Antes de De la Espriella no había sino un Abelardo. Abelardo Forero Benavides, a quien Colombia identificaba de manera amable y acogedora como Abelardo. Ministro, gobernador, parlamentario, periodista, historiador, gran orador. Recientemente apareció un libro suyo escrito en 1957 y que permaneció resguardado dado que Abelardo decidió no publicarlo en vida por el impacto que podría derivarse de sus palabras muy críticas con quienes convivió como un arreglador de conflictos más que como un airado juzgador de sus contemporáneos, muchos de los cuales fueron sus jefes y sus amigos. Despotrica de todo el mundo. Pues bien, en alguna parte de sus juicios afirma —con toda razón, página 60— que en 1964 el vencido (el Partido Liberal) no se resigna a bajar la cabeza y a RECONOCER (la mayúscula es mía) la derrota. Este es otro de los orígenes de la pugnacidad. El vigor inusitado de un movimiento de masas produce la campaña de la reconquista y al ascender la marea con esta insignia retadora se origina el criminal proyecto de asesinar a Gaitán. La intensidad de su prestigio y el rumbo tempestuoso que les dio a sus discursos, a los sentimientos del pueblo, produjeron a su vez ese incendio social el día de su muerte. Ese día se habló por vez primera sobre la necesidad del gobierno militar. Quiere decir Forero Benavides que hay una relación de causalidad entre la forma como el liberalismo hizo parte del gobierno de Ospina sin reconocer el triunfo conservador y los hechos del 9 de abril. La incapacidad intelectual —continúa Abelardo— para sacar conclusiones claras sobre el 9 de abril y para adoptar una nueva política adecuada a las graves circunstancias que había vivido la nación hizo retoñar las oposiciones de partido y la lucha por el poder. Aquí es importante tener en cuenta que Laureano fue el costo que pagó el conservatismo para la creación de un gabinete de “unión nacional”. El presidente Ospina le dijo a Laureano que la solución era “un gabinete de unión nacional, con conservadores desteñidos y liberales fuertes”. El exministro de Relaciones Exteriores, Laureano Gómez, salió para Medellín por orden de Ospina y de ahí viajó a Madrid y no tuvo nada que ver con los hechos posteriores al 9 de abril. Otra acusación chimba de Abelardo. Es injusto que Forero Benavides responsabilice a Laureano de decisiones que no son comprobadas, como la que asegura que fue Laureano el que convenció a Ospina para sacar a Gaitán de la lista de delegados a la conferencia panamericana. No hay ninguna prueba de ello. Lo que sí es clarísimo es la buena relación que tenían Gaitán y Laureano Gómez. El libro de la escritora Olga González, que recibió tan buena crítica, El presidente que no fue, habla de esa excelente relación. Era común la asistencia de Gaitán a las instalaciones de El Siglo al cierre del periódico. De ese libro de Gabriel Turbay sale la declaración del embajador de Estados Unidos, John C. Wiley, sobre las confidencias que le hacía Gaitán en mayo de 1946: “En materia de política doméstica, me dijo confidencialmente que tenía contactos más frecuentes con los conservadores, en particular con Laureano Gómez.” Dios quiera que no se dé en la segunda vuelta la irresponsable y mentirosa postura de señalamientos de fraude en unas elecciones respaldadas por una organización impecable.
No reconocer los resultados y el 9 de abril
Un antiguo libro de Abelardo Forero Benavides plantea que el hecho de que los liberales no reconocieran del todo la victoria conservadora en 1946 desembocó, entre otras cosas, en el asesinato de Gaitán













