A falta de juego preciosista y emoción, estos primeros partidos del Mundial siguen dando pistas de cómo crece el negocio. Se ha escrito mil veces que será el más largo de la historia: 104 partidos y 48 selecciones. Cierto que las federaciones africanas y asiáticas llevan décadas reclamando más espacio en la Copa del Mundo. La lógica de su reivindicación es aplastante: participar en el mayor acontecimiento futbolístico del planeta no solo da notoriedad a los jugadores, la posibilidad de competir contra equipos de mayor calidad contribuye además a ir reduciendo las diferencias entre selecciones.

No tiene pinta, sin embargo, de que la FIFA con Gianni Infantino al frente se haya vuelto sensible a las desigualdades. Vistas las tablas de clasificación, es legítimo preguntarse si no habrán pesado más los petrodólares de Catar, que sirvieron para acoger el Mundial de 2022, o los de Arabia Saudí, que lo organizará en 2034. Ambas selecciones se encuentran entre las 48 clasificadas de este año, que son exactamente el doble de las que participaron en el Mundial de España del 82. A finales de los 90 la FIFA ya amplió a 32 equipos y así había sido hasta el cambio de este año.

Más países participantes, huelga decirlo, implica una mayor audiencia potencial (la de esta copa del mundo se estima en 6.000 millones de personas), pero sobre todo, más contenido audiovisual para las grandes plataformas que compran los derechos televisivos que cobran cuotas a sus abonados y explotan la publicidad.