Un cielo de tintes surrealistas, adornado con cientos de figuras voladoras, es la señal inconfundible de que uno se está acercando al mayor festival de cometas del mundo. Celebrado en Weifang (en la costa este de China), desde lejos parece como si el mar se hubiera invertido y flotara suspendido en el aire un extravagante banco de peces de todos los colores, formas y tamaños: los tentáculos de los calamares gigantes ondean sobre las cabezas con cadencia vaporosa; hay osos gigantes mecidos al viento, elegantes mantarrayas que colean a contraluz, dragones chinos, mariposas y aves tornasoladas; también publicidad ―bebidas de té, una app para buscar empleo―, astronautas chinos, portaaviones del Ejército Popular de Liberación, y un cerdo colosal que rebota contra el prado donde se mezclan turistas, aficionados, verdaderos locos de las cometas, niños y mayores, gente de todo tipo mirando hacia lo alto. El festival internacional de cometas de Weifang, celebrado desde 1984, atrae cada mes de abril a miles de personas hasta este rincón de la provincia de Shandong. La zona es famosa por su viento propicio para el vuelo y por dominar el mercado global. La ciudad es conocida como la capital mundial de las cometas: unas 700 empresas producen desde aquí el 85% de las cometas del planeta, según datos de la prensa china. Solo en los talleres textiles de una pequeña aldea llamada Wangjiazhuangzi, en un distrito de Weifang, se confeccionan 100 millones de unidades al año. El sábado 19 de abril, día grande del festival, un río de gente remontaba la colina del Parque Mundial de Cometas, una de las zonas de vuelo, para hacer un picnic bajo el cielo punteado. Los niños corretean con sus cometas baratas, compradas en los puestos ambulantes, entre la humareda de las salchichas a la brasa. Los expertos, en cambio, juegan en una liga superior. Llevan artefactos tridimensionales, inmensos, diseñados a capricho con el mejor nailon, “como el de los paracaídas”, contaba Anne de Sedaleer, una británica que posee junto a su marido Andy unas 150 cometas: ahora que están jubilados son asiduos a congregaciones similares. Algunas cometas son tan grandes que es necesario anclarlas a tierra. En otro recinto de vuelo, habilitado junto a la costa, donde corre mejor la brisa salada del mar de Bohai, rotaba un rodillo hueco de 35 metros de largo. Sujeto al suelo mediante gruesas cuerdas, su patrón ajedrezado producía un efecto visual hipnótico al girar, como si uno se asomara a un agujero negro. “Con poco viento no consigue elevarse, y con demasiado viento puede resultar peligrosa; si la fuerza es excesiva, incluso podría levantar a un niño del suelo”, cuenta Xue Yongqiang, presidente de la Asociación de Cometas de Jiaozhou, una ciudad cercana, a quien pertenece esta cometa que costó más de 40.000 yuanes (casi 5.000 euros). Hoy, que la cosa está tranquila, la cometa gira a ras de suelo, y los críos juegan a pasar por debajo cada vez que el viento la eleva, por lo que Xue les llama la atención de vez en cuando. A sus 37 años, cuenta que se aficionó cuando su hija empezaba a caminar. Fue durante un Qingming, el día de limpieza de tumbas, fecha en la que se mantiene en muchos lugares de China la costumbre ancestral de volar cometas para ahuyentar los malos espíritus. Ahora que la hija ha crecido, ya no juega tanto, pero Xue habla con pasión de las cometas, y del buen ambiente entre aficionados: acuden a distintos campos de vuelo, acampan de noche, comparten barbacoas.“Es algo que transmite la cultura tradicional, apto para todas las edades”, añade Gao, otro de los miembros de la asociación. En esta zona es como si formara parte del ADN de la gente: de niño, recuerda, fabricaba sus propios modelos con tallos de sorgo y papel de periódico.La cometa, el primer artefacto volador creado por el ser humano, es un invento chino de hace casi 2.500 años. Según los registros, el filósofo chino Mo Di (478-392 a. C.) fue el primero en intentar fabricar una; su discípulo Lu Ban mejoró la idea y logró que un modelo con forma de urraca y armazón de bambú permaneciera volando tres días: es considerado “el padre de la cometa”, afirma uno de los paneles del museo de las cometas de Weifang. El centro expone cientos de modelos y ofrece un repaso por la historia del artilugio. Tuvo aplicaciones en el campo bélico: cargadas de pólvora (otra invención china) los ejércitos de la dinastía Song (960–1279) las usaron de forma similar a drones explosivos; facilitaron avances en el terreno científico, ayudando a medir distancias, a cartografiar, a comprobar la carga eléctrica de los relámpagos. Su función se extendió como entretenimiento folclórico. Hechas a menudo de pasta de papel (de nuevo, un invento chino) se propagaron con el florecimiento de la industria papelera, y se convirtieron en un pasatiempo popular y barato. Viajaron a otros continentes, se fundieron con otras culturas, aunque quedaron también vinculadas a su tierra de origen y a las zonas donde se habían producido, como Weifang. En 1984, cuando China se abría al mundo, la ciudad logró el permiso para celebrar el primer festival internacional. En 2006, la fabricación de cometas de esta zona fue incluida en la primera lista china del patrimonio cultural inmaterial.Hoy, la localidad, de más de nueve millones de habitantes, está volcada con el símbolo: la estación de tren, vista desde el cielo, tiene forma de cometa, las carreteras están jalonadas de farolas con la silueta de una mariposa, metáfora de la cometa, y se multiplican los turistas: “Vimos fotos del festival y nos gustó, por eso hemos querido venir”, cuentan Xiao Ya, de 32 años, y Tu Tu, de 36, procedentes de Pekín. Volarlas puede ser un arte más complejo de lo que parece. “Requiere matemáticas, física y aerodinámica; sin estas tres es imposible”, observa Mehmet Naci Aköz, presidente de la asociación de voladores de cometas de Estambul. También es necesario agregar el “amor” por ellas. De niño las fabricaba a mano con ramas y papel de periódico endurecido con agua y harina. A sus 67 años, es un experto reconocido en Turquía, y viaja por el mundo a los principales festivales. Este año, su quinto en Weifang, ha volado un gigantesco anillo de 22 metros, dos caballos de 12 metros y un panda de 3. Su equipo terminó esta edición recibiendo el primer premio en la categoría de efectos aéreos. La competición atrajo a 260 equipos de 57 países y regiones; en total, 1.541 participantes con 2.370 cometas. Muchos cuentan historias de pasión desde la infancia: “Al principio tenía una sensación de logro al ver que podía hacer volar algo con mis propias manos. Luego empecé a diseñar cometas yo mismo, y es una sensación de logro aun mayor”, relata Sun Shen Bo, de 26 años, sentado sobre un saco de una tonelada que sujeta los cabos que van hasta dos larguísimas y coloridas cometas de unos 50 metros con forma de gusanos prehistóricos. El aire les entra por las fauces, les infla el cuerpo, y flamean a contraviento. Chu Xiao Juan, diseñadora de cometas, cuenta su secreto: “Una imagen está muerta pero mis cometas parecen vivas”. Dueña de la empresa local Xinyu Fengzheng, Xiao crea modelos “inflables”. Tiene bastantes encargos publicitarios, pues siempre resulta atractivo anunciar algo desde el aire. Recibe dibujos e ideas, ella los convierte en algo tangible. La clave, dice, se encuentra en la abertura al viento, la expulsión de aire por la cola, y el ángulo de vuelo. “Es algo espiritual”, añade uno de sus empleados. Al atardecer, el campo de vuelo se vacía a medida que muere el viento. Con el poco que queda, una cometa con forma de enorme rodaja de sandía trata de remontar el vuelo, y permite un juego divertido: si uno se cuelga de sus cuerdas, con cada golpe de aire la cometa asciende y lo levanta a uno varios palmos del suelo. Alrededor, familias felices charlan sentadas sobre una manta; ese otro grupo ríe con una cerveza y algo de picar; unos padres discuten a gritos cuando toca recoger la cometa del niño, pero por lo general es un ambiente relajado, que por algún motivo, quizá primigenio, es el estado de ánimo que deja pasar un día entre cometas.