Cuando el desastre de las elecciones municipales del pasado 7 de mayo en Inglaterra provocó una rebelión interna en el Partido Laborista y en el seno del Gobierno, Keir Starmer prometió que actuaría con más firmeza; que los cambios prometidos se ejecutarían con mayor celeridad, y que no iba a abandonar su puesto de primer ministro “y permitir que el país cayera en el caos” en medio de la inestabilidad geopolítica actual y de las amenazas a la seguridad del Reino Unido procedentes de actores como Rusia.La dimisión, el jueves de esta semana, del que hasta ahora era ministro de Defensa, John Healey, un veterano laborista que ya formó parte de los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown y que tiene el respeto mayoritario de sus compañeros de partido por su moderación y seriedad, ha derrumbado como un castillo de arena todos los argumentos del primer ministro, que lleva meses intentando sobrevivir en su puesto.Healey acusa a Starmer, en su carta de dimisión, de indeciso y débil, e incluso de poner en riesgo la seguridad del Reino Unido. No hay al frente del Gobierno británico ni firmeza ni convicción ni garantía de seguridad frente al “caos”, sostiene el ya exministro. “Esta nueva era para la defensa exigía mayores inversiones a través del Plan de Inversión en Defensa. El trabajo realizado y finalizado el pasado enero, fruto de una excelente e intensa colaboración interministerial, fue supervisado por ti [en alusión a Starmer], por la ministra de Economía y por mí mismo, y confirmaba la escala de los desafíos y exigencias a los que nos enfrentábamos”, decía Healey en su texto de renuncia, dirigido al primer ministro. “Desde entonces, ni tú has sido capaz ni el Tesoro ha querido comprometer los fondos que la nación necesita para defenderse en un tiempo de graves amenazas”, concluía.Starmer, venía a decir Healey, no había tenido ni las agallas para sacar ese dinero de los presupuestos y destinarlo a la defensa del país ni la voluntad real de hacer frente a los desafíos a la seguridad.A su dimisión siguieron la de Al Carns, secretario de Estado para las Fuerzas Armadas, un respetado exoficial de las Fuerzas Especiales, y las de dos ayudantes parlamentarios del ministerio, con rango de secretarios. Una cascada de renuncias en un departamento de especial sensibilidad, que muchos críticos de Starmer ven ya como el definitivo principio del fin de su mandato.Aunque el primer ministro se apresuró a nombrar el jueves por la noche a Dan Jarvis, otro veterano oficial que hasta entonces ejercía de secretario de Estado del Interior, pocos auguran al nuevo miembro del Gabinete un mandato largo. Y, en cualquier caso, será un mandato envenenado desde el primer minuto.El Plan de InversiónPara entender la dimensión de esta rebelión hay que remontarse en el tiempo. Al llegar al Gobierno en julio de 2024, Starmer se comprometió a reforzar un ejército que había sido diezmado durante más de una década por anteriores gabinetes conservadores.El nuevo primer ministro heredaba una guerra en Ucrania en la que quiso preservar el liderazgo del Reino Unido en el apoyo, material y militar, al Gobierno de Volodímir Zelenski. Los analistas vaticinaban nuevos ataques en territorio de la OTAN por parte de Rusia en un plazo de apenas cinco años. La nueva Administración estadounidense de Donald Trump había dejado claro a sus socios que debían gastar más dinero en defensa si querían mantener la fortaleza de la Alianza. Y, para colmo, la guerra desatada en Oriente Próximo, con los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel a Irán, obligaron a Londres a redoblar su esfuerzo defensivo, para proteger sus intereses y el de sus nacionales en la región.Por todo ello, el Gobierno de Starmer se comprometió a elevar los gastos presupuestarios en defensa al 2,5% del PIB en 2027; al 3% en el siguiente mandato legislativo; y al 3,5% en 2035. Cuando en 2025 Donald Trump exigió a los países miembros de la OTAN que elevaran ese gasto hasta el 5%, el Reino Unido accedió a ello en una declaración genérica en el seno de la Alianza, aunque no llegó a trasladar ese compromiso a su plan de inversión nacional.La Revisión Estratégica de Defensa de 2025, el documento anual que fija las amenazas y prioridades de seguridad del país, preveía un gasto extra de más de 32.000 millones en un plazo de diez años. Downing Street se comprometió a presentar un Plan de Inversión en Defensa para marzo de este año.Sin embargo, a lo largo de 2026 se han sucedido las pugnas internas en el Gobierno para lograr ese dinero, algo que implicaba aprobar recortes en otras partidas que ningún departamento estaba dispuesto a aceptar. La ministra de Economía, Reeves, enrocada en su disciplina fiscal, se negaba a destinar más fondos a Defensa o a utilizar mecanismos extraordinarios de gasto similares a los ensayados por otros países europeos como Alemania.Starmer fue incapaz de imponer su voluntad a la ministra, y se dedicó durante este tiempo a arañar por su cuenta el dinero necesario de otros departamentos. Logró llegar a una cifra extra de entre 15.000 y 17.000 millones, pero no alcanzaba los casi 21.000 que había exigido Healey como aumento mínimo.El ya exministro se encontraba entre la espada y la pared, porque el jefe del Estado Mayor, Richard Knight, ya había hecho circular una carta interna para Starmer, dada a conocer a otros mandos, en la que expresaba su descontento con las cifras propuestas.Starmer se ha comprometido a seguir adelante con su Plan de Inversión en Defensa, que aún no ha presentado oficialmente. Y en este escenario debe afrontar la próxima reunión de la OTAN, que se celebrará el 7 y 8 de julio en Ankara (Turquía).Pero la tierra tiembla ya bajo sus pies. En apenas una semana, si el aún alcalde de Mánchester, Andy Burnham, gana la elección parcial de Makerfield y logra su escaño, se abrirá con toda probabilidad un proceso de primarias en el Partido Laborista para arrebatar al primer ministro su puesto.Cualquier decisión, aunque esté camuflada por argumentos de seguridad y defensa, se interpreta en este momento en clave política. Muchos ven en Healey el tapado que, con su dimisión, se posiciona también para competir por el liderazgo del partido y del país. Otros ven en la obstinación de la ministra Reeves una maniobra para preservar su puesto bajo un hipotético Gobierno de Burnham.Y, en cualquier caso, la mayoría de los laboristas cree que cualquier decisión futura que implique elevar los gastos en defensa y recortar de otras partidas necesitará de la legitimidad y autoridad de un nuevo primer ministro porque Starmer carece ya de ambas.