaban organizando se subieran al escenario figuras de talla mundial. Así garantizaban que los ojos foráneos fueran testigo de lo que ocurriese.Duvauchelle llamó al destacado dramaturgo chileno Ariel Dorfman, quien vivía exiliado en EE UU, escribía columnas en el New York Times y tenía amigos en Hollywood. ¿Y si fuera Superman el que viajara a resistir junto a ellos? ¿No sería perfecto? ¿Quién podía atraer más reflectores que el mismísimo Hombre de Acero?, preguntó la poeta y activista Rose Styron, según recordó Dorfman en Radio Ambulante. El actor Christopher Reeve, de 35 años, acababa de estrenar la cuarta entrega de la saga de Superman. Era un miembro activo de la Asociación de Actores de Estados Unidos y reconocido por su espíritu aventurero. Sin garantías de seguridad ni un conocimiento profundo de lo que estaba ocurriendo en la dictadura de Pinochet, se convenció de participar del evento el 30 de noviembre cuando Dorfman le planteó que su presencia podía salvar a sus 77 colegas chilenos. “Then, I’ll go (Entonces, voy a ir)”, respondió. Reeve, junto a Angélica Malinarich, la esposa de Dorfman, viajaron la noche del 29 de noviembre y aterrizaron al alba del 30 en Santiago. Jung y Duvauchelle los esperaban en un pequeño Mazda en el aeropuerto, al que Reeve ingresó con dificultad. Otros actores también acudieron con sus coches para hacer una suerte de comitiva y otorgarle mayor resguardo al estadounidense. La primera parada fue el piso en la calle Merced. En esa época la pareja tenía un niño de nueve años llamado Julio, como el padre. Cuando el pequeño abrió la puerta y vio a su madre acompañada del mismísimo Superman, su mirada recorrió su musculosa figura por los casi dos metros de altura. “Me agarré la cabeza, era mi máximo héroe”, relató Julio Jung Jr. en el programa Todo por Ti, de Canal 13, y se quedó sin palabras durante 15 minutos. Al ver su impacto, el actor estadounidense le pidió que lo llevara a un atlas que tuviera en la casa. Juntos, le enseñó dónde quedaba Estados Unidos y que él había volado desde ahí. “Vino como superhéroe a ayudar a actores en Chile, pero los verdaderos héroes eran ellos, mi mamá, mi papá y los demás, que estaban luchando en ese minuto”, dijo Jung Jr. cuando ya era un adulto.Frente al piso de Jung y Duvauchelle, en el Ictus, estaba convocada la primera rueda de prensa. Reeve y los invitados internacionales de Argentina, España y Alemania ofrecieron palabras de solidaridad con los actores y actrices chilenos. Por esas horas llegó otra carta al sindicato en la que se leía: “El plazo para irse del país se cumplió, ahora tendrán que atenerse a las consecuencias”. Estaba sellada con una mancha de sangre. Tras comparecer ante los medios, el grupo acudió al acto de resistencia bautizado como “Arte y Vida” en el Estadio Nataniel, una cancha de básquetbol en el centro de Santiago. Una vez ahí, sin embargo, no los dejaron pasar. Las autoridades les habían revocado el permiso por no tratarse de un evento deportivo. Entre bombas lacrimógenas y carros lanzaaguas de carabineros, los cientos de asistentes comenzaron a marchar de manera casi espontánea hasta los galpones de la calle Matucana -hoy conocido como el Centro Cultural Matucana 100-. Tras varias calles recorridas, unos 1.000 pudieron ingresar a un garaje sin ventanas ni luz eléctrica y otros cientos acompañaron desde fuera. Reeve habló con todo el que pudo y ofreció un breve discurso: “Estoy aquí de actor a actor, de trabajador a trabajador, de amigo a amigo. Mi preocupación es con los derechos humanos”. Sus conocidos se fueron yendo uno a uno, pero él se quedó prácticamente hasta el final de una noche inolvidable para quienes estuvieron presentes. A los pocos días, el actor regresó a Estados Unidos a denunciar lo que estaban viviendo sus colegas chilenos y, un año después, participó en la franja electoral del plebiscito para decidir si Augusto Pinochet seguía o no en el poder. Superman dijo entonces a los chilenos: “El voto es secreto. El futuro de su país está en sus manos”.