El vídeo viral es tan brutal como estremecedor. Un hombre levanta un cuchillo de cocina para intentar decapitar a una víctima indefensa a la que tiene inmóvil en el suelo en una calle de Belfast. Segundos después, tres valientes vecinos se abalanzan sobre el agresor mientras residentes y transeúntes observan horrorizados. Las imágenes, de apenas 54 segundos, han desatado una ola de violencia donde coches, supermercados y casas están siendo calcinados, símbolo de un problema cada vez mayor en un Reino Unido completamente fracturado. El agresor, Hadi Alodid, un hombre de 30 años de origen sudanés que disfrutaba de un visado temporal de cinco años en calidad de solicitante de asilo, ha comparecido este miércoles ante el tribunal acusado de intento de asesinato. La víctima, Stephen Ogilvie, un británico de 40 años trabajador del Servicio Nacional de Salud, se encuentra en estado crítico y ha perdido su ojo izquierdo. El escenario es Irlanda del Norte, marcado por el profundo cambio demográfico de las últimas décadas con la llegada de inmigrantes que buscan aún su sitio en una sociedad que sigue profundamente marcada por la política sectaria entre católicos y protestantes. Todo en un país cada vez más dividido, aún conmocionado por la condena de la semana pasada de un sij por asesinar al joven británico Henry Nowak al que acusó falsamente de un ataque racista, y donde figuras de la derecha radical a ambos lados del Atlántico utilizan el malestar social como laboratorio político para alimentar discursos nacionalistas identitarios. Elon Musk, multimillonario propietario de X y crítico habitual del gobierno laborista, ha declarado ante sus más de 240 millones de seguidores: "Solo protestando REPETIDAMENTE y CON FUERZA lograremos algún cambio". Los hechos ocurrieron el pasado lunes en Kinnaird Avenue, una calle residencial del norte de la capital norirlandesa, poco después de las 22:30 hora local. Nimon Abshir, un inmigrante somalí de 25 años, acababa de aparcar su coche para recoger un documento de visado que un amigo le había impreso. El trabajador de almacén explicó que al principio pensó que estaba viendo a dos hombres peleándose en el suelo. "Vi a dos hombres: el hombre negro estaba encima y el blanco debajo", contó a The Telegraph. Abshir relató que gritó "¡eh, eh!" al atacante tras escuchar un "grito desgarrador", antes de que la víctima pidiera auxilio a voces. "Entonces vi el cuchillo y la sangre. Toqué el claxon para alertar a otras personas", explicó. También aseguró haber hablado con una mujer que llamó al 999 a las 22:32. En el vídeo se escucha a esta última, aparentemente quien estaba grabando la escena, gritar: "¡Quítate de encima de él, maldita rata!", antes de exclamar "¡rápido!" y "¡cogedlo!" mientras tres hombres cargan contra el agresor. Los hombres golpearon y patearon al atacante mientras intentaban liberar a la víctima ensangrentada. Uno de ellos, Maitiu Mag Tighearnan, utilizó un hurley —el palo de madera empleado en el deporte irlandés del hurling— para golpear repetidamente al agresor en la cabeza. Minutos después llegan los agentes. El episodio coincide con el aniversario de las violentas protestas celebradas en Irlanda del Norte en junio del año pasado por la presunta violación de una menor por dos adolescentes de origen rumano en Ballymena, que posteriormente fueron declarados no culpables y absueltos. Políticos, policías y líderes comunitarios han vuelto ahora a hacer un llamamiento a la calma por temor a una nueva ola de violencia similar a la ocurrida la semana pasada tras salir a la luz el asesinato de Henry Nowak, un estudiante de 18 años, a manos de Vickrum Digwa, un joven sij de 23 años que utilizó para el crimen su kirpan —la daga ceremonial que la ley británica permite portar a los fieles de esta religión india—. Pero, de nuevo, las peticiones para mantener la calma han sido desatendidas. A las 23:39 hora local del lunes, aproximadamente una hora después del ataque, el activista de extrema derecha Tommy Robinson compartió el vídeo con sus millones de seguidores en X. Tanto sus mensajes como los de otros activistas, que fueron retuiteados por Musk ante sus seguidores, se propagaron rápidamente por internet. El primer ministro, Keir Starmer, ha calificado el ataque de "horrible" y "repugnante", agradeciendo especialmente la intervención de los ciudadanos que acudieron en ayuda de la víctima. Su reto es demostrar que comparte esa indignación y que empatiza con la preocupación de muchos ciudadanos, sin recurrir a una retórica que pueda considerarse irresponsable. Esto último no debería resultar complicado para un primer ministro conocido por su cautela, aunque precisamente esa prudencia excesiva suele generar críticas por parecer distante o insuficientemente contundente. El problema de Nigel Farage, líder de Reform UK, es justamente el contrario. Una de las claves de su popularidad es su capacidad para hablar sin los tecnicismos habituales de Westminster y conectar emocionalmente con el enfado de parte de la población. Eso le permite presentarse como la voz del ciudadano común frente a lo que describe como una élite política alejada de la realidad. En este caso, Farage criticó al Gobierno por conceder permisos de residencia "como si fueran caramelos Smarties", después de conocerse que el acusado había solicitado asilo en Belfast tras cruzar sin controles desde Dublín. "Francamente, esta gente no debería estar aquí", declaró, mucho más cauto, quizá por miedo a volver a ser acusado de alimentar la división social tras el asesinato de Henry Nowak. Cuando salió a la luz la semana pasada, pidió a la población que reaccionara con una "ira fría y pura", unas palabras que muchos interpretaron como un guiño irresponsable a sectores cercanos a Tommy Robinson. En la tarde del martes comenzaron a circular en redes sociales convocatorias de protesta que preocuparon seriamente a las autoridades. Uno de los mensajes, difundido masivamente por WhatsApp, advertía de un "día de locura en Belfast" e instaba a los hombres mayores de 18 años a vestir ropa oscura y estar preparados "para pelear o ser arrestados". Poco después, el Ayuntamiento de Belfast anunció la suspensión de todos sus servicios para esa noche debido a las protestas previstas. Ese mismo día, el jefe de la Policía de Irlanda del Norte, Jon Boutcher, explicó que el sospechoso habría viajado desde Sudán a París y posteriormente a Dublín antes de tomar un autobús hacia Belfast en febrero de 2023. Una vez allí, solicitó asilo y obtuvo permiso de residencia en Reino Unido en septiembre de ese mismo año. El Ministerio del Interior británico confirmó que el sospechoso obtuvo el estatus de refugiado y permiso de residencia hasta 2028. Su llegada podría reavivar las críticas hacia varios países europeos, especialmente Francia, por el control de sus fronteras. La "ruta irlandesa" del asilo La llamada "ruta irlandesa" consiste en que los migrantes llegan a Dublín desde otros países europeos, en ocasiones utilizando documentación falsa, y posteriormente cruzan sin controles migratorios hacia Irlanda del Norte para presentar una solicitud de asilo. Reino Unido e Irlanda comparten el Área Común de Viaje (Common Travel Area), que permite la libre circulación sin controles fronterizos rutinarios. Respetar esta frontera fue una de las piezas más complicadas del Brexit. Alrededor de 35.000 personas atraviesan cada día esta línea cargada de historia. A lo largo de sus 500 kilómetros hay más de 200 cruces completamente invisibles. La única manera de saber si estás a uno u otro lado es que los tramos están señalizados en kilómetros o en millas. La ministra de Justicia de Irlanda del Norte, Naomi Long, afirmó que había planteado al Ministerio del Interior la cuestión del tráfico de personas a través de la frontera irlandesa. "Reconozco que existen desafíos cuando se puede viajar libremente, y lo que no queremos de ninguno de los dos lados de la frontera es que el Área Común de Viaje sea explotada con fines ilícitos", señaló. No obstante, añadió que era importante "no demonizar a ninguna comunidad ni a ningún grupo de personas". Los disturbios han dejado calcinadas viviendas, autobuses, coches y contenedores. Las imágenes mostraban a bebés siendo evacuados de viviendas vecinas mientras las llamas avanzaban por las casas. Un sacerdote local aseguró que algunas familias estaban siendo expulsadas de sus hogares "porque son negras". En Kinnaird Avenue, varios vecinos expresaron preocupación por la presencia de refugiados alojados en bloques de apartamentos gestionados por Radius Housing, una de las mayores asociaciones de vivienda social norirlandesas. "Esos pisos están llenos de inmigrantes y drogadictos. Desde hace tiempo se veía venir que algo malo acabaría ocurriendo", afirmó un residente a la prensa local pidiendo permanecer en el anonimato. "La policía viene aquí constantemente. Es una pesadilla. Si hubiera sabido cómo era la zona antes de mudarme, no lo habría hecho", afirmó otro vecino. Llamados a contener la violencia "Grupos de hombres enmascarados forzando con el fuego la salida de sus hogares de familias enteras", denunciaba con frustración el martes por la noche la ministra principal de Irlanda del Norte, Michelle O’Neill, del partido republicano Sinn Féin. "Eso es simplemente cobardía asquerosa", acusaba. O’Neill compareció en Stormont, sede de la Asamblea Autónoma de Irlanda del Norte, acompañada de la viceprimera ministra, Emma Little-Pengelly, del partido unionista DUP, y del comisario jefe del Servicio de Policía de Irlanda del Norte, Jon Boutcher. Todos ellos pedían a los ciudadanos que mantuvieran la calma. Y, sobre todo, que no se dejaran arrastrar por la llamada a la violencia de "gente que no sabe nada sobre Irlanda del Norte y que usa las redes sociales y su naturaleza tóxica para incitar a las personas a hacer lo que no quieren hacer", señalaba Boutcher. "Cualquier preocupación respecto a la inmigración debe discutirse a través de los canales políticos", reclamaba. En Irlanda del Norte —una de las regiones más desfavorecidas económicamente de Reino Unido— la violencia es una constante. El acuerdo de paz de 1998 puso fin al sangriento conflicto entre católicos —quienes aspiran a una Irlanda reunificada— y protestantes —quienes defienden que Irlanda del Norte siga formando parte de Reino Unido—. Pero la sociedad sigue profundamente fragmentada y las tensiones afloran con facilidad. El Brexit avivó las divisiones y el Protocolo de Irlanda, que buena parte de la comunidad unionista interpretó como una traición de Londres, las profundizó aún más. En los últimos años, sin embargo, la inmigración irregular y la llegada de solicitantes de asilo de otras partes del mundo se han convertido en una de las pocas cuestiones capaces de movilizar conjuntamente a comunidades tradicionalmente enfrentadas. Un taxista de Belfast resumía este miércoles a la prensa local el estado de ánimo de parte de la ciudad con una observación irónica. "Lo más sorprendente que he visto hoy", bromeó, "es a tres aficionados de los Rangers y tres del Celtic protestando juntos". Luego añadió, en tono más serio: "Te lo digo de verdad, algo está pasando. La ciudad ya ha tenido suficiente". Las estadísticas hablan de un cambio gradual, no de una transformación radical. El último censo muestra que la proporción de católicos en Irlanda del Norte se sitúa ligeramente por encima del 45% y la de protestantes por debajo del 44%, con un número creciente de personas que no se identifican con ninguna de las dos religiones. En el norte de Belfast, los límites entre los distritos verdes y naranjas siguen estando bien definidos, pero se ha observado un lento aumento de personas de minorías étnicas, incluidas comunidades africanas, asiáticas y de Europa del Este, que se concentran en alquileres privados más económicos y en algunos complejos de viviendas sociales. Estas cifras siguen siendo modestas en comparación con las ciudades inglesas. Sin embargo, en barrios densamente poblados y de bajos ingresos, donde la gente ya se siente agobiada para llegar a fin de mes —alrededor del 20% de la población de Irlanda del Norte vive en situación de pobreza— incluso los cambios relativamente pequeños pueden tener un gran impacto político.