En las últimas semanas, varios hechos evidenciaron lo difícil que se ha vuelto la discrepancia pública en Chile. Hagamos un conteo rápido: la funa al ministro Francisco Undurraga (independientemente de si fue premeditada o no); los gritos del alcalde Matías Toledo al presidente Kast mientras daba su discurso a los alcaldes de Chile; los folletos del Partido Socialista que representaban al propio Kast con nariz de Pinocho, aunque luego fueron desautorizados por la propia presidenta del PS (que aparecía en el video donde los mostraban). Lo que podría parecer un puñado de hechos aislados es en realidad una tendencia a tratar el disenso político como una división tan intensa que no puede ser superada. Solo cabe imponerse al rival, pues nada de lo que diga o haga es tolerable. Su mera existencia se vuelve incómoda, molesta. La explicación más a la mano culpa a las redes sociales. Twitter, Instagram y TikTok nos han vuelto inmediatistas, premian la espectacularidad, la agresión sin contemplaciones, el video con contenido más morboso. Algo de eso hay. Mal que mal, pasamos buena parte de nuestros días en esas plataformas, que a lo último que invitan es a una conversación razonada. Pero no es solo eso. Otro tanto se podría decir de programas de debate, de los cuales Sin Filtros es el epítome, donde el diálogo y la argumentación son reemplazados por tiraderas en las que se impone el que habla más rápido y con más convicción. Allí el objetivo es la provocación, no el intercambio. El resultado es un clip de un minuto que siempre se titula en estos términos: “¡HUMILLACIÓN TOTAL! ¡X DESTRUYE A DIRECTORA DEL Z POR ACTIVISMO DURANTE CAMPAÑA PRESIDENCIAL!” (el ejemplo es real, solo cambié los nombres). Pero el problema es anterior y se retroalimenta con algunos rasgos de nuestra cultura; lo que sucede en la política profesional resuena en el nivel ciudadano. En Chile pareciéramos no tener un intermedio entre el pelambre diagonal y la explosión rabiosa. Nuestro modo chileno es la maledicencia lateral: el desacuerdo existe, pero nunca en la superficie, nunca va con nombre y apellido. La diferencia puede ser profunda, pero se esconde por miedo a quedar irremediablemente peleados en este pueblo que sigue siendo (o teniendo alma de) chico. Así, cuando la discusión es sobre política, la preferimos desviar. La tragedia es que eso solo sirve mientras las cosas no escalan; pasado ese umbral, se abandona toda esa mesura cínica y aparecen los monstruos. El mismo hecho de que no haya un mecanismo institucional intermedio entre interpelar a un ministro y acusarlo constitucionalmente parece el correlato político de este rasgo local, una dinámica que azuzó el Frente Amplio, y que hoy tiene al Congreso en un permanente estado de ajuste de cuentas. Ahora bien, Chile comparte con prácticamente todas las democracias occidentales contemporáneas la tendencia a convertir al adversario en enemigo, a tratar la diferencia política como si definiera por completo a quien la sostiene. Las causas de ello no alcanzan a resumirse en una columna, pero tiene que ver con el hecho de las dificultades que han tenido esas mismas democracias para procesar las diferencias, así como las aspiraciones de la ciudadanía. Todo por momentos parece conducir a la indignación, el resentimiento y la polarización. Es poco lo que se puede construir así. Pero advertir esto no pretende esconder el disenso político. Más bien, se trata de pensar cómo procesarlo de modo más virtuoso y eficaz. Porque necesitamos que ese disenso se exprese con urgencia, pero que se exprese bien; que las tensiones propias de una sociedad plural en la que existen discrepancias no terminen fracturando la convivencia. En ese sentido, tal vez algo que falta, junto con pulir (y justificar) las propias convicciones, es cultivar la serenidad en la diferencia: la capacidad de exigirle al argumento ajeno sin la necesidad de destruir a quien lo sostiene. Tener discusiones que no terminen en tirarse los platos, porque sabemos que tenemos alguien digno al frente, y porque nos guste o no, vivimos juntos. La última encuesta del Centro de Estudios Públicos muestra que la ciudadanía percibe que el conflicto más agudo entre grupos sociales es entre personas de izquierda y de derecha. Un 86% lo describe como fuerte o muy fuerte. Supera por buen margen al conflicto entre nacionales e inmigrantes, al conflicto entre ricos y pobres, entre empresarios y trabajadores. Se me ocurren pocas imágenes tan nítidas como esta para mostrar la necesidad de desactivar este conflicto que, aunque parece encapsulado en el circuito de los partidos políticos, fácilmente se puede contagiar a nivel social. Con una ciudadanía que cree poco en los políticos, que tiene poca esperanza en el futuro y siente que el país está estancado, debiéramos reivindicar el derecho de discrepar en paz. O bien, si se mantiene la situación de bloqueo, que al menos no nos sorprenda tanto que crezcan los que reivindican no ser “ni fachos ni comunachos”.