Actualizado a las 01:27h.

No hace nada más que cambiar, Bad Bunny, el artista de apogeo, pero sin moverse de su sitio. Decía el clásico que hay que aprender a hacerse el que uno es, y en eso está Bad Bunny, que se disfraza de sí mismo con uñas ... pintadas, falda ocasional y gafas escuetas, como si en cada giro estético incluyera una confirmación de origen. Naturalmente, en él, el cambio no es una mudanza sino una insistencia. Me lo he dejado, como tema, pare el final de la gira, porque estos temas de zagalones del Caribe se ven mejor a día pasado. Hasta vio al Papa. Cruza la bata satinada de púgil melancólico y el traje sastre de color imposible, pero siempre acudimos al mismo sujeto urbano, mitad reguetón de barrio, mitad pasarela internacional. Se adorna con cadenas que dijéramos botín de un galeón y con anillos campeonísimos, que ya nadie discute, salvo Trump. Ha hecho del mestizaje una estética portátil. Cruza el trap aéreo con la guayabera mental, el perreo con la 'performance', el gesto de muchacho tímido con la altanería del ídolo planetario. No hay en él voluntad de escándalo gratuito, yo creo, sino una complacencia tropical. Sabe que el traje habla tanto como el verso, que el color comunica tanto como un piano. En esto se aparta de otros mandamases del género, y acaso ahí resida el metal de su singularidad. Si Daddy Yankee representó durante años la institucionalización del reguetón, y la conversión del género en maquinaria matemática, Bad Bunny encarna su barroquización. Donde Daddy Yankee imponía disciplina sin despiste, y atajo de himno, Bad, que es Benito, introduce digresión, capricho, un desorden seriamente pensado. Uno parecía vestir para amarrar un trono. El otro, para prenderle fuego y luego bailar alrededor. Tampoco Bunny se parece del todo a J Balvin, otro figurón del tinglado. En Balvin hay 'pop art'. En Bad Bunny, costumbrismo mutante. El colombiano parece dialogar con el diseño gráfico. El puertorriqueño, con el carnaval y la esquina. Ambos han comprendido el hechizo del estilismo como retórica cultural, pero mientras J Balvin parece salido de una instalación contemporánea, el otro conserva algo de vecino que bajó un momento a pillar pan y terminó protagonizando una distopía con palmeras.