Tras más de 20 horas de recuento el voto rural da la vuelta a una ajustadísima segunda vuelta presidencial en Perú, Roberto Sánchez, autodefinido como candidato de la "izquierda provinciana", supera a la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, al 96% del voto escrutado por un margen mínimo que el voto exterior y las más de 1.500 actas impugnadas podrían volver alterar.PublicidadRoberto Sánchez ha dado la vuelta a la elección más reñida que se recuerda en Perú. A las 20.00 horas de este lunes (hora peninsular española), con cerca del 93,9% de las actas escrutadas, el candidato de la izquierda rebasó a Keiko Fujimori y se puso al frente de la carrera presidencial por primera vez desde el cierre de las urnas, casi 24 horas atrás, empujado por el reguero lento e imparable del voto rural. El sorpasso llega por un margen mínimo y con el recuento aún sin cerrar. Al 95,38% del voto escrutado la diferencia es de apenas 38.000 votos a favor de Sánchez.La noche del domingo ya anticipó lo apretado del resultado final. La encuesta a boca de urna realizada por IPSOS dio ganadora a la hija del exdictador; sin embargo, el conteo rápido que hizo la misma marca una horas más tarde —más riguroso, porque proyecta el resultado a partir de una muestra de actas reales y no de la intención declarada a la salida de los colegios— situó por delante a Sánchez. Y el escrutinio oficial, el único con validez jurídica, se ha ido estrechando hora a hora.Cuando se había procesado en torno al 70% de las actas, Fujimori aventajaba a Sánchez por más de cinco puntos. Con cerca del 94% computado, ese reguero ha terminado por voltear la elección. El giro tiene una explicación geográfica: los últimos votos en llegar proceden de las zonas rurales más remotas de los Andes y la Amazonía, donde las actas tardan más en trasladarse y procesarse, y donde Sánchez arrasa. En Lima, en cambio, con el 96,8% escrutado, Fujimori roza el 63%.Nada está decidido, y puede no estarlo en días. Según el órgano electoral, más de 1.500 actas han sido impugnadas y deben ser revisadas antes de incorporarse al cómputo final; se concentran, además, en Lima y Callao, bastiones de Fujimori. A ello se suma el voto del exterior —históricamente favorable al fujimorismo—, del que aún queda por computar una parte sustancial y que, en una elección tan reñida, puede ser determinante. El presidente del Jurado Nacional de Elecciones ya advirtió de que la proclamación oficial podría demorarse casi un mes por los recursos de nulidad. Una igualdad tan extrema alimenta el fantasma del fraude: ningún candidato lo ha verbalizado aún, pero el relato circula ya en varios sectores.PublicidadEl antecedente está en 2021. Entonces, Fujimori intentó anular más de 200.000 votos procedentes de comunidades rurales e indígenas donde Pedro Castillo –presidente electo en dicha elección– había arrasado, sin que se probara irregularidad alguna. "La demora de seis semanas en la proclamación alimentó el relato del fraude y erosionó la confianza en las instituciones", asegura Francesca Emanuele, analista del Center for Economic and Policy Research (CEPR) y observadora del proceso. "Será importante que las misiones internacionales de observación electoral y otros actores internacionales se pronuncien de manera clara y oportuna frente a cualquier acusación de fraude que carezca de evidencia. La experiencia de 2021 demostró que las afirmaciones infundadas pueden tener consecuencias duraderas para la gobernabilidad democrática", afirma desde Lima.Un candidato de "izquierda provinciana"Roberto Sánchez, psicólogo de verbo pausado, se reivindica candidato de la "izquierda provinciana" y ha hecho suyos los símbolos del castillismo, empezando por el sombrero chotano con el que Pedro Castillo conquistó el voto del Perú rural en 2021. No por casualidad: Sánchez fue ministro de aquel Gobierno. Castillo, un maestro rural y rondero que irrumpió como outsider y ganó las elecciones de 2021 en nombre del campo andino, fue destituido y encarcelado tras intentar disolver el Congreso en diciembre de 2022, y hoy cumple una condena de 11 años por aquel fallido autogolpe. Su figura —reivindicada por unos, temida por otros— vertebra gran parte de la identidad política de Sánchez.La brutal diferencia de voto entre Lima —donde Fujimori vence con claridad— y el interior del país —donde Sánchez roza el 80% en departamentos como Apurímac, Ayacucho o Cusco— refleja las fracturas de desigualdad, exclusión territorial y racismo que aún recorren el Perú. "Durante décadas, las regiones andinas y rurales han sentido que las élites limeñas —las que este domingo respaldaron mayoritariamente a Fujimori— gobernaban con indiferencia y paternalismo, sin representarlas", sostiene Emanuele. El apoyo masivo a Sánchez, como antes a Castillo, es para ella "la expresión política de ese rechazo a un orden que las ha mantenido al margen del poder".PublicidadTras conocerse los primeros resultados, Sánchez pidió "calma" a los suyos. En la entrevista exclusiva que concedió a Público horas antes de abrirse las urnas, había defendido la moderación de su discurso en esta segunda vuelta: "Está clarísimo el mensaje del pueblo, solos no podemos", justificó, antes de asegurar que ha pasado a "priorizar las propuestas de consenso". Su apuesta por una Asamblea Constituyente sigue en pie, aunque ahora la condiciona a un referéndum y a un "proceso pedagógico" previo. Lo que no ha tocado es su compromiso de devolver la libertad a Castillo.El giro del candidato de Juntos por el Perú, que incluyó la presentación de un nuevo plan de gobierno, le sirvió para tejer una coalición con fuerzas más moderadas como Ahora Nación, del economista Alfonso López-Chau, y Obras, de Ricardo Belmont; apoyos que, en una elección tan ajustada, parecen haber resultado decisivos. El respaldo, sin embargo, se quedaría corto en el Legislativo: según las cifras que el propio Sánchez detalló en su entrevista con este diario, las tres formaciones sumarían apenas 56 de los 130 diputados —y 27 de los 60 senadores—, lejos de la mayoría. Un eventual Gobierno suyo nacería, por tanto, en minoría y obligado a lidiar con lo que él mismo denunció en Público como el "pacto mafioso": un Estado profundo que, a su juicio, ha copado las instituciones y aparece ligada al fujimorismo. Mismo escenario político con el que tuvo que lidiar, sin éxito, Castillo.La eterna candidataEl desenlace, sea cual sea, llega en un país fragmentado e institucionalmente estéril. La polarización, la desconfianza en las instituciones y la atomización parlamentaria han desembocado en una crisis permanente, con ocho presidentes en una sola década. Para Fujimori es el cuarto intento de llegar a Palacio: en 2011 cayó en segunda vuelta ante Ollanta Humala, y en 2016 perdió por apenas 41.057 votos (0,2 puntos) frente a Pedro Pablo Kuczynski; en 2021 volvió a quedarse a las puertas, derrotada por Pedro Castillo por 44.263 votos (0,3 puntos). Esta elección podría ser aún más ajustada.Fujimori nunca se ha desprendido completamente del legado de su padre, Alberto Fujimori. Elegido en 1990, el ya fallecido exmandatario protagonizó en 1992 un autogolpe: disolvió el Congreso e intervino la justicia para concentrar el poder y aprobar su propia Constitución, aún vigente. Bajo su mandato la economía creció con fuerza y la violencia guerrillera se redujo de forma drástica, pero pasó a la historia condenado por corrupción y crímenes de lesa humanidad, al frente de un régimen dictatorial marcado por la represión y por la esterilización forzada de miles de mujeres, en su mayoría indígenas.Esa herencia divide al país y, a la vez, sostiene a Keiko: es su mayor activo entre quienes anhelan orden, crecimiento y previsibilidad —aunque sea a costa de los derechos sociales— y su mayor lastre entre quienes ven en ella la sombra autoritaria del padre.De momento, Sánchez manda en el recuento, pero el país tendrá que aguardar. El cómputo avanza lento, el voto del exterior y las actas impugnadas aún pueden estrechar la distancia e incluso volver a voltear el resultado, y la proclamación oficial puede tardar semanas. Quien acabe ganando heredará un Congreso fragmentado, una ciudadanía desconfiada y la tarea, esquiva durante toda una década, de gobernar sin caer.