La liga profesional de béisbol de Estados Unidos (MLB) estuvo suspendida durante tres meses entre mayo y julio de 2020, en el peor momento de la pandemia. Cuando por fin se reanudó, lo hizo a puerta cerrada o con acceso muy restringido. Por primera vez en muchos años, a estrellas del deporte como Mike Trout, de Los Angeles Angels, o Christian Yelich, de los Milwaukee Brewers, les tocó celebrar sus triunfos ante una grada vacía.La excepción más llamativa fueron los Chicago Cubs. La escuadra azul del norte de Chicago, eternos rivales de los White Sox, contó ese verano con el aliento de los centenares de vecinos que siguieron sus partidos desde los edificios que rodean Wrigley Field espartana y coqueta cancha de los Cubs. Su mejor jugador, el pitcher Kyle Hendricks, incluso dedicó a ese pequeño reducto de espectadores “clandestinos” la muy sufrida victoria del 3 de agosto contra los Kansas City Royals.El covid había convertido a los “chicos del tejado” en sus únicos fans, y justo era reconocérselo. Aunque muchos de ellos no eran exactamente vecinos, sino personas que habían pagado una entrada para ver un espectáculo deportivo en vivo y en directo en plena pandemia, cuando casi nadie en el mundo podía hacerlo.Solo para tus ojosNo se trata de algo completamente insólito. Los aficionados al fútbol español saben bien que desde algunos balcones de Vallecas se pueden ver perfectamente los partidos del Rayo, y las torres residenciales de Eibar ofrecen, desde 1947, una panorámica idónea de lo que ocurre en el interior del estadio municipal de Ipurúa. En Hungría, suele decirse que el Haladás de Szombathelyi tiene muchos más espectadores fuera del estadio, en las terrazas de los aledaños, que dentro.Hay más casos. El Famalicao portugués y el Cruz Azul mexicano (hasta 2024) han jugado también en estadios ubicados en zonas de alta densidad, con edificios muy altos y centenares de espectadores disfrutando de los partidos desde el balcón de casa como si estuviesen en una tribuna elevada. El argentino Atlético Sarmiento tiene al menos una azotea, considerada uno de los rincones más románticos de la ciudad de Junín, en la que se reúnen parejas para tomar mate y ver fútbol en sus primeras citas. Y desde los pisos superiores de los edificios que rodean el estadio Johan Cruyff, sede del filial del F. C. Barcelona, se ve perfectamente el césped y lo que ocurre en él. Tanto, que en septiembre de 2025, durante el Barcelona-Valencia que se disputó en esta cancha con capacidad para 6.000 espectadores, algunos vecinos recibieron ofertas de hasta 500 euros de turistas que querían pasar a sus casas a ver el partido.Pero lo de las azoteas de Wrigley (Wrigley Rooftops) es otro nivel. Les tocó la lotería cuando Wrigley Park aterrizó en el vecindario y en torno a ellas ha florecido una industria cada vez más lucrativa. La pandemia, al vaciar los estadios, hizo que la prensa internacional descubriese la curiosa anomalía que suponen las azoteas en verano de 2020, pero cualquier aficionado al béisbol que visita Chicago sabe, al menos desde la década de 1980, que la manera más exótica de ver un partido de los Cubs es comprar una entrada para una de las célebres azoteas.Estos días, la noticia es que los Cubs han demandado a la empresa propietaria de una de esas tribunas externas porque, según el equipo de Chicago, estaba grabando los partidos y retransmitiéndolos a través de canales privados de streaming. De ser esta cierta esta incursión en el mágico mundo de la piratería televisiva de muy alto standing (la empresa demandada lo niega, dice que lo único que hacen es ofrecer a sus clientes “recuerdos filmados de la experiencia”), estaríamos ante un nuevo modelo de negocio, otro más, asociado a las cada vez más rentables azoteas.En total, son 16, pero 11 de ellas pertenecen a la familia Ricketts, propietaria de los Cubs desde 2009, o han llegado a acuerdos de explotación que, en la práctica, las convierten en servicios subcontratados por el club. El problema lo plantean los cinco edificios restantes, únicos supervivientes de una asociación que agrupaba a todos los propietarios hasta 2016, momento en que los Rickett, aplicando la vieja máxima de que lo mejor es unirte a tu enemigo si no puedes con él, empezaron a comprar una azotea tras otra y convertirse en principales proveedores del servicio que antes habían considerado competencia desleal.El núcleo de los resistentes controla, pese a todo, cinco de las azoteas mejor situadas y más rentables. Y las ha convertido en palcos de lujo con cómodas butacas, servicios de bar y de catering e incluso inmensas pantallas de televisión de alta definición para seguir mejor el juego o ver lo que sucede en otros estadios. Es el caso de Wrigleyville Rooftops 2, en el número 3609 de la calle Sheffield Norte.Pasen y veanLa historia viene de muy atrás y ha ido añadiendo complejas subtramas a lo largo de los años. Los Cubs, fundados en 1870, se mudaron en 1916 al futuro Wrigley Field (por entonces se llamaba aún Weegham Park). Era un estadio bonito, moderno y con capacidad para más de 30.000 espectadores, pero tenía un problema: estaba en el centro de un barrio en proceso de crecimiento, hoy llamado Wrigleyville y muy de moda, en el que empezaban a construirse bloques de viviendas de más de cinco pisos. De hecho, ya había unos cuantos. Desde muchos de ellos se veía perfectamente la cancha, pero por entonces a nadie parecía preocuparle demasiado que un pequeño grupo de vecinos con suerte disfrutase de los partidos sin pasar por taquilla.La cosa empezó a complicarse 20 años después del traslado, en 1938, cuando los Cubs se jugaron el título, en unas World Series bautizadas como “el duelo del siglo”, contra los New York Yankees del legendario Joe Di Maggio, uno de los deportistas más célebres de la historia. Todo el mundo quería ver esos partidos. El estadio estaba abarrotado y los balcones también. Y, por primera vez, un club social con sede en uno de los edificios circundantes, el Sheffield Baseball Club, empezó a cobrar entrada a los que querían acceder a su azotea.El resto de propietarios siguieron su ejemplo, persiguiendo al principio unos ingresos extras, con un modelo de negocio artesanal y minoritario que tampoco inquietaba en exceso a los inquilinos del estadio. Pero aquello fue a más. Especuladores inmobiliarios con olfato empezaron a hacerse con las azoteas ya en la década de los setenta, y convirtiéndolas en palcos pirata con toda clase de servicios y comodidades. La prensa local pronto empezaría a decir que la mejor manera de ver béisbol en el norte de Chicago era acceder a alguno de estos observatorios clandestinos.Los Cubs acabarían padeciendo años muy oscuros, con el equipo en crisis, el estadio casi vacío y, pese a todo, las azoteas circundantes llenas a rebosar. Más que un equipo de béisbol, se habían convertido en una atracción turística, los perdedores a los que puedes ver desde las alturas mientras te tomas un mojito. Y el negocio lo estaban haciendo personas ajenas al club, no ellos.Un pleito de muy largo recorridoPor supuesto, los Cubs demandaron a sus parasitarios vecinos en múltiples ocasiones. Pero el embrollo judicial, que muy pronto habrá durado ya medio siglo, produjo un reguero de sentencias contradictorias. La mayoría de los jueces acabaron instando a club y propietarios a sortear el vacío legal llegando a un acuerdo que les permitiese compartir los ingresos generados por el negocio paralelo en que se habían convertido las azoteas. Los Cubs lo intentaron. Pero resultó muy difícil pactar porcentajes que resultasen aceptables para ambas partes y, además, el club se quejaba de que las cifras de ingresos declaradas por los promotores eran muy inferiores a las reales.Todo cambió con la irrupción de los Rickett y su agresiva política de comprar las azoteas y convertirlas, por fin, en gradas externas gestionadas por el club. Algunos vendieron sin más y otros llegaron a acuerdos para convertirse en proveedores de servicios. Se auditaron las cuentas de las azoteas transformadas en franquicia. Los Rooftops seguían en pie, pero estaban dejando de ser un negocio fraudulento.Pese a tan evidentes progresos, los cinco edificios con los que no ha sido posible llegar a ningún acuerdo siguen siendo para el club una espina clavada y una continua fuente de tensiones. Lo de las transmisiones clandestinas no es más que el penúltimo capítulo de un pulso que no cesa. Aunque Michael McCann, en la revista digital Sportico, considera que el cerco se está estrechando y que los Cubs tienen ahora las de ganar.El argumento del club sigue siendo el mismo desde hace un siglo: los residentes del barrio tienen todo el derecho del mundo a ver los partidos gratis desde sus viviendas o a invitar amigos a verlos con ellos, pero no pueden cobrar por dar acceso a un espectáculo de pago en cuya organización no participan. El pasado 4 de mayo, según cuenta McCann, la juez Sharon Johnson Coleman desestimó una solicitud de sobreseimiento del propietario de una de las azoteas independientes, Aidan Dunican, y concluyó “que los argumentos legales de los Cubs son muy plausibles y parece lógico que sean llevados a juicio”.Eso es lo que necesitan los Cubs: una sentencia judicial inequívoca que obligue a los independientes a dejar de lucrarse a su costa. Así, si alguien quiere ver en vivo y en directo a los del norte de Chicago, podrá hacerlo desde el estadio o desde las azoteas con pizza y cócteles, pero siempre pasando por la taquilla de los Cubs, que son los que tienen un equipo en la liga profesional de béisbol. Después de todo, recuerda McCann, “son ellos los que se han gastado este año 249,8 millones de dólares en salarios”. Nadie hace semejante inversión para que sean otros los que ganen dinero a su costa.