Curiosamente las letras iniciales del nombre de Abelardo y el apellido de Cepeda son el comienzo del abecedario, ABC, pero todavía no se ponen de acuerdo para encontrarse y debatir sobre el futuro de Colombia. No pueden ser inferiores a ese compromiso histórico con Colombia. De no realizarse ese debate, nos estarían demostrando su incapacidad para conducirnos por caminos democráticos y civilizados. En tal caso, como ciudadanía responsable, no tendríamos otra opción que votar en blanco, pues ello significaría que ambos candidatos han optado por ser enemigos y no adversarios. Adversarios capaces de debatir y dirimir sus diferencias con argumentos, en lugar de enemigos entrampados en el terreno de la violencia simbólica del insulto, la mentira y la calumnia, antesala de la violencia directa para “destripar” al contrario. De no realizarse debate alguno —por lo menos deberían ser dos—, nos estarían condenando como ciudadanía a elegir sin la suficiente información y el conocimiento de los argumentos de cada uno, más allá de la provocación y la manipulación emocional a la que han limitado esta campaña sus asesores de marketing electoral y miles de sus fanáticos a través de las redes sociales. Es decir, nos estarían negando el derecho a votar con responsabilidad y conocimiento de sus propuestas, para llevarnos a las urnas a decidir con emocionalidad e irracionalidad, alentados por miedos, prejuicios, odios y una campaña electoral circense con un tigre como protagonista. ¡Como si las elecciones fueran un festival, con fuegos artificiales y rugidos salvajes, en lugar de un proceso de deliberación ciudadana, en donde está en juego la vida y dignidad de todos! Por tanto, si no hay deliberación, más allá de la actual deplorable confrontación entre ambos candidatos, solo tendría sentido el voto en blanco, pues no estarían a la altura de lo exigido por toda democracia legítima, como es que los ciudadanos votemos con suficiente información veraz, en libertad y sin ser manipulados y radicalizados recurriendo a emociones deleznables y expectativas irrealizables. El resultado sería, más allá de quién resulte ganador, un voto viciado por la desinformación y la ausencia de deliberación, que le daría al futuro presidente una especie de mandato sustentado en emociones pueriles y promesas inciertas, con unas consecuencias impredecibles para los derechos y libertades públicas de todos los ciudadanos. Voto en blanco no vinculanteLamentablemente ese voto en blanco, de ser mayoritario, no tendría fuerza vinculante en la segunda vuelta presidencial para obligar a realizar otra elección con diferentes candidatos. Así lo explica Nicolás Farfán Name, registrador delegado en lo electoral: “El voto en blanco tiene un efecto simbólico, ya que la Constitución Política, en el parágrafo primero del artículo 258, establece que solo en la primera vuelta presidencial se debe repetir la elección cuando gana el voto en blanco”. Por eso, ese debate tiene hoy más importancia que el debut de la Selección en el Mundial, pues con nuestro voto nos estamos jugando nuestros derechos a vivir decentemente y convivir en paz. Sencillamente porque del debate dependerá, en gran parte, la vida y suerte de todos durante los próximos cuatro años, así como el porvenir de varias generaciones. Mientras que nuestra Selección, más allá de su desempeño en el mundial, nos deparará alegrías y tristezas pasajeras que, con el paso de los años, se irán diluyendo, a no ser que nos traiga la Copa. Pero esa posibilidad es tan remota como pensar que después de las elecciones viviremos en una “Patria Milagro” o en una “Colombia Justa”, según las propuestas de ambos candidatos. Propuestas que alientan las ilusiones y aspiraciones de millones de incautos electores, mezcladas con un batiburrillo de sórdidas pasiones y emociones que van desde las discriminaciones sociales, raciales y sexuales, reforzadas por prejuicios ideológicos, odios, venganzas y revanchas. Todo ello, estimulado irresponsablemente por fanáticos de ambos bandos que circulan esa bazofia de propaganda y desinformación por las redes sociales. Esas nauseabundas alcantarillas y cloacas modernas, en las que viven sumergidos millones de sus seguidores. Obviamente, semejantes campañas nada tienen que ver con la democracia, pues lo que exacerban es una Colombia dividida, inexorable y trágicamente entre víctimas y victimarios, como consecuencia de tensiones y desigualdades sociales inscritas en un tiempo casi geológico, desde la conquista hasta nuestros días. Tensiones que no hemos sido capaces de resolver democráticamente desde el inicio de la República, porque cuando se ha intentado hacerlo civilizadamente siempre resurgen líderes políticos defensores a ultranza de este decadente e inicuo statu quo, generador perpetuo de víctimas irredentas y victimarios impunes. Líderes y protagonistas de una violencia que impide a sangre y fuego la transformación democrática de la sociedad, pero que por ausencia de memoria civilista y rendición de cuentas de los principales responsables de tanta ignominia, éstos vuelven a reencarnar en coyunturas electorales como la actual, prometiendo milagros y salvación nacional. Sin memoria política no hay democracia Por eso, hay que traer a la memoria de esta nación políticamente amnésica, aquejada de un Alzheimer crónico, la violenta campaña electoral de 1948, que llevó a Jorge Eliécer Gaitán a pronunciar la célebre y siempre olvidada “Oración por la Paz” el 7 de febrero de 1948. En ella encontramos el hilo de Ariadna que nos sacaría de este sangriento laberinto de víctimas y victimarios, al exigir en tono enérgico y civilizado al presidente conservador Mariano Ospina Pérez: “Os pedimos que cese la persecución de las autoridades; así os lo pide esta inmensa muchedumbre. Os pedimos una pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad”. Su magnicidio el 9 de abril de 1948 impidió que ello fuera posible, así como ya en nuestros días otra serie de magnicidios en línea lo ha impedido y profundizado: Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, a los que habría que sumar el exterminio de miles de líderes sociales y miembros de la brutalmente aniquilada Unión Patriótica, junto a otros miles, también, dirigentes y militantes de los partidos liberal, conservador y diversos gremios empresariales, víctimas de la vorágine de secuestros, extorsiones y venganzas de supuestas organizaciones revolucionarias que aún persisten en el extravío criminal de pensar que “el poder nace de la punta del fusil”.Por una democracia sin víctimas ni victimarios Semejante maremágnum de víctimas y victimario fue registrado rigurosamente en el informe final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y no Repetición, en una tenebrosa contabilidad obtenida a partir de la consulta y contrastación de “112 bases de datos aportadas por 42 instituciones del Estado, organizaciones de víctimas y organizaciones de la sociedad civil”, con las siguientes escabrosas cifras finales: “450.664 personas perdieron la vida a causa del conflicto armado entre 1985 y 2018. Si se tiene en cuenta el subregistro, la estimación del universo de homicidios puede llegar a 800.000 víctimas. Entre 1995 y 2004, se registró el 45 % de las víctimas (202.293 víctimas). Los principales responsables de los homicidios fueron: Grupos paramilitares: 205.028 víctimas (45%), Grupos guerrilleros: 122.813 víctimas (27%). Del porcentaje de guerrillas, el 21% corresponde a las FARC-EP (96.952 víctimas), el 4% al ELN (17.725 víctimas) y el 2% a otras guerrillas (8.496 víctimas). Agentes estatales: 56.094 víctimas (12%)”. Para no agobiar a los lectores con más cifras de horror de esta tanática, vanagloriada y ahora defendida “democracia”, que supera con creces el número de víctimas de todas las dictaduras del Cono Sur, sugiero consultar el informe final de la Comisión de la Verdad. Cifras que niegan cruelmente la clásica definición mínima de democracia de James Bryce como “La forma de gobierno que permite contar cabezas sin cortarlas”, gracias a elecciones libres celebradas sin violencia y constreñimiento a los electores. En nuestra historia y el presente la hemos sustituido por esta inverosímil y cruenta “democracia”, “que permite cortar cabezas sin poder contarlas” en la que nos hemos acostumbrado a vivir, votar y morir, en nombre de la estabilidad institucional. Todo ello, en medio de elecciones ininterrumpidas desde 1957, muchas de ellas bajo amenazas y control de organizaciones armadas ilegales en vastas regiones y municipios del país, que hoy suman aproximadamente 136. Sin olvidar el fraude electoral que permitió en 1970 la presidencia de Misael Pastrana Borrero, del Partido Conservador, y la derrota de Gustavo Rojas Pinilla de la Anapo. Según el informe de la Misión de Observación Electoral, “en comparación con el periodo electoral equivalente de 2022 (y no con un año calendario), la violencia letal contra liderazgos políticos aumentó un 31%, pasando de 51 a 67 casos. Un fenómeno crítico fue el incremento del 1.300% en los secuestros, que pasaron de 1 caso en el periodo electoral de 2022 a 14 en el de 2026”. Entre los 67 casos de violencia letal, se encuentra el asesinato del precandidato del Centro Democrático, Miguel Uribe Turbay, según investigaciones de la Fiscalía, perpetrado por la “Segunda Marquetalia”. Macabro telón de fondo Tal es el macabro telón de fondo que tendrán Abelardo y Cepeda en desarrollo del debate que todos los colombianos esperamos, con más ansiedad que el partido de Colombia, el próximo 17 de junio, frente a Uzbekistán. Un partido que sería un bálsamo en esta encrucijada, de no haberse mancillado electoralmente el uniforme de la Selección en búsqueda de votos. Y en dicho telón aparecen, de alguna forma, los dos finalistas en esta segunda vuelta, pues ambos indirectamente han tenido relaciones con las víctimas y los victimarios. Abelardo, como asesor de las AUC en la fase inicial de su proceso de desmovilización durante el gobierno del expresidente Uribe Vélez, quien, como máximo jefe del Centro Democrático, le acaba de brindar su respaldo para la segunda vuelta. Y Cepeda, como fundador del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE), pero también como promotor y asesor de la desmovilización de las Farc-Ep durante las conversaciones de paz en La Habana, en el gobierno del expresidente Juan Manuel Santos. El almendrón del debate Sin duda, ambos deberán abordar el rol jugado en dichos procesos. Así la ciudadanía podrá sopesar la mayor o menor contribución y responsabilidad de cada uno, tanto en evitar la repetición y perpetuación de más víctimas; en la reparación de sus daños; el esclarecimiento de los crímenes y la desmovilización de los victimarios. Pero, sobre todo, en poner fin para siempre a esa espiral continua de victimización, sin impunidad, con verdad y la mayor justicia posible para las incontables víctimas tanto de las AUC como de las FARC-EP. También nos explicarán, seguramente, sus posturas frente al Acuerdo de Paz de 2016 y la continuidad de instituciones creadas por el mismo, como la Jurisdicción Especial para la Paz y la Unidad de Búsqueda de personas dadas por Desaparecidas en desarrollo del conflicto armado interno. En últimas, lo crucial y esencial en ese debate es que todos los colombianos y colombianas podamos tener suficientes elementos de juicio para discernir el compromiso de ambos candidatos con la democracia y las instituciones de la Carta del 91: el Estado Social de Derecho, la justicia, las diversas formas de propiedad contenidas en el articulo 58, su función social y ecológica, la promoción de sus formas asociativas y solidarias y, en especial, las libertades públicas, mediante la promoción y garantía de los derechos humanos, la defensa y protección de la pluralidad étnica y cultural de comunidades, así como de las diversas orientaciones sexuales. El tiempo apremia Pero, sobre todo, cuáles estrategias aplicarían para romper el nudo gordiano de la violencia, la corrupción, la inseguridad y la impunidad, formado por la simbiosis de la política con el crimen, cuyas máximas expresiones han sido la narcopolítica, la parapolítica y la narcoguerrilla con su capacidad para penetrar “todas las instancias del poder”, como lo expresó Mancuso al periodista Juan Carlos Giraldo en la famosa entrevista del noticiero RCN, por la cual probablemente fue extraditado a Estados Unidos unas semanas después, junto a la cúpula de comandantes de las AUC. ¿Cómo desatarían ese nudo que cuenta cada vez con más cómplices y beneficiarios de cuello blanco, hoy ocultos y muy bien mimetizados, cuya máxima expresión fue la narcoparapolítica y tuvieron como pioneros en la economía a David Murcia Guzmán y hasta hace poco a Alex Saab en Venezuela, defendidos por Abelardo? Obviamente hay muchas más preguntas acerca del modelo económico y el rol del Estado en su desarrollo e impulso, que definen la cuestión social del empleo, los salarios, la salud, las pensiones, las inversiones, el déficit fiscal y la inserción de Colombia en la comunidad internacional y los riesgos para su soberanía. Por eso un solo debate no es suficiente y el tiempo apremia, pues el mundial de fútbol comienza el próximo jueves 11 de junio y el 21 a las urnas.
Colombia, más allá de víctimas y victimarios (II)
Si Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda siguen negándose a debatir, como ciudadanía responsable no tendríamos otra opción que votar en blanco, pues ello significaría que ambos candidatos han optado por ser enemigos y no adversarios










