Si el tiempo, que vence hasta a las piedras, no ha amilanado al incansable Félix Hernández Gamundi, no lo hará una lluvia, que luego es aguacero, ni tampoco los oídos sordos del Gobierno. El veterano activista, que ronda los 80 años, ha encabezado este miércoles una manifestación de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), en un aniversario más del Halconazo, el negro episodio en que un grupo paramilitar auspiciado por el Gobierno asesinó a decenas de alumnos de esa universidad, el 10 de junio de 1971. Faltan horas para la inauguración del Mundial de Fútbol en Ciudad de México. Nadie decidió, hace más de medio siglo, que hoy concurriesen con tanta cercanía el dolor y la fiesta. La conmemoración del Halconazo, que aún supura impunidad, muestra las viejas heridas que arrastra México, esos gritos de indignación que se cuelan por entre los cánticos de los estadios, los himnos, el estruendo de los aplausos.Hernández Gamundi es un icono de las movilizaciones estudiantiles de 1968 —protagonizadas por alumnos de la UNAM y secundadas por los del IPN—, que culminaron en la matanza de Tlatelolco a manos del Ejército y, de nuevo, paramilitares. De alguna forma, el Halconazo era el eco, el coletazo de aquel episodio. Los paralelismos son evidentes. Ambos casos fueron solo un capítulo en el libreto de la represión y la mano dura del PRI de aquellos tiempos. En un año gobernaba Gustavo Díaz Ordaz, y en el otro, Luis Echeverría, mismo protagonista con diferente rostro. Hernández Gamundi es tan representante del ’68 como del ’71, y cada año sale a marchar y a rememorar las dos injusticias semejantes. Por eso —y porque es egresado del IPN—, los cientos de universitarios que han caminado desde el Casco de Santo Tomás le dejan hablar en un escenario austero colocado en medio de la avenida. Allí, bajo la lluvia, cubierto apenas por la sombrilla que alguien pone sobre su cabeza, Hernández Gamundi, uno de los últimos de su generación, habla, no de paralelismos, sino del parentesco de las cosas, su innegable vínculo. “La continuidad de la impunidad ha permitido que otros crímenes y violencias ocurran o se repitan”, dice con un micrófono. Y se suelta a recitar ejemplos de crímenes de Estado en México, solo algunos, pues “la lista es muy larga y dolorosa”: Aguas Blancas, El Charco, Acteal, Tanhuato, Ayotzinapa… “Aquí se está reclamando una impunidad de 55 años, y todos los gobiernos, del PRI, del PAN y del actual [Morena], patean el bote para adelante, pero no enfrentan, y por lo mismo no resuelven, el problema. Eso es lo que indigna”, reclama.Hernández Gamundi recuerda otro parentesco entre la injusticia del pasado y el presente: en 1968, México era la sede de los Juegos Olímpicos, y las movilizaciones estudiantiles ocurrieron a pocos días de su arranque; la represión —el asesinato— tuvo, pues, un sentido de limpieza social. Salvadas las distancias, el activista señala que, si bien el Gobierno de Claudia Sheinbaum —lo mismo que el de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador— se ha abstenido de reprimir con la fuerza, sí ha entorpecido la movilización social o ha apostado a administrar los conflictos, “pero no los resuelve”. Pone de ejemplo el cerco policiaco que impidió a decenas de estudiantes de la Normal de Ayotzinapa (Guerrero) ingresar a bordo de sus autobuses a la capital, adonde querían llegar para reforzar las protestas de la CNTE, el sindicato de maestros. El Gobierno, con el tiempo en contra, ha apostado al cortafuegos.“El Mundial es un negocio privado y, hoy más que nunca, excluyente”, observa Hernández Gamundi. “La gente no tiene posibilidades de pagar los boletos para entrar a los estadios y, sin embargo, está todo el aparato del Estado dedicado a proteger ese negocio y atropellando los derechos de la gente, impidiendo que se manifiesten”. Mira a su alrededor, allá donde, terminado el mitin, pasada la lluvia, los jóvenes del Poli, empapados, cantan el Huelum —su himno— y brincan y se abrazan. “Si aquí preguntas, ninguno de estos jóvenes tiene cómo pagar una entrada, ni sus papás”, lamenta. Dice que es como si alguien hiciera una fiesta en tu casa pero no te invitara. “Es un negocio atroz, abusivo, criminal, de la FIFA, y el Gobierno mexicano se lo está permitiendo”, reclama.Hernández Gamundi se aleja con sus firmes pasos. En octubre volverá a salir a marchar, en un aniversario más del crimen de Tlatelolco. A muchos de estos jóvenes los verá ahí, o el año que sigue, en otro junio, yendo así, luchando contra la impunidad y el olvido, exigiendo justicia, con la paciencia de las piedras.
El eco de una indignación de hace medio siglo toca las puertas del Mundial
Estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN) conmemoran otro aniversario de la represión del Halconazo, un día antes de la gran inauguración del torneo de fútbol en la capital de México












