No hay registros de la voz de Eleonora Duse. Apenas unas pocas fotografías y la única película en la que participó, Cenere (Cenizas) de Febo Mari, que rodó en 1916. Dicen que actuó por primera vez cuando tenía cuatro años. Nadie sabe si es verdad. Lo que sí recogen todos los libros históricos es que desde finales del siglo XIX y durante los primeros años del siglo XX fue la gran estrella de Italia gracias a su desgarro en los teatros de todo el país. Durante la Primera Guerra Mundial actuó para los soldados en el frente y para los heridos en las trincheras.
Era la mujer más querida de toda Italia, y el mundo se dividía entre quien pensaba que ella era la mejor actriz del mundo y los que pensaban que era Sarah Bernhardt. Para Bernhardt escribió, igual que para la Duse, Gabriele D’Annunzio, el poeta italiano que inspiró al fascismo de Mussolini. Pero para la actriz italiana fue algo más. Un amor que la hizo abrazar el nacionalismo italiano y coquetear con el fascismo, que rápidamente vio en la figura de la actriz un símbolo de la italianidad de la que apropiarse en su expansión.
El cineasta italiano Pietro Marcello se quedó fascinado por lo poco que realmente se conoce de Eleonora Duse, cuya historia muchas veces se ha visto eclipsada por su relación con D’Annunzio. El director de Martin Eden vio en los últimos años de su vida la metáfora perfecta para hablar de ese periodo de entreguerras que le recordaba al momento actual. Lo hace en Eleonora Duse, la divina, que llega hoy a los cines españoles y que retrata una etapa histórica en la que “Duse se vio confrontada con el fascismo”. Mussolini le rindió homenajes y hasta le ofreció una pensión del Estado, pero Marcello recuerda que ella “nunca recibió dinero de Mussolini porque se va a EEUU y no se queda en Italia”.






